Canción del asesino tuerto

Octubre 2, 2007

gorey

El asesino tiene alma de escualo
y cuerpo de notario de Alcorcón,
con un ojo tuerto y desafinado
que ha echado el telón.
Al asesino le hierve en la mano
el nido de un escorpión.

Le gustan las ramas verdes,
las bocas de fresa,
los divinos tesoros del viernes
y las espaldas descubiertas,
y ata adolescentes
con longanizas tiernas.

El asesino escribe su biografía
en las paredes de su habitación
y desayuna gritos y epifanías,
almuerza latidos de un apagón
y cena con niñas perdidas.

Descansa sábados y domingos
y el lunes vuelve al trabajo,
a lo mismo,
al tajo:
administrar el abismo.


Cuento bélico: Resumiendo la guerra

Septiembre 18, 2007

Now we have a problem in making our power credible, and Vietnam is the place.

John F. Kennedy

vietnam

El marine echó a andar guiándose por la posición del sol para regresar a su campamento. Apenas podía caminar. Estaba exhausto después de haber permanecido despierto toda la noche, oculto entre la hierba y atento a cualquier ruido que pudiera indicar la presencia de algún vietcong. Todo su pelotón había sido eliminado. Era el último. El único superviviente.

Caminaba entre la hierba, largas hojas de hierba, y la colina era el lomo de un erizo mecido por el viento, aquella vegetación vehemente como los gritos de los vietcongs, igual de intimidatoria y feroz. A cada paso giraba la cabeza, observando si un matorral se movía o si se deslizaba una sombra. Pero nada. No le seguían. Sin duda los vietcong pensaban que no quedaba ninguno vivo y habían vuelto a esfumarse en la selva como fantasmas.

La selva. ‘Su selva’, pensó el marine. ‘Esta es su casa. No se puede pelear contra alguien que pelea en su casa y por su casa. Y la mía está en Haight-Ashbury, San Francisco, demasiado lejos de esta selva’. El aire era húmedo y pesado como el vaho de una pantera. Había visto muchas panteras allí. Y un rinoceronte. Y mariposas, sobre todo mariposas, grandes como manos al viento.

De pronto, un ruido. El marine se volvió de un salto y empuñó su fusil. Le temblaban los brazos por la falta de sueño y de alimento. Barrió la colina con la mirada y entonces vio, a unos veinte metros de él, a una niña vietnamita. Le miraba. ¿Cómo es que no la había oído acercarse? Estaba casi oculta entre la hierba, que le llegaba hasta los hombros. No debía tener más de siete u ocho años.

El marine miró alrededor para comprobar si había alguien más, pero no vio a nadie. La niña estaba sola. Se acercó a ella muy despacio y, cuando estuvo a su altura, la pequeña extendió su mano hacia el soldado ofreciéndole un mango. Se miraron a los ojos. La niña lloraba en silencio, y por un momento el marine creyó ver una tregua en aquellas pupilas encharcadas, un callejón a San Francisco entre la selva. Sonrió, asintió con la cabeza y cogió el mango. La niña dejó de llorar y le devolvió esa sonrisa tenue de los huérfanos, con los labios cuarteados y las mejillas terrosas. El soldado le acarició el pelo y se dijo a sí mismo que aquello resumía la guerra, él sin pelotón y la niña sin nadie, solos los dos en mitad de un infierno hermosísimo y hablándose con el hambre.

El soldado se llevó la fruta a la boca y la mordió.

Fue como si un nido de escorpiones en llamas se revolviera en su garganta. No pudo dar un segundo mordisco, pero con el primero había sido suficiente. Apartó el mango de la boca y lo miró. Estaba manchado de sangre, y en en el hueco que había dejando sus dientes podían distinguirse cientos de pequeños pedazos de cristal que habían sido incrustados en el interior de la fruta con cuidadosa paciencia.

La niña empezó a chillar, de nuevo aquellos chillidos de selva inhóspita y áspera. Le gritaba con rabia, con odio, pero también con una violenta satisfacción.

