Canción del asesino tuerto

Octubre 2, 2007

gorey

El asesino tiene alma de escualo
y cuerpo de notario de Alcorcón,
con un ojo tuerto y desafinado
que ha echado el telón.
Al asesino le hierve en la mano
el nido de un escorpión.

Le gustan las ramas verdes,
las bocas de fresa,
los divinos tesoros del viernes
y las espaldas descubiertas,
y ata adolescentes
con longanizas tiernas.

El asesino escribe su biografía
en las paredes de su habitación
y desayuna gritos y epifanías,
almuerza latidos de un apagón
y cena con niñas perdidas.

Descansa sábados y domingos
y el lunes vuelve al trabajo,
a lo mismo,
al tajo:
administrar el abismo.


Cuento bélico: Resumiendo la guerra

Septiembre 18, 2007

Now we have a problem in making our power credible, and Vietnam is the place.

John F. Kennedy

vietnam

El marine echó a andar guiándose por la posición del sol para regresar a su campamento. Apenas podía caminar. Estaba exhausto después de haber permanecido despierto toda la noche, oculto entre la hierba y atento a cualquier ruido que pudiera indicar la presencia de algún vietcong. Todo su pelotón había sido eliminado. Era el último. El único superviviente.

Caminaba entre la hierba, largas hojas de hierba, y la colina era el lomo de un erizo mecido por el viento, aquella vegetación vehemente como los gritos de los vietcongs, igual de intimidatoria y feroz. A cada paso giraba la cabeza, observando si un matorral se movía o si se deslizaba una sombra. Pero nada. No le seguían. Sin duda los vietcong pensaban que no quedaba ninguno vivo y habían vuelto a esfumarse en la selva como fantasmas.

La selva. ‘Su selva’, pensó el marine. ‘Esta es su casa. No se puede pelear contra alguien que pelea en su casa y por su casa. Y la mía está en Haight-Ashbury, San Francisco, demasiado lejos de esta selva’. El aire era húmedo y pesado como el vaho de una pantera. Había visto muchas panteras allí. Y un rinoceronte. Y mariposas, sobre todo mariposas, grandes como manos al viento.

De pronto, un ruido. El marine se volvió de un salto y empuñó su fusil. Le temblaban los brazos por la falta de sueño y de alimento. Barrió la colina con la mirada y entonces vio, a unos veinte metros de él, a una niña vietnamita. Le miraba. ¿Cómo es que no la había oído acercarse? Estaba casi oculta entre la hierba, que le llegaba hasta los hombros. No debía tener más de siete u ocho años.

El marine miró alrededor para comprobar si había alguien más, pero no vio a nadie. La niña estaba sola. Se acercó a ella muy despacio y, cuando estuvo a su altura, la pequeña extendió su mano hacia el soldado ofreciéndole un mango. Se miraron a los ojos. La niña lloraba en silencio, y por un momento el marine creyó ver una tregua en aquellas pupilas encharcadas, un callejón a San Francisco entre la selva. Sonrió, asintió con la cabeza y cogió el mango. La niña dejó de llorar y le devolvió esa sonrisa tenue de los huérfanos, con los labios cuarteados y las mejillas terrosas. El soldado le acarició el pelo y se dijo a sí mismo que aquello resumía la guerra, él sin pelotón y la niña sin nadie, solos los dos en mitad de un infierno hermosísimo y hablándose con el hambre.

El soldado se llevó la fruta a la boca y la mordió.

Fue como si un nido de escorpiones en llamas se revolviera en su garganta. No pudo dar un segundo mordisco, pero con el primero había sido suficiente. Apartó el mango de la boca y lo miró. Estaba manchado de sangre, y en en el hueco que había dejando sus dientes podían distinguirse cientos de pequeños pedazos de cristal que habían sido incrustados en el interior de la fruta con cuidadosa paciencia.

La niña empezó a chillar, de nuevo aquellos chillidos de selva inhóspita y áspera. Le gritaba con rabia, con odio, pero también con una violenta satisfacción.

El soldado dejó caer el mango al suelo. Su boca y su garganta manaban sangre a borbotones, sangre roja de rojo vietcong, y sintió que sus piernas flaqueaban. Hizo el ademán de llevarse los dedos a la boca para arrancarse los cristales clavados, pero se dio cuenta de que era inútil. Cualquier leve movimiento hacía que el dolor aumentara hasta lo insoportable.

La niña se alejó corriendo, celebrando a gritos su triunfo. El soldado aún podía distinguirla colina abajo y levantó el fusil para abrir fuego contra la pequeña, pero ya no tenía fuerzas ni para sostener el arma, que cayó a sus pies junto al mango.

La niña se desvaneció entre la hierba y el calor.

En un último esfuerzo, el marine inclinó su cabeza hacia adelante para evitar atragantarse con su propia sangre. Los ojos fijos en el suelo, en las verdes hojas de hierba ahora salpicadas por aquellas gotas escarlata que caían premiosas y espesas de sus labios.

Se quedó allí. Tan lejos de San Francisco. Resumiendo la guerra.

FIN

Banda sonora para después del relato:


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Desenlace)

Mayo 24, 2007

La primera parte del cuento está aquí: Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª).

baño de sangre

Lo primero que hizo Bruno fue serrar los brazos del cadáver a la altura de los hombros; después las piernas -por las rodillas y los tobillos- y, finalmente, serró el cuello. Los huesos eran mucho más duros de lo que había supuesto. Incluso rompió una sierra y tuvo que regresar al sótano a buscar otra.

Pero esa no fue la única dificultad que Bruno tuvo que salvar. El cuerpo de Matías estaba aún caliente y eso hacía que su sangre manara a borbotones durante el despiece. Litros y litros se acumulaban en la bañera y, poco a poco, aquella sangre se iba secando y convirtiéndose en un engrudo denso y pegajoso que taponaba el desagüe. Bruno tuvo que abrir el grifo de la ducha y giró el pomo del agua caliente hasta su tope. El agua tibia se extendió por el baño licuando la sangre y formó un caudal encarnado que, lentamente, se fue drenando por la cañería.

Afuera, al fin, rompió a llover, y Bruno no pudo contener una sonrisa de satisfacción. Pero aún tenía mucho trabajo por hacer.

Con las extremidades ya separadas del tronco, Bruno utilizó el machete para partirlas en trozos más pequeños, y así desmenuzó los muslos, las pantorrillas, los brazos y los antebrazos. A continuación abrió el tórax de Matías por debajo de las costillas flotantes y vació las vísceras una a una. Las trituró con un pequeño cuchillo de carne y, acto seguido, fue arrojándolas por el inodoro mientras tiraba regularmente de la cadena para que no se atascara.

La lluvia seguía golpeando el tejado y las ventanas de la casa con una rabia feroz.

En torno a la una de la madrugada Bruno había terminado de despedazar el cadáver de Matías. Con esa tarea solucionaba el principal problema que se presenta para hacer desaparecer un cadáver: transportarlo de una forma discreta. Al tenerlo en pedazos, sería muy sencillo meterlos en bolsas de la basura que no resultaran sospechosa en caso de que alguien le viera. Pero, naturalmente, quedaba un segundo problema por resolver; el más importante: ¿dónde ocultar el cadáver o, en este caso, los trozos del cadáver? Durante los siete años que había pasado en la cárcel, Bruno le había estado dando vueltas. Habitualmente, los asesinos procuraban esconder los cuerpos en lugares apartados y recónditos, pero al final, irremediablemente, terminaban por aparecer. Puedes esconder un cadáver en un bosque, sí, pero más tarde o más temprano aparecerá un perro con buen olfato, o unos excursionistas, o unos niños que juegan a hacer excavaciones y… estarás perdido.

No. Había que buscar otra solución. Y Bruno la había encontrado. La clave no estaba en llevar el cuerpo a un sitio alejado y solitario, sino todo lo contrario. Había que dejarlo en el lugar más evidente de todos, porque allí es precisamente donde nadie mirará. Y bien, ¿cuál es el lugar más obvio para un cadáver?

Un cementerio.

Era tan simple que casi resultaba risible. Pero no podía fallar. Bastaba con cargar los pedazos del cadáver hasta un camposanto y, una vez allí, abrir una tumba, depositarlos en su interior y volver a cerrar el sepulcro. Esa idea presentaba varias ventajas. La primera, que los restos del cuerpo se mezclarían y confundirían con los restos del ocupante de la tumba. La segunda, y más importante, era que con esta estratagema el muerto pasaba a convertirse en algo así como una aguja en un pajar, un cadáver más entre decenas o cientos de ellos. Y la tercera ventaja, la ventaja crucial, es que un cementerio es el lugar más respetado e intocable que existe. Nadie mete sus narices en una tumba.

Si bien el plan parecía no tener fisuras, lo cierto es que presentaba una ligera dificultad: no se puede abrir una tumba y volver a cerrarla sin dejar huellas en el terreno, y eso podía despertar sospechas. Pero, precisamente en este punto, la lluvia debía cumplir su parte del plan. El aguacero se encargaría de borrar las pisadas de Bruno y empaparía la tierra, haciendo que fuera imposible distinguir el terreno intacto del recientemente excavado.

Bruno sonrió. Le esperaba una madrugada larga y dura, porque desde luego iba a ser agotador cavar en un sepulcro, pero la satisfacción de una venganza perfecta lo compensaba todo.

Metódico y cuidadoso, metió los pedazos del cadáver en bolsas de la basura según su plan y las arrastró con cuidado hasta la entrada principal de la casa. Tendría que meterlos en el maletero del coche y conducir hasta un cementerio cercano, a unos seis kilómetros de allí. Pero cuando abrió la puerta y puso un pie en el porche de la casa, oyó aquella voz fuerte y firme. De nuevo, era la voz de su porvenir:
“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Los policías que le estaban esperando parecían buzos bajo aquel chaparrón.

No pude ser, se dijo Bruno. ¿Cómo lo han sabido? Mientras levantaba los brazos, miró a su alrededor y entonces lo entendió. Había sangre por todas partes. Un inmenso charco rojo se extendía frente a la casa de Matías despuntando brillos granates bajo la luz de las farolas. Bruno no tardó en darse cuenta de que la sangre, que se extendía por la acera y por el parterre del frontal de la casa, provenía de la boca de una alcantarilla, de donde manaba a borbotones mezclada con el agua.

La lluvia, pensó Bruno. Ha caído tanta lluvia que se han desbordado las cañerías de la casa y ha extendido la sangre de las cañerías por todo el vecindario.