El soldado dejó caer el mango al suelo. Su boca y su garganta manaban sangre a borbotones, sangre roja de rojo vietcong, y sintió que sus piernas flaqueaban. Hizo el ademán de llevarse los dedos a la boca para arrancarse los cristales clavados, pero se dio cuenta de que era inútil. Cualquier leve movimiento hacía que el dolor aumentara hasta lo insoportable.

La niña se alejó corriendo, celebrando a gritos su triunfo. El soldado aún podía distinguirla colina abajo y levantó el fusil para abrir fuego contra la pequeña, pero ya no tenía fuerzas ni para sostener el arma, que cayó a sus pies junto al mango.

La niña se desvaneció entre la hierba y el calor.

En un último esfuerzo, el marine inclinó su cabeza hacia adelante para evitar atragantarse con su propia sangre. Los ojos fijos en el suelo, en las verdes hojas de hierba ahora salpicadas por aquellas gotas escarlata que caían premiosas y espesas de sus labios.

Se quedó allí. Tan lejos de San Francisco. Resumiendo la guerra.

FIN

Banda sonora para después del relato:


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Desenlace)

Mayo 24, 2007

La primera parte del cuento está aquí: Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª).

baño de sangre

Lo primero que hizo Bruno fue serrar los brazos del cadáver a la altura de los hombros; después las piernas -por las rodillas y los tobillos- y, finalmente, serró el cuello. Los huesos eran mucho más duros de lo que había supuesto. Incluso rompió una sierra y tuvo que regresar al sótano a buscar otra.

Pero esa no fue la única dificultad que Bruno tuvo que salvar. El cuerpo de Matías estaba aún caliente y eso hacía que su sangre manara a borbotones durante el despiece. Litros y litros se acumulaban en la bañera y, poco a poco, aquella sangre se iba secando y convirtiéndose en un engrudo denso y pegajoso que taponaba el desagüe. Bruno tuvo que abrir el grifo de la ducha y giró el pomo del agua caliente hasta su tope. El agua tibia se extendió por el baño licuando la sangre y formó un caudal encarnado que, lentamente, se fue drenando por la cañería.

Afuera, al fin, rompió a llover, y Bruno no pudo contener una sonrisa de satisfacción. Pero aún tenía mucho trabajo por hacer.

Con las extremidades ya separadas del tronco, Bruno utilizó el machete para partirlas en trozos más pequeños, y así desmenuzó los muslos, las pantorrillas, los brazos y los antebrazos. A continuación abrió el tórax de Matías por debajo de las costillas flotantes y vació las vísceras una a una. Las trituró con un pequeño cuchillo de carne y, acto seguido, fue arrojándolas por el inodoro mientras tiraba regularmente de la cadena para que no se atascara.

La lluvia seguía golpeando el tejado y las ventanas de la casa con una rabia feroz.

En torno a la una de la madrugada Bruno había terminado de despedazar el cadáver de Matías. Con esa tarea solucionaba el principal problema que se presenta para hacer desaparecer un cadáver: transportarlo de una forma discreta. Al tenerlo en pedazos, sería muy sencillo meterlos en bolsas de la basura que no resultaran sospechosa en caso de que alguien le viera. Pero, naturalmente, quedaba un segundo problema por resolver; el más importante: ¿dónde ocultar el cadáver o, en este caso, los trozos del cadáver? Durante los siete años que había pasado en la cárcel, Bruno le había estado dando vueltas. Habitualmente, los asesinos procuraban esconder los cuerpos en lugares apartados y recónditos, pero al final, irremediablemente, terminaban por aparecer. Puedes esconder un cadáver en un bosque, sí, pero más tarde o más temprano aparecerá un perro con buen olfato, o unos excursionistas, o unos niños que juegan a hacer excavaciones y… estarás perdido.

No. Había que buscar otra solución. Y Bruno la había encontrado. La clave no estaba en llevar el cuerpo a un sitio alejado y solitario, sino todo lo contrario. Había que dejarlo en el lugar más evidente de todos, porque allí es precisamente donde nadie mirará. Y bien, ¿cuál es el lugar más obvio para un cadáver?

Un cementerio.

Era tan simple que casi resultaba risible. Pero no podía fallar. Bastaba con cargar los pedazos del cadáver hasta un camposanto y, una vez allí, abrir una tumba, depositarlos en su interior y volver a cerrar el sepulcro. Esa idea presentaba varias ventajas. La primera, que los restos del cuerpo se mezclarían y confundirían con los restos del ocupante de la tumba. La segunda, y más importante, era que con esta estratagema el muerto pasaba a convertirse en algo así como una aguja en un pajar, un cadáver más entre decenas o cientos de ellos. Y la tercera ventaja, la ventaja crucial, es que un cementerio es el lugar más respetado e intocable que existe. Nadie mete sus narices en una tumba.

Si bien el plan parecía no tener fisuras, lo cierto es que presentaba una ligera dificultad: no se puede abrir una tumba y volver a cerrarla sin dejar huellas en el terreno, y eso podía despertar sospechas. Pero, precisamente en este punto, la lluvia debía cumplir su parte del plan. El aguacero se encargaría de borrar las pisadas de Bruno y empaparía la tierra, haciendo que fuera imposible distinguir el terreno intacto del recientemente excavado.

Bruno sonrió. Le esperaba una madrugada larga y dura, porque desde luego iba a ser agotador cavar en un sepulcro, pero la satisfacción de una venganza perfecta lo compensaba todo.

Metódico y cuidadoso, metió los pedazos del cadáver en bolsas de la basura según su plan y las arrastró con cuidado hasta la entrada principal de la casa. Tendría que meterlos en el maletero del coche y conducir hasta un cementerio cercano, a unos seis kilómetros de allí. Pero cuando abrió la puerta y puso un pie en el porche de la casa, oyó aquella voz fuerte y firme. De nuevo, era la voz de su porvenir:
“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Los policías que le estaban esperando parecían buzos bajo aquel chaparrón.

No pude ser, se dijo Bruno. ¿Cómo lo han sabido? Mientras levantaba los brazos, miró a su alrededor y entonces lo entendió. Había sangre por todas partes. Un inmenso charco rojo se extendía frente a la casa de Matías despuntando brillos granates bajo la luz de las farolas. Bruno no tardó en darse cuenta de que la sangre, que se extendía por la acera y por el parterre del frontal de la casa, provenía de la boca de una alcantarilla, de donde manaba a borbotones mezclada con el agua.

La lluvia, pensó Bruno. Ha caído tanta lluvia que se han desbordado las cañerías de la casa y ha extendido la sangre de las cañerías por todo el vecindario.

Detrás de los agentes había varios vecinos empapándose en la calle. Eran ellos quienes habían llamado al 061 al ver el agua teñida de sangre correr por la calzada como un tsunami escarlata aguijoneado por la lluvia.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

FIN


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª)

Mayo 23, 2007

lluvia

Aquella noche llovía mucho. Llovía tanto que los agentes de policía parecían buzos bajo aquel chaparrón.

“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Bruno descendió del coche con los brazos extendidos, como un Cristo asaetado por aquel diluvio de gotas. No dejaba de pensar que había estado a punto de huir. De hecho, habría escapado de no ser por la lluvia, que había convertido la explanada en un barrizal. Las ruedas del coche se habían atascado en el lodo.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

Mientras se entregaba a los policías giró la cabeza hacia atrás, hacia la casa destartalada y mohosa que tenía a su espalda. Desde la ventana, Matías le observaba y se encogía de hombros, como diciendo así es la vida, tío, lo siento mucho. Bruno siempre había pensado que Matías era un hijo de la gran puta, pero jamás le creyó capaz de delatarle a la policía. Ahora ya era demasiado tarde para lamentarse por su exceso de confianza.

“¡No te muevas!”, gritó uno de los agentes mientras le esposaba las manos.

Bruno no se movió durante los siguientes siete años, que pasó encerrado en una prisión. Era culpable de todo lo que le acusaron, e incluso de algunas cosas más, así que ni siquiera se esforzó en defenderse. Bruno siempre había sabido que él era una mala persona. Lo llevaba en la sangre, y ya de adolescente, en cuanto tuvo uso de razón, supo que sería culpable hasta que muriese. Pero, aunque parezca paradójico, son precisamente los culpables los que más necesitan la libertad.