Detrás de los agentes había varios vecinos empapándose en la calle. Eran ellos quienes habían llamado al 061 al ver el agua teñida de sangre correr por la calzada como un tsunami escarlata aguijoneado por la lluvia.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

FIN


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª)

Mayo 23, 2007

lluvia

Aquella noche llovía mucho. Llovía tanto que los agentes de policía parecían buzos bajo aquel chaparrón.

“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Bruno descendió del coche con los brazos extendidos, como un Cristo asaetado por aquel diluvio de gotas. No dejaba de pensar que había estado a punto de huir. De hecho, habría escapado de no ser por la lluvia, que había convertido la explanada en un barrizal. Las ruedas del coche se habían atascado en el lodo.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

Mientras se entregaba a los policías giró la cabeza hacia atrás, hacia la casa destartalada y mohosa que tenía a su espalda. Desde la ventana, Matías le observaba y se encogía de hombros, como diciendo así es la vida, tío, lo siento mucho. Bruno siempre había pensado que Matías era un hijo de la gran puta, pero jamás le creyó capaz de delatarle a la policía. Ahora ya era demasiado tarde para lamentarse por su exceso de confianza.

“¡No te muevas!”, gritó uno de los agentes mientras le esposaba las manos.

Bruno no se movió durante los siguientes siete años, que pasó encerrado en una prisión. Era culpable de todo lo que le acusaron, e incluso de algunas cosas más, así que ni siquiera se esforzó en defenderse. Bruno siempre había sabido que él era una mala persona. Lo llevaba en la sangre, y ya de adolescente, en cuanto tuvo uso de razón, supo que sería culpable hasta que muriese. Pero, aunque parezca paradójico, son precisamente los culpables los que más necesitan la libertad.

Bruno estuvo siete años en la Prisión Provincial, un cementerio de vivos que olía a jergones húmedos, a mercromina y a provincias sociales. Y cada uno de los 2.555 días que pasó recluido, Bruno lo dedicó, con paciencia inquebrantable, a elaborar cuidadosamente su plan. Vengarse de Matías era lo único que le importaba, lo único que tenía sentido, porque, señora, los culpables son así.

El mismo día que salió en libertad –por fin la libertad-, Bruno se metió en una cafetería y pidió al camarero un vodka con hielo y un periódico. Se bebió la copa de un solo trago mientras pasaba las hojas del diario con rapidez hasta que, en las páginas centrales, encontró lo que buscaba: el parte meteorológico. Bruno leyó la previsión del tiempo de esa semana y tomó una decisión. Lo haría el jueves. Ese día iba a llegar una fuerte borrasca que dejaría tras de sí vientos y lluvias torrenciales. Era el día perfecto.

Se alojó en un motel con las paredes cubiertas de papel beige y cuadros de caza y pasó dos días viendo televisión y matando cucarachas. Hasta que llegó el jueves. Entonces dejó su habitación, robó un coche del parking del motel y viajó en él toda la noche hasta llegar a la casa de Matías. Tal y como estaba previsto, un cielo borrascoso acompañó a Bruno durante su travesía. Conducía bajo palio.

Cuando llegó a la casa, Bruno no llamó a la puerta. La forzó de una patada y en dos zancadas se plantó ante el sofá del salón, donde Matías dormía la borrachera.
“Despierta”.
Matías abrió los ojos y, cuando vio a Bruno de pie ante él, su boca se retorció como una serpiente.
“Bruno, por favor, no…”
“¿No qué, hijo de puta?”
“No me dejaron elección.”
“¡Me vendiste!”
“Bruno, por favor… Me dijeron que si no te delataba me mandarían a la cárcel 20 años.”
“Eres un cagado de mierda”, dijo Bruno entre dientes.

Lanzó sus manos a la garganta de Matías y las ciñó como un cepo alrededor de su cuello. Matías no pudo hacer nada para escapar de aquella cárcel de dedos, y en un segundo su nuez crujía clausurando el paso del aire a sus pulmones. Entre sacudidas de dolor y de pánico, Matías abrió la boca en un intento desesperado por respirar, pero lo único que consiguió fue componer esa mueca lapidaria de los que ahorcados.
“Muérete”, masculló Bruno.
Los muelles del sofá chirriaron cuando el cuerpo de Matías se sacudió en un último espasmo. Y entonces se quedó inmóvil. Muerto por fin, joder, qué alivio.

Bruno se quedó sentado junto al cadáver, en silencio, durante unos minutos, tal vez una hora. Le había matado, sí, pero ahora quedaba la fase más importante de su plan, previsto hasta el último detalle.

Cogió el cadáver por los pies y lo arrastró hasta el cuarto de baño. Bruno sabía lo que solía pasar en estos casos. El asesino se aturde, y cuando intenta ocultar el cadáver de su víctima comete alguna torpeza que acaba por ser su perdición. Pero a él no iba a sucederle tal cosa. No iba a dejar la menor huella y, de hecho, ni siquiera iba a dejar un cadáver.

Depositó el cuerpo en el interior de la bañera y lo dejó allí mientras bajaba al sótano de la casa en busca de un cuchillo, una sierra y un machete. Cuando tuvo todo lo que necesitaba, regresó al baño y se puso a trabajar. Pronto iba a empezar a llover.

(Continuará aquí: en esta segunda y última parte).

 


Cuento de terror: Más allá del cristal

Mayo 18, 2007

hierba

Se despertó, pero tardó unos segundos en lograr que sus ojos enfocaran. Al principio sólo podía ver ante sí un velo blanco y brumoso que brillaba con intensidad. Seguramente había mucha luz. Le dolía la cabeza, y no tenía ni idea de cuánto tiempo habría pasado inconsciente. Al fin, su mirada se aclaró.

No estaba sentado en su coche, como habría esperado.

Estaba tumbado en lo que parecía ser un perfecto jardín de césped, el césped más verde que había visto jamás, cuidadosamente adornado con árboles de diversas especies, ramajes y alturas. Había también un pequeño lago de aguas cristalinas y mansas y, junto a la orilla, vio sentada a una mujer. Tenía los pies metidos en el agua, y chapoteaba con una cadencia pesada y suave.
“¡Oye!”, gritó el hombre. “¡Eh! ¡Por favor!”
La mujer se giró hacia él, se puso en pie con cierta indolencia y se le acercó muy despacio. No le miraba con curiosidad. Si acaso, con cierta tristeza.
“¿Qué quieres?”, preguntó ella cuando estuvo frente a él.
“No… No sé cómo he llegado aquí. Iba conduciendo y… Algo pasó. No sé muy bien el qué. No lo recuerdo.”
“Sí. Supongo que te pasó algo, sí.”
“¿Dónde estamos?”
“Mira a tu espalda.”

El hombre se volvió y se quedó boquiabierto. Aquel jardín tan perfecto se acababa tres o cuatro metros más allá de donde estaba sentado, bruscamente interrumpido por una gigantesca cristalera. Se trataba de una pared de vidrio grueso y oscuro, casi opaco, pero, aún así, el hombre podía distinguir formas al otro lado. Formas que se movían. Parecían criaturas de aspecto simiesco, tal vez algún tipo de mono. Caminaban erguidos, de eso no cabía duda, y sus cuerpos eran flacos y algo desgarbados. No podía verlos con claridad a causa del cristal, pero parecían tener unos ojos enormes y negros que ocupaban casi la mitad de sus cabezas. Corrían de un lado a otro detrás de la cristalera y, ocasionalmente, se detenían y pegaban sus difusos rostros al vidrio.

“¿Qué es esto?”, preguntó el hombre. “¿Dónde estamos?”
“En un zoo.”
“Por dios… ¿Y qué son esas criaturas que tienen aquí?”
“No, no, esos son los visitantes”, dijo la mujer con su voz cansina. “Las criaturas somos nosotros. ¿No ves cómo nos miran? Sobre todo a ti. Bueno”, añadió con cierto desprecio, “eso es sólo porque eres el nuevo.”

FIN


La insoportable levedad del presupuesto (cuento privado)

Mayo 5, 2007

Aunque su destinatario no lo leerá nunca, aquí va una pequeña venganza epistolar. (A los demás, perdonad esta broma privada.)

guionista

“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista. Está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de muy bajo presupuesto, con una sóla localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle. Así que decide utilizar esa angustia como fuente de terror y escribe la historia de Jota, un guionista que está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de bajo presupuesto, con una sola localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle, así que escribe la historia de Jota. Está trabajando en…
Entonces el productor va a visitar al guionista y lee lo que tiene escrito.”

“¿Qué cojones es esto?”, dice el productor.
“Metanarración”, responde Jota.
“Es un monte de mierda.”
“Querías algo barato, ¿no? ¿No te gusta? ¿De verdad no te da miedo?”
“¿Cómo coño va a darme miedo esto?”
“Pues debería.”
“¿Por qué?”
“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista.”


Guantanamo Bay limerick

Marzo 6, 2007

(El limerick es un género poético anglosajón de origen popular y muy utilizado por escritores infantiles. Un limerick debe constar de cinco versos de métrica estricta y rima en AABBA. El contenido suele ser la descripción de un personaje en clave de nonsense surrealista, aunque en algunas variantes el poema contiene, además de la descripción, un giro ingenioso al final.

Me encantan los limericks. Pruebo a hacer uno.)

guantanamo

El torturador usa fustas de espinas,
sogas, garrotes y vaselinas.
Pero el fin de semana,
con su amante, en su cama,
le gusta probar de su medicina.


Canción de terror: Sara Poseída

Febrero 27, 2007

(Para los que pedíais algo “perverso” con urgencia. Cómo sois, de verdad.)

satan

Sara era una chica aburrida,
sosa, triste y normal,
pero una noche fue poseída
por el mismísimo Satán.
Y desde aquel preciso instante
su vida se hizo alucinante.

Levitaba con soltura por encima de su cama
mientras desgarraba las costuras del pijama.

Hablaba en lenguas muertas, en latín y en arameo,
a sus compañeras y amigas del recreo.

Si en alguna ocasión encontraba un crucifijo
de inmediato entre sus piernas le daba cobijo,

y a su madre le decía con voz de lija:
“mira lo que hace la perra de tu hija.”

En la misa profería groseras herejías
que ponían en duda la virginidad de María.

Un cura intentó practicarle un exorcismo
y Sara vomitó sobre su catecismo.

Quemó las barbies y compró una tabla ouija,
que ella ya no era ninguna niña pija.

En clase de filosofía se desnudó:
“dios está muerto, ¿y usted, profesor?”

Y a los chicos de su clase, Sara les decía:
“¡quietos todos, la cerda es mía!”