Bruno estuvo siete años en la Prisión Provincial, un cementerio de vivos que olía a jergones húmedos, a mercromina y a provincias sociales. Y cada uno de los 2.555 días que pasó recluido, Bruno lo dedicó, con paciencia inquebrantable, a elaborar cuidadosamente su plan. Vengarse de Matías era lo único que le importaba, lo único que tenía sentido, porque, señora, los culpables son así.

El mismo día que salió en libertad –por fin la libertad-, Bruno se metió en una cafetería y pidió al camarero un vodka con hielo y un periódico. Se bebió la copa de un solo trago mientras pasaba las hojas del diario con rapidez hasta que, en las páginas centrales, encontró lo que buscaba: el parte meteorológico. Bruno leyó la previsión del tiempo de esa semana y tomó una decisión. Lo haría el jueves. Ese día iba a llegar una fuerte borrasca que dejaría tras de sí vientos y lluvias torrenciales. Era el día perfecto.

Se alojó en un motel con las paredes cubiertas de papel beige y cuadros de caza y pasó dos días viendo televisión y matando cucarachas. Hasta que llegó el jueves. Entonces dejó su habitación, robó un coche del parking del motel y viajó en él toda la noche hasta llegar a la casa de Matías. Tal y como estaba previsto, un cielo borrascoso acompañó a Bruno durante su travesía. Conducía bajo palio.

Cuando llegó a la casa, Bruno no llamó a la puerta. La forzó de una patada y en dos zancadas se plantó ante el sofá del salón, donde Matías dormía la borrachera.
“Despierta”.
Matías abrió los ojos y, cuando vio a Bruno de pie ante él, su boca se retorció como una serpiente.
“Bruno, por favor, no…”
“¿No qué, hijo de puta?”
“No me dejaron elección.”
“¡Me vendiste!”
“Bruno, por favor… Me dijeron que si no te delataba me mandarían a la cárcel 20 años.”
“Eres un cagado de mierda”, dijo Bruno entre dientes.

Lanzó sus manos a la garganta de Matías y las ciñó como un cepo alrededor de su cuello. Matías no pudo hacer nada para escapar de aquella cárcel de dedos, y en un segundo su nuez crujía clausurando el paso del aire a sus pulmones. Entre sacudidas de dolor y de pánico, Matías abrió la boca en un intento desesperado por respirar, pero lo único que consiguió fue componer esa mueca lapidaria de los que ahorcados.
“Muérete”, masculló Bruno.
Los muelles del sofá chirriaron cuando el cuerpo de Matías se sacudió en un último espasmo. Y entonces se quedó inmóvil. Muerto por fin, joder, qué alivio.

Bruno se quedó sentado junto al cadáver, en silencio, durante unos minutos, tal vez una hora. Le había matado, sí, pero ahora quedaba la fase más importante de su plan, previsto hasta el último detalle.

Cogió el cadáver por los pies y lo arrastró hasta el cuarto de baño. Bruno sabía lo que solía pasar en estos casos. El asesino se aturde, y cuando intenta ocultar el cadáver de su víctima comete alguna torpeza que acaba por ser su perdición. Pero a él no iba a sucederle tal cosa. No iba a dejar la menor huella y, de hecho, ni siquiera iba a dejar un cadáver.

Depositó el cuerpo en el interior de la bañera y lo dejó allí mientras bajaba al sótano de la casa en busca de un cuchillo, una sierra y un machete. Cuando tuvo todo lo que necesitaba, regresó al baño y se puso a trabajar. Pronto iba a empezar a llover.

(Continuará aquí: en esta segunda y última parte).

 


Cuento de terror: Más allá del cristal

Mayo 18, 2007

hierba

Se despertó, pero tardó unos segundos en lograr que sus ojos enfocaran. Al principio sólo podía ver ante sí un velo blanco y brumoso que brillaba con intensidad. Seguramente había mucha luz. Le dolía la cabeza, y no tenía ni idea de cuánto tiempo habría pasado inconsciente. Al fin, su mirada se aclaró.

No estaba sentado en su coche, como habría esperado.

Estaba tumbado en lo que parecía ser un perfecto jardín de césped, el césped más verde que había visto jamás, cuidadosamente adornado con árboles de diversas especies, ramajes y alturas. Había también un pequeño lago de aguas cristalinas y mansas y, junto a la orilla, vio sentada a una mujer. Tenía los pies metidos en el agua, y chapoteaba con una cadencia pesada y suave.
“¡Oye!”, gritó el hombre. “¡Eh! ¡Por favor!”
La mujer se giró hacia él, se puso en pie con cierta indolencia y se le acercó muy despacio. No le miraba con curiosidad. Si acaso, con cierta tristeza.
“¿Qué quieres?”, preguntó ella cuando estuvo frente a él.
“No… No sé cómo he llegado aquí. Iba conduciendo y… Algo pasó. No sé muy bien el qué. No lo recuerdo.”
“Sí. Supongo que te pasó algo, sí.”
“¿Dónde estamos?”
“Mira a tu espalda.”

El hombre se volvió y se quedó boquiabierto. Aquel jardín tan perfecto se acababa tres o cuatro metros más allá de donde estaba sentado, bruscamente interrumpido por una gigantesca cristalera. Se trataba de una pared de vidrio grueso y oscuro, casi opaco, pero, aún así, el hombre podía distinguir formas al otro lado. Formas que se movían. Parecían criaturas de aspecto simiesco, tal vez algún tipo de mono. Caminaban erguidos, de eso no cabía duda, y sus cuerpos eran flacos y algo desgarbados. No podía verlos con claridad a causa del cristal, pero parecían tener unos ojos enormes y negros que ocupaban casi la mitad de sus cabezas. Corrían de un lado a otro detrás de la cristalera y, ocasionalmente, se detenían y pegaban sus difusos rostros al vidrio.

“¿Qué es esto?”, preguntó el hombre. “¿Dónde estamos?”
“En un zoo.”
“Por dios… ¿Y qué son esas criaturas que tienen aquí?”
“No, no, esos son los visitantes”, dijo la mujer con su voz cansina. “Las criaturas somos nosotros. ¿No ves cómo nos miran? Sobre todo a ti. Bueno”, añadió con cierto desprecio, “eso es sólo porque eres el nuevo.”

FIN


La cuadratura del Bosque Veneno

Mayo 12, 2007

bosqueveneno

Primavera. Arañas de caramelo
gotean del ojo del jilguero
cuando alza el vuelo
sobre el Bosque Veneno.

Verano. La ardilla roba
un diente de loba
en la cueva,
y lo esconde en su boca
y lo lleva
a enterrarlo al pie de los sauces.
Cae la noche y el diente se abre
como un cuarto de cuarto creciente,
y brota en el bosque una flor de fauces
con dientes
hambrientos del cielo
del paladar de una ardilla.

Invierno.
Los cirros, cúmulos y estratos
visten el nido del sapo
con piel de cordero
y el sapo canta “balad, balad, extranjeros
de allende los charcos”.

Otoño. Culebras de mandarina
se trenzan y mudan de saliva
en las ramas del fuego.
Y el fuego, como un solar que camina,
arde ciego
en los pestañas de ceniza
del Bosque Veneno.


La insoportable levedad del presupuesto (cuento privado)

Mayo 5, 2007

Aunque su destinatario no lo leerá nunca, aquí va una pequeña venganza epistolar. (A los demás, perdonad esta broma privada.)

guionista

“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista. Está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de muy bajo presupuesto, con una sóla localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle. Así que decide utilizar esa angustia como fuente de terror y escribe la historia de Jota, un guionista que está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de bajo presupuesto, con una sola localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle, así que escribe la historia de Jota. Está trabajando en…
Entonces el productor va a visitar al guionista y lee lo que tiene escrito.”

“¿Qué cojones es esto?”, dice el productor.
“Metanarración”, responde Jota.
“Es un monte de mierda.”
“Querías algo barato, ¿no? ¿No te gusta? ¿De verdad no te da miedo?”
“¿Cómo coño va a darme miedo esto?”
“Pues debería.”
“¿Por qué?”
“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista.”


Yo no (Ortega y Moschino)

Abril 3, 2007

moschino

Decía mi profesor de filosofía lo mismo que decía Ortega: “yo soy yo y mi circunstancia, señores, y ahí queda eso”. Supongo que mi profesor y Ortega eran, en efecto, ellos mismos y su circunstancia.