Las yagas purulentas y los verdes esputos
se pusieron de moda en el instituto,

y ahora todas las chicas de secundaria
quieren que el Diablo las tome de becarias.

“Mamá, de mayor no seré bailarina;
yo, como Sara, quiero ser poseída.”


Cuento de terror: Una muñeca exclusiva

Febrero 23, 2007

(Este es un relato de terror para niños -siempre he creído que los cuentos de hadas son los más aterradores-, pero como por ahora no lo va a leer ningún niño, a ver si os gusta a vosotros).

muñeca2

Ana tenía una pequeña muñeca de trapo a la que llamaba Perla. Era una muñeca simple, incluso anodina, pues no había nada en ella que, a primera vista, llamara la atención. A Ana no le gustaba nada aquella muñeca, pero sus padres no tenían dinero parar comprarle otra, así que, muy a su pesar, tenía que jugar con Perla.
“La odio”, les decía a sus padres. “Es una muñeca vulgar y aburrida.”
Perla se sentía muy infeliz cuando oía aquellas palabras, pero quería tanto a su dueña que siempre la perdonaba. Se decía a sí misma: ‘seguro que algún día Ana también me querrá a mi; sólo tengo que esperar’.

Un día, Ana invitó a unas amigas a su casa y todas sacaron sus muñecas para jugar. Pero en cuanto vieron a Perla, las niñas se echaron a reír.
“¡Qué muñeca tan fea!”, dijo una. “Tiene una cara sosísima, y no tiene vestidos de noche exclusivos, ni un peinado exclusivo, ni unos zapatos exclusivos.”
“Es súper normal”, dijo otra. “O sea, ¡es casi anti fashion!”
“Por el amor de Dior”, dijo la tercera mirando a Ana, “qué horror tener una muñeca que no es exclusiva, ¿no?”

Ana estaba terriblemente avergonzada. Veía las muñecas de sus amigas, todas con sus ropas exclusivas, sus rizos exclusivos y sus complementos exclusivos… y, mientras, ella tenía que conformarse con Perla.
Estaba harta, así que, aquella misma noche, Ana se metió en la cama y esperó a que su madre acudiera a darle el beso de buenas noches para decirle:
“Mamá, ya no puedo más. Quiero que me compréis una muñeca nueva. Una que sea fashion y cool, como la de mis amigas. Una muñeca exclusiva.”
La madre de Ana la vio tan decidida que tuvo que ceder:
“De acuerdo, hija, buscaremos una de esas muñecas que dices.”

Al oír aquello, Perla se sumió en una tristeza de trapo. Se pasó toda la noche despierta pensando en qué sería de ella cuando Ana tuviera una nueva muñeca y se deshiciera de ella. Aunque Ana siempre la trataba con desprecio, Perla la adoraba. La quería con toda su felpa.
Y de pronto, cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, Perla tuvo una idea.
Caminó hasta el escritorio de Ana y se encaramó al panel de corcho en el que la niña colgaba sus dibujos.
‘Si quiere una muñeca exclusiva, tendrá una muñeca exclusiva’, se dijo.

Arrancó del corcho cinco chinchetas y las usó para hacerse… ¡piercings! Piercings en los labios, en las dos orejas y en las dos cejas. Cuando terminó, bajó del escritorio y fue a mirarse al espejo del ropero. Estaba satisfecha. Su aspecto era ahora absolutamente fashion. Absolutamente exclusivo.
Perla se acostó de nuevo en la cama e imaginó lo que sucedería a la mañana siguiente cuando Ana la viese. ¡Una muñeca con piercings!
‘Sin duda gritará de emoción al ver lo exclusiva que soy ahora’, se dijo la muñeca. ‘Y ya no pensará en deshacerse de mi. Tal vez incluso empiece a quererme. ¡Oh, eso sería fantástico!’

Pero lo que sucedió a la mañana siguiente fue algo para lo que ni siquiera Perla estaba preparada. Ana se despertó y, al abrir los ojos, no vio a su muñeca. Ni tampoco gritó de emoción. Porque Ana se había despertado muda, sorda de los dos oídos y ciega de los dos ojos.

Así fue como la niña descubrió que su muñeca siempre había sido la más exclusiva del mundo, pues era nada menos que una muñeca vudú. Y desde aquel día jamás se separó de ella. Es más, durante el resto de su vida trató a Perla con sumo cariño, mimándola como nadie había mimado nunca a una muñeca, porque sabía lo que podría pasarle si Perla sufría algún daño.

FIN


Cuento de terror: La Trama

Febrero 21, 2007

camisadefuerza“Jamás le he visto”, le dijo al psiquiatra, “pero sé que está ahí y que me utiliza. Me maneja a su antojo como si yo fuera una marioneta, y no puedo negarme a obedecerle. Todo lo que hago y lo que digo es cosa suya. ¡Todo!”
“Ponme algún ejemplo”, dijo el doctor.
“¿Ejemplos? Me duermo cuando él quiere que me duerma. Me despierto cuando él quiere que me despierte. Hablo cuando él quiere que hable.”
“¿Ahora mismo también, mientras hablas conmigo?”
“¡Sí! ¡En todo momento! Está dentro de mi cabeza, doctor. No, peor aún: está en todas partes. Porque no sólo se trata de mi. Lo hace con todos. Incluso con usted. Nos utiliza a todos.”
“Ahá.” El psiquiatra carraspeó. “Y ese hombre… ¿habla contigo? ¿Oyes su voz en tu cabeza?”
“No. Nunca se dirige a mí.”
“Entonces, ¿cómo se las arregla para imponerte lo que tienes que hacer y que decir?”
“Lo hace en absoluto silencio. Un silencio espantoso, doctor. No quiere que yo sepa que está ahí, pero yo lo sé. Sé que está ahí y que todo lo que me pasa forma parte de algo que… de algo que está tramando.”
El psiquiatra tomó algunas notas antes de continuar.
“¿Y qué es lo que trama ese hombre exactamente?”, preguntó.
“No estoy seguro, pero sea lo que sea, yo estoy justo en el medio.”
“Comprendo.”
El paciente sollozó.
“Ayúdeme, doctor, por favor.”
“Todo saldrá bien, no se preocupe.”
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide.

Esto sucedía mientras yo, en absoluto silencio, anotaba en el blog:
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide
.

FIN


Noche de carnaval

Febrero 18, 2007

(Aquí va un pequeño y brevísimo cuento de terror. Os deseo un buen carnaval, sobre todo a aquellos a los que os guste disfrazaros).

carnaval

La noche de carnaval salió con unas amigas, todas disfrazadas de apaches como una tribu, y juntas recorrieron los pubs del centro bebiendo agua de fuego y bailándole a las lluvias del porvenir.

Acabaron en un after hours. Eran las cuatro de la madrugada y la noche ya empezaba a ponerse espesa.
“Una más y me voy a casa”, dijo.
Fue a pedir la última copa y, mientras esperaba a que se la sirvieran, aquel chico se le acercó y se acodó en la barra junto a ella. Era muy guapo. Alto, moreno, y con unos ojos claros en los que era imposible no perderse, como un manglar en verde y miel.

Todo fue muy rápido. Charlaron susurrándose al oído con la excusa de que la música estaba demasiado alta, y en cuanto apuraron las copas que tenían en la mano salieron juntos del pub. Ella, ebria y apache, le agarró de la mano y le invitó a subir a su apartamento.

Fue allí cuando, espantada, descubrió que los colmillos postizos que él llevaba no eran postizos. Y que su disfraz de vampiro no era un disfraz.

“De hecho”, dijo él. “Esta es la única noche del año en la que no me tengo que disfrazar”.

Y se sumergió en su cuello de india.


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Desenlace)

Febrero 16, 2007

(Aquí está el desenlace de este cuento de terror macabro. Las dos partes anteriores están aquí: “Un nombre escrito en la pared (Parte 1ª)” y “Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª) .

manos

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello. Un chorro de sangre tibia le golpeó con fuerza en la cara y, acto seguido, Salgado cayó de rodillas bajo el dintel y se llevó las manos al cuello tratando de sacarse el cuchillo. Arturo se quedó inmóvil, hipnotizado por el braceo agonizante de Salgado. Al fin el hombrecillo logró agarrar el puñal y tiró de él con sus escasas fuerzas, pero lo único que logró fue que el corte se abriera de par en par. La sangre empezó a manar a borbotones y le inundó la garganta y la boca. Dio una última bocanada de aire y se desplomó.

Al verle muerto, Arturo salió del trance y reaccionó. Empujó el cadáver hacia el interior del piso, cerró la puerta y salió de allí a toda velocidad.
El camino de regreso fue confuso y agitado como un duermevela. Las calles, los coches aparcados y los carteles publicitarios parecían irreales. Atrezzo para un asesinato.

Cuando entró de nuevo en su casa, se precipitó al cuarto de baño para lavarse la sangre que aún tenía pegada a las manos y al rostro. Su expresión estaba desencajada de miedo, un miedo nuevo y que jamás había podido imaginar: miedo a sí mismo.
Arturo se enjabonó la cara con tanta fuerza que casi se hizo daño, y mientras se enjuagaba vio cómo el agua corría encarnada y culpable hacia el desagüe. Aquella imagen le estremeció, pero, al levantar la vista y mirarse en el espejo, su expresión de horror cambió por completo. Su mirada se calmó e incluso llegó a sonreír. Lo había logrado. El reflejo de Landesa ya no estaba allí, y el espejo le mostraba a él solo, libre por fin.

Salió del baño y recorrió la casa. Cuando comprobó que el nombre de Samuel Salgado había desparecido de todas las paredes, el asesino tuvo una vergonzosa sensación de alivio.

#

Una semana después de haber matado a Salgado, Arturo había retomado su rutina y había terminado de decorar la casa. El vacío catedralicio de la vivienda había dado paso a algo parecido a un hogar, una casa con nombre y apellidos.

Se sentía bien. No es que hubiera olvidado su crimen, pero, para su sorpresa, el recuerdo del asesinato empezaba a ser brumoso, como si su memoria quisiera perdonarle.

Aquella noche Arturo estaba sentado en el salón oyendo la radio. Sonaba el nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin cuando, de pronto, su móvil empezó a parpadear. Descolgó.
“¿Dígame?”
“Hola”, dijo una voz de hombre al otro lado. “¿Es usted Arturo Novoa?”
“Sí, soy yo.”
“Verá, no sé si esto tiene algún sentido para usted, pero hace poco que me mudé a la calle del Pez número 11 y…”
A Arturo se le cortó la respiración.
“¿Y qué?”, preguntó ansioso.

“Que ha aparecido su nombre escrito en mis paredes, señor Novoa.”

FIN


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª)

Febrero 15, 2007

cuchillo

(Esta es la segunda parte del cuento que comenzó aquí.)

“Mátalo”, insitió la voz.
Arturo se repitió a sí mismo que aquello no podía estar sucediendo. Desenchufó la radio dando un brusco tirón al cable y salió del salón a toda prisa. Pero lo que se encontró al otro lado de la puerta confirmó que aquello sí estaba sucediendo. Todas las paredes, absolutamente todas, mostraban el nombre de Samuel Salgado en enormes letras rojas. La casa había perdido aquel vacío solemne y blanquísimo y ahora parecía un cuerpo cuajado de llagas.

Aquella noche, Arturo tuvo que dormir con el nombre de Samuel Salgado goteando sobre el cabecero de su cama, y apenas pudo conciliar el sueño. La imagen adusta del abogado Landesa parecía intoxicar sus sueños como un veneno. A la mañana siguiente salió temprano de casa y se dirigió a una tienda de decoración.
“Quiero pintura blanca”, dijo al dependiente.
“¿Cuántos litros?”
“No lo sé. Muchos.”

Comenzando por el salón, Arturo se dispuso a pintar todas las paredes de la casa. Sus brochazos, crispados y nerviosos, fueron sepultando el insistente nombre de Samuel Salgado bajo una capa de pintura nívea y brillante.
Cuando por fin acabó de blanquear la última habitación estaba exhausto. Estaba cubierto de sudor mezclado con salpicaduras de pintura, así que se fue al baño para lavarse. Se agachó sobre el lavabo para enjuagarse el rostro, y cuando se incorporó de nuevo y se miró en el espejo, le vio. El abogado Tomás Landesa estaba allí, reflejado justo detrás de él, mirándole con severidad. Arturo sintió que el corazón se le atravesaba en la garganta. Muy despacio, como si temiera lo que estaba a punto de suceder, salió del baño y echó un vistazo al pasillo.

“No, por favor”, murmuró al ver que el nombre de Samuel Salgado había vuelto a aparecer escrito en rojo sobre la pintura blanca.

Las siguientes jornadas fueron un calvario para Arturo. De nada servía pintar los muros o incluso cubrirlos con papel o con telones. El nombre de Salgado volvía a brotar y sus letras goteaban como heridas abiertas tiñendo la casa de encarnado. Pero eso no era lo peor. No. Lo peor era que cada vez que Arturo se ponía frente a un espejo, un azulejo o un cristal, su reflejo aparecía acompañado por la imagen fantasmal de Landesa, siempre junto a él, mirándole fijamente con el ceño fruncido.

Después de dos semanas conviviendo con aquel horror, Arturo ya no pudo más y decidió ponerle fin. Se sentó en el sofá del salón, aquel sofá que ahora era como una isla en medio de un océano ulceroso, y enchufó el receptor de radio. Tras unos segundos de ásperas interferencias, lo escuchó.
“Mátalo”, murmuró la voz del abogado.
“Si lo mato”, susurró Arturo, “¿te irás?”
“Para siempre.”
Arturo tragó saliva.
“Será un asesinato”, balbuceó.
“No. Será justicia.”

#

No tardó mucho en localizar el paradero de Samuel Salgado. Vivía en la calle del Pez número 11, en un edificio de una sola planta. Sin vecinos.

Cuando cayó la noche, Arturo ocultó su rostro bajo una gorra, se puso unos guantes y, con un temor reverencial, metió un cuchillo en el bolsillo. Cuando se plantó ante el portal del número 11 de la Calle Pez vio ante sí un buzón con el nombre de Samuel Salgado. Al leerlo en letras de molde, tan terriblemente limpias, sintió que le sobrevenía una arcada. Sabía que lo que iba a hacer era un crimen injustificable, por mucho que el fantasma de Landesa lo viese como una ejecución. Pero también sabía que no se libraría del espectro hasta que no cumpliese su deseo.

El portal estaba entornado. Arturo franqueó la puerta y subió las escaleras muy despacio. Las piernas le temblaban y a punto estuvo de venirse abajo pero se recompuso y siguió adelante. Al llegar a la puerta del piso tomó aire y llamó con los nudillos. Tras los segundos más largos de su vida, la puerta se abrió y Arturo vio bajo el dintel a un hombrecillo grueso y bajito con los ojos saltones.
“¿Sí?”
“¿Eres…?”, a Arturo se le atragantaban las palabras. “¿Eres Samuel Salgado?”
“Sí”, respondió el otro con gesto extrañado.
“Vengo de parte de Tomás Landesa.”
El hombrecillo se quedó petrificado.

“¿Landesa? Por Dios… Esta pesadilla no se acabará nunca.”

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello.

(Continuará… en una tercera y última parte)


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared

Febrero 14, 2007

(Este es otro cuento macabro y gótico. Es una historia de venganzay de culpa.)

sangre

Era una casa amplia y de techos altos, imponente y vetusta, y al caminar por sus pasillos la madera del suelo crujía como los huesos venerables. De estilo colonial, todas sus puertas remataban en arco y sus paredes y molduras de escayola estaban pintadas de un blanco resplandeciente. Vacía como estaba, tenía un cierto aspecto clínico de pabellón de reposo. El agente inmobiliario carraspeó:
“Verá, debo advertirle que en esta casa se produjo un crimen.”
“¿Un crimen?”, preguntó Arturo con más calma de la que el agente esperaba.
“Sí, señor. Aquí vivía el abogado Tomás Landesa. Fue asesinado en este mismo salón.”
Arturo echó un vistazo a su alrededor.
“¿Quién lo mató?”
“No se sabe. La policía aún no ha encontrado al culpable y, la verdad, ya no creo que lo encuentren.” Volvió a carraspear. “Le digo esto porque hay gente que… rechaza el piso por ese motivo”.
“Pues yo no”, zanjó Arturo con resolución. “Nunca he sido supersticioso, y este piso es justo lo que estaba buscando. Me lo quedo.”
Tres días después había concluído la mudanza, aunque aún quedaban algunas cajas de libros desperdigadas por los pasillos. Arturo había instalado pocos muebles, y la casa aún conservaba sus aires de vacío solemne.

Aquella noche, Arturo leía sentado en el único sofá del salón, justo en el centro, como una isla en un océano enyesado. Una lámpara de pie iluminaba su lectura y un aparato de radio apoyado en el suelo le acompañaba con el sonido del Nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin. Arturo pasaba las páginas de un periódico. Se había hecho con un diario atrasado en el que se consignaba la muerte de Tomás Landesa en aquella misma casa, y la noticia le producía una mezcla de curiosidad y repulsión. En la foto que acompañaba el artículo, el abogado Landesa aparecía en una imagen de archivo con su rostro hirsuto, el pelo cano cuidadosamente peinado hacia atrás y unas lentes redondas y pasadas de moda. El titular indicaba que el asesino de Landesa se había ensañado con una brutalidad aterradora. El cadáver presentaba veintitrés puñaladas, y, según la policía las paredes del salón estaban teñidas de escarlata.

Arturo estudiaba con detenimiento la foto del rostro de Landesa cuando, de pronto, una corriente de aire atravesó la habitación y el periódico se erizó entre sus manos. Levantó la vista para comprobar si había alguna ventana abierta, pero sus ojos se desviaron de inmediato a la pared que tenía frente a él. No podía creer lo que veía. Sobre la pintura blanca habían aparecido dos palabras escritas con enormes letras encarnadas. Era un nombre.

“Samuel Salgado”.

Ocupaban la pared desde el techo hasta el suelo y goteaban como si la pintura aún estuviera fresca. Aunque lo cierto es que no parecía pintura.
Arturo sintió de nuevo aquella corriente de aire frío que le helaba la sangre y que parecía salir de ninguna parte, pues la puerta del salón y las ventanas estaban perfectamente cerradas.

“¿Hay alguien ahí?”, preguntó dirigiéndose al vacío.

El sonido de la radio vaciló un instante y el nocturno de Chopin dio paso a un sonido áspero y agudo de interferencias. Emergiendo de las profundidades eléctricas de aquellos ruidos, Arturo oyó una voz cavernosa.
“Necesito que me ayudes”, dijo un hombre entre jadeos, como si le costara hablar.
“¿Q-qué es esto? ¿Quién es?”
La radio volvió a crepitar.
“Búscale.”

La corriente de aire aumentó súbitamente de intensidad y una de las ventanas del salón se abrió de golpe. Arturo vio que en el cristal se reflejaban dos figuras. Una de ellas era él mismo, sentado en el sofá, lívido. La otra figura era la de un hombre que estaba de pie junto a él. Arturo miró de reojo a su derecha, pero no vio a nadie. Aquel hombre sólo aparecía en el cristal. Tenía el pelo blanco y gafas redondas, y no había duda de que se trataba del difunto Tomás Landesa. La imagen reflejada del abogado movió los labios, pero su voz no brotó de ellos, sino del receptor de radio. Y esta vez Arturo oyó sus palabras con absoluta claridad.
“Samuel Salgado es el hombre que me mató.”
“Esto no puede estar pasando”, dijo Arturo en voz alta, y negó con la cabeza como si quisiera exorcizar aquella pesadilla. “No es verdad.”

“Búscale”, crujió la voz a través de la radio. “Búscale… y mátalo.”

(Continúa aquí).


Cuento de terror: El fabricante de ataúdes (Desenlace)

Febrero 9, 2007

Esta es la segunda parte, y última, del cuento que empezó aquí.

rio

Las dos noches siguientes, Luisito las pasó en vela. La pulmonía y las ganas de vivir le consumían por dentro, pero lo peor de todo era oír el murmullo de las oraciones que su madre rezaba en el salón. Sonaban a responso.
Además, por todo el pueblo corría ya el rumor de que el muerto sería él, Luisito, el niño que estaba siempre enfermo y con la muerte a mano.
“Mi más sentido pésame, señora Rosario”, le decían los vecinos a su madre. “Dígale al muerto que lo sentimos mucho.”
“De su parte.”
Nadie creía que el muerto pudiera ser Alberto, y muchos vecinos fueron a visitarle y a decirle que no se preocupara, que hay vivos que miden uno cuarenta y dos y que aquello era una mala coincidencia.

A Luisito, en cambio, no lo visitaba nadie porque da mal fario charlar con difuntos. Mejor. Así podía estar solo y pensar. Elaborar su plan.
Por fin, a la tercera noche llegó el momento. Por el valle soplaba un viento arisco y furioso, y hacía tanto frío que los cuervos se congregaban en las chimeneas para no morir congelados.
Lusisito esperó a que su madre se durmiera entre padrenuestros y, a eso de la una y media, salió de casa. Sólo llevaba puesto unos vaqueros y una camiseta, y tuvo que apretar los dientes con fuerza para que el frío no lo derribara.