Pero en la puerta del súper se ha sentado una mujer con los pies descalzos, cicatrices en los labios, el cuello timbrado de cardenales y la mano extendida hacia adelante como un by-pass, y viéndola me temo que ella no es ella. Es sólo circunstancia. Circunstancia descalza y malva. Fruta caída de la morera.

“¿Yo y mi circunstancia? Ay, hijo, eso tú. Yo no”, me dice ella con cara de circunstancias. Y ahí queda eso.

O sea que igual el yo es un lujo del confort, profesor. Como unos zapatos de Moschino para calzarse los pies.


Mi nombre es legión

Marzo 8, 2007

vaso

Estimados optimistas:

Me veo en el deber de informaros de que el vaso no sólo está medio vacío, sino que lo que falta me lo he bebido yo.

Atentamente:

G.


Guantanamo Bay limerick

Marzo 6, 2007

(El limerick es un género poético anglosajón de origen popular y muy utilizado por escritores infantiles. Un limerick debe constar de cinco versos de métrica estricta y rima en AABBA. El contenido suele ser la descripción de un personaje en clave de nonsense surrealista, aunque en algunas variantes el poema contiene, además de la descripción, un giro ingenioso al final.

Me encantan los limericks. Pruebo a hacer uno.)

guantanamo

El torturador usa fustas de espinas,
sogas, garrotes y vaselinas.
Pero el fin de semana,
con su amante, en su cama,
le gusta probar de su medicina.


Canción de terror: Sara Poseída

Febrero 27, 2007

(Para los que pedíais algo “perverso” con urgencia. Cómo sois, de verdad.)

satan

Sara era una chica aburrida,
sosa, triste y normal,
pero una noche fue poseída
por el mismísimo Satán.
Y desde aquel preciso instante
su vida se hizo alucinante.

Levitaba con soltura por encima de su cama
mientras desgarraba las costuras del pijama.

Hablaba en lenguas muertas, en latín y en arameo,
a sus compañeras y amigas del recreo.

Si en alguna ocasión encontraba un crucifijo
de inmediato entre sus piernas le daba cobijo,

y a su madre le decía con voz de lija:
“mira lo que hace la perra de tu hija.”

En la misa profería groseras herejías
que ponían en duda la virginidad de María.

Un cura intentó practicarle un exorcismo
y Sara vomitó sobre su catecismo.

Quemó las barbies y compró una tabla ouija,
que ella ya no era ninguna niña pija.

En clase de filosofía se desnudó:
“dios está muerto, ¿y usted, profesor?”

Y a los chicos de su clase, Sara les decía:
“¡quietos todos, la cerda es mía!”

Las yagas purulentas y los verdes esputos
se pusieron de moda en el instituto,

y ahora todas las chicas de secundaria
quieren que el Diablo las tome de becarias.

“Mamá, de mayor no seré bailarina;
yo, como Sara, quiero ser poseída.”


Cuento de terror: Una muñeca exclusiva

Febrero 23, 2007

(Este es un relato de terror para niños -siempre he creído que los cuentos de hadas son los más aterradores-, pero como por ahora no lo va a leer ningún niño, a ver si os gusta a vosotros).

muñeca2

Ana tenía una pequeña muñeca de trapo a la que llamaba Perla. Era una muñeca simple, incluso anodina, pues no había nada en ella que, a primera vista, llamara la atención. A Ana no le gustaba nada aquella muñeca, pero sus padres no tenían dinero parar comprarle otra, así que, muy a su pesar, tenía que jugar con Perla.
“La odio”, les decía a sus padres. “Es una muñeca vulgar y aburrida.”
Perla se sentía muy infeliz cuando oía aquellas palabras, pero quería tanto a su dueña que siempre la perdonaba. Se decía a sí misma: ‘seguro que algún día Ana también me querrá a mi; sólo tengo que esperar’.

Un día, Ana invitó a unas amigas a su casa y todas sacaron sus muñecas para jugar. Pero en cuanto vieron a Perla, las niñas se echaron a reír.
“¡Qué muñeca tan fea!”, dijo una. “Tiene una cara sosísima, y no tiene vestidos de noche exclusivos, ni un peinado exclusivo, ni unos zapatos exclusivos.”
“Es súper normal”, dijo otra. “O sea, ¡es casi anti fashion!”
“Por el amor de Dior”, dijo la tercera mirando a Ana, “qué horror tener una muñeca que no es exclusiva, ¿no?”

Ana estaba terriblemente avergonzada. Veía las muñecas de sus amigas, todas con sus ropas exclusivas, sus rizos exclusivos y sus complementos exclusivos… y, mientras, ella tenía que conformarse con Perla.
Estaba harta, así que, aquella misma noche, Ana se metió en la cama y esperó a que su madre acudiera a darle el beso de buenas noches para decirle:
“Mamá, ya no puedo más. Quiero que me compréis una muñeca nueva. Una que sea fashion y cool, como la de mis amigas. Una muñeca exclusiva.”
La madre de Ana la vio tan decidida que tuvo que ceder:
“De acuerdo, hija, buscaremos una de esas muñecas que dices.”

Al oír aquello, Perla se sumió en una tristeza de trapo. Se pasó toda la noche despierta pensando en qué sería de ella cuando Ana tuviera una nueva muñeca y se deshiciera de ella. Aunque Ana siempre la trataba con desprecio, Perla la adoraba. La quería con toda su felpa.
Y de pronto, cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, Perla tuvo una idea.
Caminó hasta el escritorio de Ana y se encaramó al panel de corcho en el que la niña colgaba sus dibujos.
‘Si quiere una muñeca exclusiva, tendrá una muñeca exclusiva’, se dijo.

Arrancó del corcho cinco chinchetas y las usó para hacerse… ¡piercings! Piercings en los labios, en las dos orejas y en las dos cejas. Cuando terminó, bajó del escritorio y fue a mirarse al espejo del ropero. Estaba satisfecha. Su aspecto era ahora absolutamente fashion. Absolutamente exclusivo.
Perla se acostó de nuevo en la cama e imaginó lo que sucedería a la mañana siguiente cuando Ana la viese. ¡Una muñeca con piercings!
‘Sin duda gritará de emoción al ver lo exclusiva que soy ahora’, se dijo la muñeca. ‘Y ya no pensará en deshacerse de mi. Tal vez incluso empiece a quererme. ¡Oh, eso sería fantástico!’

Pero lo que sucedió a la mañana siguiente fue algo para lo que ni siquiera Perla estaba preparada. Ana se despertó y, al abrir los ojos, no vio a su muñeca. Ni tampoco gritó de emoción. Porque Ana se había despertado muda, sorda de los dos oídos y ciega de los dos ojos.

Así fue como la niña descubrió que su muñeca siempre había sido la más exclusiva del mundo, pues era nada menos que una muñeca vudú. Y desde aquel día jamás se separó de ella. Es más, durante el resto de su vida trató a Perla con sumo cariño, mimándola como nadie había mimado nunca a una muñeca, porque sabía lo que podría pasarle si Perla sufría algún daño.

FIN


Cuento de terror: La Trama

Febrero 21, 2007

camisadefuerza“Jamás le he visto”, le dijo al psiquiatra, “pero sé que está ahí y que me utiliza. Me maneja a su antojo como si yo fuera una marioneta, y no puedo negarme a obedecerle. Todo lo que hago y lo que digo es cosa suya. ¡Todo!”
“Ponme algún ejemplo”, dijo el doctor.
“¿Ejemplos? Me duermo cuando él quiere que me duerma. Me despierto cuando él quiere que me despierte. Hablo cuando él quiere que hable.”
“¿Ahora mismo también, mientras hablas conmigo?”
“¡Sí! ¡En todo momento! Está dentro de mi cabeza, doctor. No, peor aún: está en todas partes. Porque no sólo se trata de mi. Lo hace con todos. Incluso con usted. Nos utiliza a todos.”
“Ahá.” El psiquiatra carraspeó. “Y ese hombre… ¿habla contigo? ¿Oyes su voz en tu cabeza?”
“No. Nunca se dirige a mí.”
“Entonces, ¿cómo se las arregla para imponerte lo que tienes que hacer y que decir?”
“Lo hace en absoluto silencio. Un silencio espantoso, doctor. No quiere que yo sepa que está ahí, pero yo lo sé. Sé que está ahí y que todo lo que me pasa forma parte de algo que… de algo que está tramando.”
El psiquiatra tomó algunas notas antes de continuar.
“¿Y qué es lo que trama ese hombre exactamente?”, preguntó.
“No estoy seguro, pero sea lo que sea, yo estoy justo en el medio.”
“Comprendo.”
El paciente sollozó.
“Ayúdeme, doctor, por favor.”
“Todo saldrá bien, no se preocupe.”
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide.