Nada iba a detenerle. Cruzó el puente y se encaminó hacia la casa de Alberto. Era un edificio de dos plantas pintado de blanco y rodeado por un pequeño jardín de rosas que la señora Carmen mantenía siempre pulcro y bien cuidado. Las luces de la casa estaban apagadas. Todos dormían.
Luisito se apoyó en la verja que rodeaba el jardín y lanzó un silbido de llamada. Al poco, se encendió una luz en una de las ventanas de la primera planta y Alberto se asomó.
“Luis”, susurró mientras abría las contras. “Pero ¿qué haces ahí?”
“He venido a darte el pésame, Alberto.”
“¿Cómo que el pésame?”
“Mi pulmonía se ha curado por completo. ¿No me ves? En mi vida había estado tan sano. Así que supongo que tendrás que ser tú el que ocupe el ataúd.”
“Pero… Si estabas muy enfermo.”
“Y lo estaba. A punto de morir. Pero tuve una idea. Se me ocurrió cómo engañar al carpintero.”
“No puede ser”, dijo Alberto frunciendo el ceño. “Nadie puede engañar al carpintero”.
“Pues yo lo he hecho.” Luisito le saludó con la mano a modo de despedida piadosa. “Adiós, Alberto.”
Y echó a andar de nuevo hacia su casa. Cuando estaba cruzando el puente, oyó a lo lejos unos pasos que se aproximaban a toda velocidad hacia él. Respiró hondo y se volvió. Era Alberto, que llegaba corriendo y enfundado en una gruesa chaqueta de lana. Se detuvo ante Luisito y se apoyó sobre las rodillas mientras recuperaba el aliento.
“Dime la manera, por favor”, resoplaba. “Dime cómo engañar al capintero.”
Luisito se apoyó en la barandilla del puente. Por debajo, el río rugía erizado de espuma.
“No sé si decírtelo, la verdad.”
“Por favor, Luis”, suplicó. “Por favor”
“De acuerdo”, dijo Luisito. “Te diré cómo se hace.”
Y con un rápido movimiento estrelló un puñetazo en el rostro de Alberto. El golpe le dejó aturdido un segundo, lo suficiente para que Luisisto lo agarrara por la chaqueta y lo arrastrara por encima de la baranda. Necesitó de todas sus fuerzas, que eran escasas, para hacerle vencer el pasamanos y precipitarlo al vacío. Pero Alberto estiró los brazos justo a tiempo y logró agarrarse a la barandilla. Su cuerpo quedó colgando como un péndulo sobre las blancas fauces del río.
“¡Luis! ¡Por favor, no!”
“¿No querías saber cómo engañar al carpintero?”, dijo Luisito entre toses. “Pues se hace así.”
Y golpeó los nudillos de Alberto con todas sus fuerzas. Los mordió. Los arañó. Pero no se soltaba. Desesperado, miró a su alrededor y buscó un trozo suelto del adoquinado del puente. Lo sujetó con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza.
“Lo siento, Alberto. Es la única forma. No voy a esperar a que la muerte decida. Decido yo.”

Luisito estrelló el adoquín sobre las manos de Alberto. Pudo oír el crujido de sus dedos al romperse contra la baranda, seguido de un espantoso grito de dolor. El cuerpo de Alberto se desplomó y agua gélida del río se lo tragó de inmediato. Cuando salió a la superficie trató de bracear, pero era inútil. La corriente le arrastraría sin remedio y acabaría por escupirle en alguna orilla. Muerto.

Luisito regresó tiritando y abrazado a sí mismo para combatir el frío. Todos los fríos.

Cuando llegó al portal de su casa vio que enfrente, en la carpintería de Jorge, había luz. Se acercó despacio y echó un vistazo a través de la puerta, que estaba ligeramente entornada. El carpintero estaba rematando el ataúd de Alberto, y cuando le dio la última mano de barniz alzó la vista y vio al niño en la puerta.
“Pasa, Luis. No se puede andar por ahí con una pulmonía. Vas a ponerte aún peor.”
Había una estufa encendida junto a la mesa de trabajo y Luisito se acercó para calentarse. Temblaba y tosía sin parar.
“¿Tienes miedo a morir?”, preguntó el carpintero.
“Ese no es el mío”, repuso el niño señalando el ataúd con la mirada. “Sé que no es el mío.”
“¡Vaya! Es curioso que estás tan seguro de eso.”
“Lo estoy. ¿Sabe por qué?” Luisito le miró desafiante. “Porque le he engañado. Yo tenía que haber acabado en esa caja, pero ya no va a ser así. Ya no es mi ataúd.”
“Nunca lo fue”, dijo el carpintero. “Este siempre ha sido el ataúd de Alberto.”
“No intente mentirme. Era para mi.”
“No te miento, Luis.”
Jorge resopló y se secó el sudor de la frente.
“Esta va a ser una noche de mucho trabajo”, dijo. “Tengo que hacer otro ataúd antes del amanacer.”

El carpintero tomó un tablón, lo puso sobre su mesa de trabajo y lo cortó sin medirlo, como hacía siempre.

“¿Sabes, Luis? Apostaría mi vida a que mide uno cuarenta y dos.”

El rostro de Luisito se desencajó. Quiso decir algo, pero no pudo. La tos le impedía hablar.


Cuento de terror: Calabazas

Febrero 8, 2007

(Un cuento macabro, y esta vez no hay “continuará”. Empieza y acaba aquí.)

calabazas

Raúl llegó a casa cuando ya había anochecido. Entró en la cocina y al encender la luz vio un post it pegado al microondas que decía:

TE HE DEJADO LA CENA PREPARADA. TRES MINUTOS.

Giró el temporizador del horno hasta que señaló tres minutos y fue al baño a lavarse las manos. Mientras se enjabonaba se miró en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, le gustó lo que vio. Su rostro había recuperado la luminosidad perdida durante años de horarios, sábanas limpias y que pases un buen día. Ahora, a sus cuarenta y muchos, estaba más joven que nunca. De pronto pensó que tal vez aquella mejoría se le notara demasiado. ‘Bueno’, se dijo, ‘da igual, porque esto se acabó’.
Cuando se estaba secando las manos sonó su móvil.
“¿Sí?”
“Hola, cariño”, dijo ella al otro lado.
“Te he dicho que no me llames.”
“Ya. Pero Laura está de viaje, ¿no?”
“Sí, pero es igual.”
“Sólo llamaba para decirte que te quiero y que me ha encantado pasar todo un día contigo.”
“A mi también, mi amor.”
“¿Vas a hablar con Laura?”
“Sí.”
“¿Cuándo?”
“Cuando vuelva de su viaje. Le diré que quiero el divorcio. Esta situación ya no tiene el menor sentido y voy a ponerle fin de una vez.”
“Te quiero.”
“Y yo a ti.”

Raúl regresó a la cocina, abrió el microondas y sacó de su interior el plato de crema de calabaza que su mujer le había preparado. Cenó frente al televisor viendo un resumen de los partidos de la jornada mientras pensaba en cuál sería la mejor manera de afrontar el tema con Laura. Pero cuando ya estaba casi acabando el plato, la cuchara hizo un ruido extraño contra la porcelana. Había algo adherido al fondo, bajo la sopa. Extrañado, descubrió que se trataba de una pequeña funda de plástico fijada con papel celo. La despegó, la limpió con una servilleta y la abrió. Dentro había un papel doblado en varios pliegues. Una carta de Laura.

Querido Raúl:
Sé que me has mentido. Que me engañas. No importa cómo lo sé y no voy a cometer la bajeza de entrar en los detalles. Sólo quiero que sepas que lo que acabas de cenar era una sopa hecha con calabazas hervidas, cebolla, ajo y un coagulante sanguíneo.

Raúl sintió un escalofrío de horror y se levantó de la silla en un acto reflejo, pero al hacerlo notó los primeros efectos del coagulante que corría ya por sus venas. La sangre comenzaba a espesarse y los músculos no le respondían como debieran.

Sus ojos regresaron a la carta.

No voy a mentirte, Raúl: no morirás rápido. Puedes pedir ayuda, desde luego, pero no llegará a tiempo. Sí, ya sé que he dejado pruebas de mi culpabilidad. No creo que la policía consiga encontrarme, pero si lo hacen me dará igual. No podía aguantar más esta situación y necesitaba ponerle fin de una vez. Laura.

Raúl pensó rápido. Sabía que el dolor iría en aumento y no quería sufrir. Laura tenía razón: la ayuda no llegaría a tiempo y sólo prolongaría su agonía, así que no tenía sentido intentarlo. El dolor le daba más miedo que la muerte, siempre había sido así, y tuvo que asumir la certeza de que le dolería mucho y que aquel dolor conduciría inevitablemente a la muerte. No había tiempo que perder. Raúl se encaminó hacia su dormitorio lentamente, pero no porque no tuviera prisa, sino porque cada paso era un esfuerzo gigantesco, como si tuviera cemento secándose en las entrañas. Aún así logró llegar al armario de su cuarto, lo abrió y cogió una escopeta de caza de doble cañón. Parecía pesar diez toneladas. Cargó el arma con una lentitud exasperante, se puso de rodillas en el suelo y consiguió meterse el cañón en la boca.

Cuando iba a apretar el gatillo, ya no pudo moverse. Sus músculos se habían colapsado y se había quedado totalmente inmóvil. Tenía el dedo sobre el gatillo, pero era incapaz de pulsarlo.

Tendría que esperar allí, con la escopeta en la boca, a que el coagulante fuese apagando sus pulmones y le matase en una asfixia larga y dolorosa. Cerró los ojos. Lo único que quería era ponerle fin de una vez. Pero no iba a ser posible.


Cuento de terror: El fabricante de ataúdes

Febrero 6, 2007

ataud

Todos en el pueblo sabía que Luisito era en un niño enfermizo y a nadie le sorprendía que llevara una semana recluído en su casa. Había pasado por innumerables gripes, fiebres y bronquitis, y era casi más habitual verle enfermo que verle sano. Tantos días de cama y sopas de pollo le habían dejado pálido como la cera y tan flaco que, si uno le miraba, veía más bien un resumen de Luisito. Los médicos le habían dicho que para curarse debía irse a vivir lejos, a un clima mejor. El pueblo donde vivía Luisito estaba encajado en un valle donde llovía 40 semanas al año y, además, tenía un río que lo cruzaba por el medio como una puñalada de humedad. El pueblo donde vivía Luisito era un hoyo de musgos vehementes y huesos calados.

Aquella semana el niño estaba pasando por su cuarta pulmonía -cada vez eran más serias- y no tenía más remedio que quedarse encerrado en su cuarto dando de comer a los peces de colores y los reptiles exóticos que su padre, marino mercante, le traía de sus viajes de ultramar.

Luisito odiaba quedarse en su cuarto. Odiaba la fiebre y los escalofríos, los dolores en las rodillas y aquella tos que parecía que iba a arrancarle el resuello. No soportaba estar enfermo y le asqueaba verse tan débil y tan flaco. Lo único que podía hacer era cuidar de sus bichos y, después, sentarse junto a la ventana de su cuarto y mirar la calle. Pero las vistas del otro lado no eran precisamente agradables. Más bien al contrario. Eran aterradoras.

A través de la ventana de Luisito se veía la carpintería de Jorge, un taller pequeño y lleno de serrín sin barrer. A primera vista podría parecer una carpintería vulgar, pero lo cierto es que en su interior era un lugar único, porque allí no se hacían sillas, mesas o armarios; ni siquiera reparaciones de cajones o estanterías. No. Jorge sólo fabricaba ataúdes, y todos en el pueblo sabían que, además de hacerlos, ayudaba a llenarlos, pues aquel carpintero era la mano izquierda de la muerte.

A Jorge se le solía ver sentado a la puerta de su negocio, tomando el fresco con un vaso de té negro en la mano. Y los vecinos pasaban ante su puerta y se hacían cruces al saludarle:
“Buenos días, Jorge. Dios quiera que no tengas trabajo hoy.”
Pero aquella mañana, a las doce y cinco, mientras Luisito le miraba desde su ventana, Jorge se levantó de la silla y se metió en su carpintería a hacer un ataúd. Todo el valle se estremeció.
“¡El carpintero está trabajando!”, gritó alguien. Y los vecinos dejaron sus tareas y corrieron a reunirse ante la puerta de la carpintería para observar el fúnebre ceremonial que se celebraba dentro. Sucedió lo que sucedía siempre. El fabricante de ataúdes se colocó ante su mesa de trabajo, tomó un tablón y lo cortó. Sin medir el corte. De hecho, nunca lo hacía. Jorge serraba sin metro y siempre acertaba en la medida. Si el tablón le salía de metro ochenta, entonces el siguiente muerto habría de medir metro ochenta para encajar en el féretro. Así eran las cosas en el pueblo: primero era el ataúd y después el muerto, porque cuando el fabricante de ataúdes daba su último brochazo de barniz a la caja… el muerto moría para ocuparla. Jamás había sido de otra forma.

Cuando Jorge terminó de cortar la tabla, los vecinos aguantaron la respiración.
“Es muy pequeño”, dijo alguien al ver el madero. “Parece el ataúd de un niño.”
La señora Rosario, recia y curtida como un barco de pesca, se santiguó con sus dedos regordetes:
“Por Dios, Jorge, dinos cuánto mide.”
Y el fabricante de ataúdes sacó su metro de carpintero y medió el tablón que acaba de cortar.
“Uno cuarenta y dos”, anunció a los presentes. “El muerto mide uno cuarenta y dos.”

La señora Rosario se echó las manos al pecho y se giró hacia la ventana de Luisito. De su hijo Luisito.
“¡Uno cuarente y dos!”, gritó Rosario entre sollozos. “¡Ay, Dios, que mi pobre niño mide una cuarenta y dos! ¡La pulmonía se lo lleva por delante!”
Y todo el pueblo se giró hacia la ventana de Luisito, que había oído los gritos de su madre y se había quedado lívido de pánico. El niño les miraba a todos desde detrás del cristal, como un espectro. Quiso llorar, romper la ventana, gritar a todos no, no quiero morirme, decidle que corte otro madero. Pero se quedó inmóvil, en silencio. Su madre, en cambio, lloraba ante la carpintería y alzaba sus manos al cielo mientras el cortejo vecinal arropaba su dolor con alivios. Y entonces todos lo oyeron. Era un llanto igual de desconsolado que el de Rosario.
“¡Mi Alberto!”, se lamentaba la señora Carmen, una mujer menuda enfundada en un abrigo marrón. “¡Mi Alberto también mide uno cuarenta y dos!”
De rodillas ante la puerta de la carpintería, Carmen estrujaba a su hijo entre sus brazos mientras el niño tiritaba de miedo. La señora Rosario dejó de llorar. Se acercó a Carmen muy despacio y le puso la mano en el hombro.
“Vamos a rezar juntas, Carmen.”
“Ay, Rosario, que uno de los niños se nos va.”
Las dos mujeres se abrazaron como dos boxeadores y allí mismo, a la puerta de la carpintería, empezaron a musitar un padrenuestro acompañadas por los vecinos. En medio de aquel funeral por adelantado, el pequeño Alberto alzó la vista hacia la ventana de Luisito y los dos niños cruzaron sus ojos.

Luisito parecía más vivo que antes, como si el color le hubiera vuelto al rostro. Tal vez fuera porque había cerrado los puños y los apretaba con fuerza, casi con rabia. En murmullos rezaba su propia plegaria tras la ventana. Una plegaria en la que decía que estaba harto, que se había pasado media vida encamando fiebres, media vida perdida en seguir viviendo, y que todo aquel dolor tenía que haber servido para algo.

La plegaria de Luisito decía que él no iba a morirse todavía, y que cuando aquel ataúd estuviese terminado lo ocuparía Alberto. Fuese como fuese.

(Continuará)


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Desenlace)

Febrero 1, 2007

Esta es la última parte del cuento por entregas. Las anteriores las podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)

Una noche llena de sorpresas (Parte 3ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 4ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 5ª)

ojo

El pelirrojo se volvió y no vio a nadie detrás de él.

“Aquí arriba.”

Cuando levantó la mirada hacia las copas de los árboles vio al fin al vampiro y a su hijo, que le observaban sentados en una rama como en una grada de primera fila para el espectáculo. Aquella imagen, padre e hijo encaramados al árbol, los hacía parecer aún más inhumanos. Como dos bestias elegantes. El niño seguía teniendo el agujero del balazo en la frente.

“Así que tú eres el más débil de los dos”, dijo el vampiro. “Me lo figuraba.”
“¿El… más débil?” El pelirrojo hacía esfuerzos por comprender la situación.
“Sólo uno de los dos podía salir del zulo. Y salió tu compañero.”
“Lo echamos a suertes. Me tocó a mi mover la trampilla.”
“¿Y lo aceptaste?”
“Era el trato.”
“Ahá. Lo que yo decía. El más débil.” Y de pronto adoptó un tono casi cordial. “Bueno, ¿cómo te sientes siendo inmortal?”
“No… no lo entiendo”, balbuceó el pelirrojo. “¿Por qué no he muerto?”
“Porque eres como nosotros. Como mi hijo y como yo. Y algunos más, desde luego.”
“Pero… no es posible. No me mordisteis…”
“No, es cierto. Pero antes de meteros en ese agujero di permiso a mi hijo para que derramara una gota de su sangre en vuestros labios. Sangre de la herida que vosotros mismos le habíais hecho con aquel estupido disparo.”
El pelirrojo volvió a sentir un sabor metálico y dulzón en la boca y ya no tuvo dudas. Era sabor a sangre.
“Es muy eficaz”, dijo el vampiro mientras se dejaba caer desde la rama. “Una sola gota es suficiente.” Descendió con suavidad hasta posarse sigilosamente ante el pelirrojo y su semblante se volvió severo. “Irás a la ciudad y buscarás alimento para nosotros. Quiero que traigas las presas aquí, a vuestro zulo. Tengo que reconocer que habéis hecho un buen trabajo escogiendo el lugar. Es perfecto para esconder presas.”
“¿Qué… quieres decir con… presas?”
“Justo lo que estás pensando. Y tráelos vivos. Vendremos a recogerlos cada media noche.”
El pelirrojo negó con la cabeza mientras sus labios dibujaban una mueca de horror.
“No, no quiero. No voy a hacerlo.”
“Claro que lo harás. Tú y tu compañero os dedicabais a eso, ¿verdad? A secuestrar personas.” El vampiro de encogió de hombros. “Bueno, esto es lo mismo.”
“No es lo mismo. Y yo no soy como vosotros. No pienso hacerlo.” De pronto el pelirrojo se calmó y lanzó una mirada desafiante. “De todas formas, ¿qué podríais hacerme? ¿Matarme?”
“No”, susurró el vampiro. “Es mucho más sencillo… ¿Hijo?”

“¡Hazlo!”, ordenó el niño mientras descendía al suelo y se posaba junto a su padre. “¡Hazlo porque yo te lo mando!”

Y el pelirrojo no pudo resistirse. No pudo oponerse a la voz de la sangre que corría por su venas y que parecía poseerle. Era cierto. Una gota de sangre era suficiente.

Como un sirviente resignado, el hombre de pelo rojo echó a andar. Tenía cosas que hacer en la ciudad aquella noche. Y la siguiente. Y todas las demás noches.

“Gracias, papá”, dijo el niño mientras veía alejarse al pelirrojo entre los árboles. “Siempre quise tener mi propio cazador.”
“De nada, campeón. Ya ves, al final hemos tenido suerte.”
“¡Y tanto! Es el mejor regalo de cumpleaños que me hayan hecho nunca.”

FIN


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Parte 5ª)

Enero 31, 2007

Esta es la quinta parte del cuento por entregas. Las anteriores las podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 3ª)

Una noche llena de sorpresas (Parte 4ª)

hombre_ardiendo

Los neumáticos chirriaron como un grito en mitad de la noche. Al girar la curva, el conductor del coche se había encontrado con un individuo en mitad de la calzada. No tuvo tiempo de reaccionar, y cuando pisó el freno ya era demasiado tarde. El estruendo de las ruedas contra el asfalto dio paso a un ruido seco cuando el hombre de pelo largo se empotró contra el parabrisas y salió despedido de nuevo contra la carretera.

#

Cuando despertó estaba a punto de amanecer. Al abrir los ojos vio el rostro de un médico que le miraba con expresión de asombro. Estaba en un hospital.

“¿Me oye?”, dijo el doctor.
“Sí, le oigo”, respondió el hombre de pelo largo.
“¿Sabe lo que le ha pasado?”
“Me han atropellado.” No sentía dolor y supuso que lo habían sedado. “¿Estoy bien?”
“Sí, la verdad es que está bien, y eso es lo que no acabo de comprender. Verá, la cuestión es que… le hemos hecho algunas pruebas de rutina y… Hemos obtenido unos resultados inexplicables.”
“¿A qué se refiere?”
“Bueno… Usted está ahí, hablando conmigo después de un accidente realmente grave, pero no tiene usted ni un sólo hueso roto. Y, peor aún, su corazón, señor… su corazón no late.”
“¿Qué?”

En aquel momento, las primeras luces del día comenzaban a filtrarse perezosamente a través de los visillos. El hombre de pelo largo se volvió hacia la ventana y sintió una punzada de miedo. De pánico, más bien. Aunque no había nada en aquella habitación de hospital que pudiera hacerle daño. Al menos en apariencia.

El sol despuntó y los tenues rayos de luz se convirtieron en un resplandor que desbordó los visillos e iluminó la habitación. Ni el doctor ni su extraño paciente estaban preparados para lo que iba a ocurrir. Cuando la luz se reflejó sobre el hombre del pelo largo, su cuerpo reaccionó como si le estuvieran derramando aceite hirviendo. Le quemaba. Le abrasaba, haciendo que su piel se prendiese en llamas.

“¡Ayúdeme!”
El médico corrió en busca de auxilio y en pocos segundos llegaron varias enfermeras y personal de seguridad. Pero nadie pudo hacer nada. Tuvieron que quedarse allí, viendo cómo aquel hombre ardía bajo la luz del sol y quedaba reducido a cenizas.

#

Aquella misma noche, cuando el sol se puso de nuevo, se oyeron ruidos en el bosque. Provenían del interior de un zulo bien oculto tras un saliente de roca. En su interior, el hombre pelirrojo se movía bajo la pila de piedras que le habían sepultado. Tardó en lograrlo, pero al fin consiguió abrirse camino entre los escombros y pudo sacar los brazos, después la cabeza, y por fin el resto del cuerpo.
‘¿Cómo es posible?’, se dijo a sí mismo mientras trepaba hasta la boca del zulo. ‘¿Cómo es posible que no haya muerto? Ellos no me mordieron. Nos dejaron intactos a los dos.’

Salió del agujero como un buceador que emerge a la superficie en medio de una tormenta.
“Hola”, dijo una voz detrás de él. Una voz que el pelirrojo conocía perfectamente. “Tómate el tiempo que necesites para recuperar el resuello. Lo vas a necesitar.”

(Continúa aquí)


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Parte 4ª)

Enero 29, 2007

Esta es la cuarta parte del cuento por entregas. Las anteriores las podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 3ª)

luna

“No lo entiendo”, dijo el pelirrojo.
“La trampilla no puede subir”, explicó su compañero, “pero sí puede bajar. Uno de nosotros puede moverla hasta el borde y entonces se derrumbará bajo el peso de las piedras. ¿Entiendes? Se derrumbará… dentro del zulo.” El hombre del pelo largo hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas. “El que mueva la trampilla no tendrá tiempo de apartarse y todas esas piedras se le caerán encima. Pero el otro podrá salir.”

Decidieron jugárselo a suertes. Pares o nones. Así de sencillo. Si salían pares, el hombre de pelo largo moriría. Si salían nones, moriría el pelirrojo.

“Una, dos… ahora.”
La luz de las linternas iluminó sus manos, que sumaban tres dedos extendidos. Nones.

Se hizo un siléncio húmedo en el vientre del zulo.
“Lo siento”, dijo el ganador.
El pelirrojo no pudo mantener la serenidad. Se dejó caer en cuclillas en medio del zulo y hundió el rostro entre las manos. Suplicó. Suplicó a su compañero que buscaran otra forma de escapar. Pero no la había. Tenía que asumir su suerte, o más bien su mala suerte. Ese era el trato.
Casi sin fuerzas y atenazado de pánico, el pelirrojo se puso en pie como pudo y, temblando, se situó debajo de la trampilla.
“Vamos”, dijo el hombre de pelo largo, y se arrimó a la pared del zulo para alejarse lo más posible de la lucerna y evitar así que alguna piedra pudiera alcanzarle cuando el techo se derrumbara. “Todo acabará enseguida.”
El pelirrojo asintió y puso sus manos bajo la trampilla. Cerró los ojos y apretó los dientes, sintiendo de nuevo aquel sabor metálico en la boca. Y lentamente deslizó la tabla hasta que, por fin, uno de los extremos se quedó sin apoyo y cedió bajo el peso de las piedras.
Trató de apartarse del derrumbamiento, pero fue inútil. Al instante, un alud de piedra se precipitó sobre su cuerpo y lo sepultó por completo. Su compañero apartó la vista para no ver aquella lapidación brutal.

No hubo gritos. Todo había sido demasiado rápido. Mejor.

El hombre de pelo largo esperó a que la nube de polvo que había invadido el agujero se disipara. Y por fin distinguió la luz de la luna entrando por el hueco de la trampilla. Ya tenía su salida. Se encaramó con dificultad sobre los escombros que aplastaban a su compañero y, trepando por las piedras, alcanzó la superficie.
Ni siquiera miró atrás. Echó a correr entre los árboles sin pensar en nada más que en alejarse de aquella pesadilla. Estuvo corriendo tal vez una hora hasta que llegó al límite del bosque, que acababa de manera abrupta en una carretera comarcal. El hombre de pelo largo se detuvo entonces a recuperar el aliento.

Pero apenas había tomado un par de bocanadas de aire cuando un fogonazo de luz surgió de la nada y le deslumbró dejándole momentáneamente ciego.

Y después, aquel sonido espantoso.

(Continúa aquí)


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Parte 3ª)

Enero 26, 2007

Esta es la tercera parte del cuento por entregas. Las anteriores las podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)

encerrado

“¿Qué coño es esto?”

“Os dije que os habíais equivocado de personas”, dijo el flaco. Y avanzó hacia su hijo sin importarle que, detrás de él, el hombre de pelo largo le estuviera apuntando con un arma. El niño observaba la escena puesto en pie sobre la trampilla del zulo.
“¿Estás bien, campeón?”, le preguntó su padre con voz animosa.

“No, papá. Estoy enfadado.”
“Lo sé, lo sé. Yo también.”

El pelirrojo abría y cerraba los ojos confiando que el niño se esfumase como una mala pesadilla. Pero seguía allí.
“No lo entiendo”, balbuceó. “Estaba muerto.”
“Sí, desde luego.” El flaco se volvió hacia los dos secuestradores. El hombre de pelo largo le seguía apuntando con su pistola, pero ahora le temblaba en la mano como las hojas de las ramas. “Claro que mi hijo estaba muerto. Estaba muerto desde mucho antes de que le dispararais.”
“No puede ser… No entiendo…”
El flaco sonrió. Pero no fue una sonrisa normal. Detrás de sus labios asomaron unos largos y afilados colmillos.
“Es fácil de entender”, susurró. “Lo que pasa aquí es que… habéis sido capturados”.”

El hombre de pelo largo logró disparar una vez y la bala se perdió en la arboleda. Aunque hubiera acertado no habría servido de nada.

El flaco y su hijo saltaron sobre sus presas como dos fieras.

#

Cuando el hombre de pelo largo y el pelirrojo despertaron, estaban en el interior de su propio zulo. Encendieron sus linternas y echaron un vistazo a su alrededor temiendo que los vampiros aún pudieran estar allí. Pero no había rastro de ellos. El zulo era un agujero angosto de apenas dos metros de diámetro, y a la luz de las linternas se parecía mucho al interior de una tumba. El aire olía a tierra húmeda y era difícil de respirar.
“Estamos jodidos”, dijo el pelirrojo. “Pero bien jodidos.”
“Mantengamos la calma. Lo primero es saber si nos han mordido.”

Se examinaron el cuello el uno al otro y comprobaron que estaban intactos. Ni una sola mordedura. No recordaban muy bien lo que había pasado después del ataque, pero se sentían como si les hubieran dado una paliza, débiles y extenuados. Los dos tenían un sabor dulzón y metálico en la boca.

“Bueno, al menos no nos han matado”, dijo el pelirrojo con cierta sensación de alivio. Pero la sensación no duró mucho. Decidido a salir del zulo, intentó empujar la trampilla que tapaba el techo, pero se dio cuenta de que la habían cubierto de piedras desde el exterior. Era imposible levantarla. “Mierda… Ese cabrón nos ha encerrado y nos vamos a pudrir aquí, joder…”
“Cállate”, dijo su compañero. “Déjame pensar.”

El hombre del pelo largo se colocó bajo la trampilla y trató de moverla. Eran sólo tablones de madera que no estaban fijados por ninguna bisagra, así que su único cierre era el peso que tenían encima. No podrían levantarla, eso estaba claro. Pero la trampilla tenía prácticamente el mismo ancho que el agujero que cubría. Así que el hombre del pelo largo pensó que había una opción. Una que no iba a ser precisamente fácil.
Se giró hacia su compañero.

“La buena noticia es que hay una forma de salir de aquí”, musitó al fin.
“¿Salir de aquí? ¿Cómo?”
El hombre de pelo largo no contestó y el pelirrojo se dio cuenta de que se había equivocado de pregunta.
“Vale. Dime, ¿cuál es la mala noticia?”

“Que sólo podrá salir uno de nosotros.”

(Continúa aquí)


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)

Enero 25, 2007

Esta es la segunda parte del cuento por entregas. La anterior la podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)

bosque_oscuro

El pelirrojo se quedó mirando el cuerpo sin vida del niño como si estuviera hipnotizado.
“Joder, ¿cómo se te ocurre matarlo, tío? ¿Estás…?”
“¡Cállate!”, le interrumpió el hombre del pelo largo. Y a continuación, muy despacio, corrigió la posición de su pistola y volvió a apuntar al rostro del hombre flaco. No se había movido. Miraba de reojo a su hijo tendido en la calle y su única reacción fue un ligero temblor en los labios.
Los ojos negros, negrísimos, del flaco se clavaron en los del asesino, que le sostuvo la mirada sin dejar de encañonarle y guardó silencio unos segundos. Quería que el hombre flaco tuviera tiempo para digerir lo que acababa de suceder. Había abatido a su hijo de un disparo ante sus narices. Iba muy en serio. Ese era el mensaje.

“El mocoso ya no se va a subir a ese coche”, dijo al fin el hombre de pelo largo, “pero tú sí. Porque si no lo haces te dejo seco a ti también y después me voy a tu casa y me cargo a tu mujer y a los hermanos del crío.”
El flaco apretó las mandíbulas.
“No tiene hermanos”, murmuró.
“A tomar por culo. ¡Sube al coche!”, bramó el asesino. Y subrayó su orden amartillando el arma de nuevo amenazadoramente. “Por si no te has enterado, esto es un secuestro.”
El flaco asintió, se volvió hacia el vehículo aparcado junto a la acera y se subió a él.

#

Conducía el pelirrojo. Las manos le sudaban y le resbalaban sobre el volante. Temblaba. Todavía no se había recuperado del impacto de ver cómo su compañero disparaba sobre aquel niño, y empezó a pensar que tal vez aquello de les hubiera ido de las manos. No podía salir bien.

Ni los secuestradores ni el secuestrado intercambiaron una sola palabra. El pelirrojo dirigió el coche hacia las afueras de la ciudad y tomó varios desvíos comarcales. 45 minutos después llegaban a un estrecho camino de tierra que conducía al interior de un bosque.

“¡Abajo!”, dijo el hombre de pelo largo.
El flaco obedeció y miró a su alrededor. Era una arboleda sin casas a la vista, el lugar perfecto para esconderle durante meses si hiciera falta.
“¡Andando!”
El hombre del pelo largo le dio un empujón y el flaco echó a andar entre los árboles segudio por los secuestradores. Llevaban linternas, pero el bosque se tragaba la luz con voracidad y apenas veían por dónde pisaban.

Oyeron un batir de alas entre las ramas, seguramente un búho en plena cacería. Por lo demás, el bosque estaba sumido en un silencio perfecto, y el pelirrojo pensó que, más que un bosque, aquello parecía una emboscada. Le daba malas sensaciones. Muy malas.
“Supongo que nos dirigimos a un zulo”, dijo el flaco mientras se abría paso entre la maleza.
“Supones bien”, respondió el hombre de pelo largo.
“¿Y después qué?”
“Pediremos dinero por tu rescate.”
“Os he visto las caras. He visto cómo disparabais a mi hijo. No creo que me vayáis a dejar en libertad aunque os paguen.”
“Ya pensaremos en eso después. Métete por ahí”, ordenó el hombre del pelo largo señalando un terraplén con la linterna, “por detrás de ese saliente de roca.”

El flaco iba delante, así que fue el primero en salvar el saliente. Cuando, dos pasos por detrás, lo hicieron el hombre de pelo largo y su compañero pelirrojo, se quedaron estupefactos. Allí, a la luz de las linternas, vieron algo imposible. Algo simplemente inconcebible.

Sobre la trampilla que marcaba la entrada al zulo estaba el hijo del flaco, de pie, mirándoles con la cabeza ligeramente ladeada y expresión furiosa. Aún tenía el agujero del balazo en la frente.

El padre del niño no se sorprendió en absoluto.

(Continúa aquí)


Cuento de terror: Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)

Enero 24, 2007

(Este es el comienzo de un cuento por entregas, como los viejos seriales de misterio. Ahí va:)

calle

Era media noche, y las farolas iluminaba las calles con una luz enfermiza de pabellón de reposo. En la oscuridad sonaban los pasos tranquilos del hombre flaco, casi escuálido, que caminaba hacia su casa junto a su hijo. El niño, de unos siete años, iba agarrado de la mano de su padre como si llevara una bandera.

Cuando pasaron junto a un edificio abandonado, no vieron cómo dos hombres salían sigilosamente de entre las sombras del portal y se colocaban a su espalda. El hombre flaco sintió el cañón de una pistola en la nuca y se detuvo.

“Súbete al coche”, dijo una voz detrás de él. “Ahí, a tu derecha”.

El flaco miró a su derecha y vio un vehículo aparcado con la puerta trasera abierta. Su hijo seguía sosteniéndole la mano en silencio, y ninguno de los dos se movió. Intercambiaron una breve mirada y el hombre flaco cerró los ojos y asintió para indicarle al niño que se calmara, que él se encargaría de la situación.

“Que te subas al coche”, insitió el hombre que le apuntaba a la nuca. “Y el chaval también.”
El hombre flaco respiró hondo y se volvió hacia sus dos agresores. Uno de ellos, de pelo largo, le apuntaba -ahora al rostro- mientras el otro, pelirrojo y grueso, se mantenía a una distancia prudencial y miraba a su alrededor con aprensión, vigilando que nadie les viera.
“No tenemos dinero”, dijo el hombre flaco. “Dejad que nos vayamos.”
“Sí que tenéis pasta, y si no la tenéis seguro que sabéis dónde pedirla… ¡Sube al coche, coño, o te pego un tiro!”
“Verás”, continuó el flaco sin perder los nervios, “me parece que os estáis equivocando de personas.”

“El que se va a equivocar, y mucho, eres tú”, rugió el hombre del pelo largo, “si no subes al puto coche con el mocoso YA.”
El flaco negó con la cabeza.
“Tenemos que irnos a casa”, dijo.
“Pero… ¡hay que joderse!”, bramó el pelirrojo unos pasos más allá. “¡Mételos en el coche o pégales un tiro!”
El hombre de pelo largo acercó el arma al rostro del flaco, justo ante sus ojos.

“Ya has oído las dos opciones”, le susurró con voz afilada. “O el coche o un balazo. ¿Qué dices?”
“Que no vamos a subir a ese coche.”

El hombre del pelo largo no siguió discutiendo. Bajó el cañón de su arma, apuntó a la cabeza del niño y disparó. Sin más. La bala le atrevesó la cabeza de parte a parte y el chico se desplomó como un títere sin hilos.

(Continúa aquí)


Cuento de terror: Huellas

Enero 22, 2007

Ella dijo… sé cómo es estar muerta
She said she said” The Beatles

bañera

Mario estaba en el salón, repatingado en un sofá y escuchando música a todo volumen a través de los cascos. Sonaba “She said she said”, de The Beatles. Cuando estaba sonando el estribillo por segunda vez, sintió un tacto frío en la nuca, un tacto frío y húmedo, y una gota de agua resbaló hacia su espalda.

Se volvió. El salón estaba vacío. Miró al techo para ver si le había alguna gotera, pero nada; estaba perfectamente seco. Entonces bajó la mirada de nuevo y las vio. Iban desde la puerta del salón hasta el sofá en el que él estaba sentado. Huellas. Pisadas de unos pies invisibles que dejaban en el suelo huellas rojas, como manchas de sangre.

Mario se levantó como un resorte y corrió. Atravesó el pasillo como una exhalación mientras veía sobre el parqué las mismas huellas húmedas que habían llegado hasta el salón. Por fin ganó la puerta del cuarto de baño. La abrió y el aliento se le atravesó en la garganta.

Un vapor de olor dulzón inundaba el baño. Marta estaba casi hundida en la bañera, con una mano colgando del borde. El agua estaba completamente teñida de rojo, rojo sangre, y la mano colgaba fuera sostieniendo aún el cutter con el que Marta se había abierto las venas.

No hizo falta que lo comprobara. Sabía que estaba muerta. Mario abrió los brazos como si fuera a protestar, a gritar incluso, pero apenas le salió un lamento.

“¿Qué has hecho?”, murmuró. “Joder… Juntos habríamos podido con todo, Marta, con todo. Dijiste que encontrarías una solución para los dos y que todo iría bien.” Negó con la cabeza y se apoyó en la pared del baño dejando que su cuerpo resbalara hasta el suelo, donde se quedó sentado, con las manos apoyadas en las baldosas mientras sus ojos miraban los ojos ausentes de Marta. “¿Esta era tu solución? Dijiste ‘te juro que todo irá bien’, eso dijiste. Y mira lo que has hecho, joder.”

Mario vio entonces que sobre el suelo del baño se formaban, surgiendo de la nada, aquellas huellas de agua y sangre. Iban apareciendo suavemente sobre las baldosas blancas, y los pasos se encaminaron hacia el espejo que colgaba encima del lavabo. Sobre el vaho que cubría el cristal empezaron a formarse letras como si un dedo invisible las dibujara, y las letras hicieron palabras. Decían:

“Te quiero. Y quiero que vengas conmigo. Te juro que todo irá bien.”

Y en aquel preciso instante, el cutter se desprendió de la mano sin vida de Marta y cayó al suelo, resbalando suavemente hasta llegar junto a las manos de Mario. Como un testigo que pasa de un corredor a otro.


Cuento de terror: Exigencias del guión (para Angie)

Enero 19, 2007

(Este cuento es para Ángela, guionista y un montón de cosas más. De parte de un fan.)

guion

Cuando se despertó, lo primero que sintió fue una punzada de dolor en la nuca. El golpe había sido brutal. Estaba aturdido y tenía la visión borrosa.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Enseguida se dio cuenta de que estaba atado a una superficie lisa, seguramente una mesa, y tumbado boca arriba. Por un momento pensó que aquello tenía que ser una broma de sus compañeros; una broma macabra. Pero cuando pudo enfocar la vista y giró la cabeza (el cuello era lo único que podía mover), vio un papel apoyado en un pequeño atril que estaba allí dispuesto para que él lo leyese. Decía así:

“Emilio, has matado a demasiado gente y alguien tenía que pararte. Esto es por todos los muertos.”

Dejó de leer y gritó, gritó con todas fuerzas suplicando ayuda.

No obtuvo respuesta, pero continuó gritando. Gritó que él no se llamaba Emilio, que Emilio era el nombre del personaje que él interpretaba en la serie, sólo un personaje, y que los asesinatos que había cometido eran pura ficción. Gritó hasta romperse la garganta en el intento, pero fue inútil.

Sabía que no había forma de que le oyeran. Incluso sabía dónde estaba, aunque no pudiera mirar a su alrededor. Era un lugar completamente tapiado, sin puertas ni ventanas… y enterrado bajo tierra como un sarcófago. Lo sabía porque así era como Emilio mataba a sus víctimas en la serie. Las encerraba en un zulo excavado a varios metros de profundidad, las ataba a una mesa y, antes de sellar el habitáculo…

…llenaba el lugar de ratas que tampoco tenían forma de salir. Ni nada que comer. Los guionistas siempre le habían dicho que aquella era la peor muerte que habían podido imaginar, y por eso Emilio mataba así, para que los espectadores se sintieran espantados. Para que le tuvieran miedo. Para que le odiaran. Eran exigencias del guión.

Cerró los ojos y trató de contener una náusea. Una rata se había encaramado a la mesa y empezaba a pasearse sobre su cuerpo. Sabía que le devorarían poco a poco y también sabía que aquellos bichos solían ir primero a por las partes blandas, como los ojos y los labios.

Aunque en la serie nunca se vio, naturalmente. Los guionistas lo dejaban siempre en off porque podría herir la sensibilidad de los espectadores.