Esto sucedía mientras yo, en absoluto silencio, anotaba en el blog:
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide
.

FIN


Amar a Emma

Febrero 20, 2007

chicasobrenegro

Emma es una chica pálida y flaca,
las piernas huesudas como dos estacas.
Tiene una costumbre ciertamente sombría
pues colecciona libros sobre hechicerías.

Con un muñeco de trapo y unos alfileres
disfruta en su cuarto de privados placeres,
y sabe hacer cosas realmente pasmosas,
como tragarse gusanos y escupir mariposas.

Todos saben que Emma viste de luto,
incluso en las fiestas del instituto.
“¿Y quién se ha muerto?”, pregunta la gente.
“Aún nadie”, responde, “no seáis impacientes”.

De los dos chicos con los que ha salido
uno cayó enfermo con severos sarpullidos,
y el otro, el segundo, que osó darle un beso,
acabó con la lengua llena de abscesos.

A pesar de todo yo estoy enamorado
de sus ojos turbios y sus labios morados.
Le dije: “Emma, mi amor, te doy mi corazón.”
Repuso: “pónmelo en un frasco lleno de formol.”


Noche de carnaval

Febrero 18, 2007

(Aquí va un pequeño y brevísimo cuento de terror. Os deseo un buen carnaval, sobre todo a aquellos a los que os guste disfrazaros).

carnaval

La noche de carnaval salió con unas amigas, todas disfrazadas de apaches como una tribu, y juntas recorrieron los pubs del centro bebiendo agua de fuego y bailándole a las lluvias del porvenir.

Acabaron en un after hours. Eran las cuatro de la madrugada y la noche ya empezaba a ponerse espesa.
“Una más y me voy a casa”, dijo.
Fue a pedir la última copa y, mientras esperaba a que se la sirvieran, aquel chico se le acercó y se acodó en la barra junto a ella. Era muy guapo. Alto, moreno, y con unos ojos claros en los que era imposible no perderse, como un manglar en verde y miel.

Todo fue muy rápido. Charlaron susurrándose al oído con la excusa de que la música estaba demasiado alta, y en cuanto apuraron las copas que tenían en la mano salieron juntos del pub. Ella, ebria y apache, le agarró de la mano y le invitó a subir a su apartamento.

Fue allí cuando, espantada, descubrió que los colmillos postizos que él llevaba no eran postizos. Y que su disfraz de vampiro no era un disfraz.

“De hecho”, dijo él. “Esta es la única noche del año en la que no me tengo que disfrazar”.

Y se sumergió en su cuello de india.


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Desenlace)

Febrero 16, 2007

(Aquí está el desenlace de este cuento de terror macabro. Las dos partes anteriores están aquí: “Un nombre escrito en la pared (Parte 1ª)” y “Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª) .

manos

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello. Un chorro de sangre tibia le golpeó con fuerza en la cara y, acto seguido, Salgado cayó de rodillas bajo el dintel y se llevó las manos al cuello tratando de sacarse el cuchillo. Arturo se quedó inmóvil, hipnotizado por el braceo agonizante de Salgado. Al fin el hombrecillo logró agarrar el puñal y tiró de él con sus escasas fuerzas, pero lo único que logró fue que el corte se abriera de par en par. La sangre empezó a manar a borbotones y le inundó la garganta y la boca. Dio una última bocanada de aire y se desplomó.

Al verle muerto, Arturo salió del trance y reaccionó. Empujó el cadáver hacia el interior del piso, cerró la puerta y salió de allí a toda velocidad.
El camino de regreso fue confuso y agitado como un duermevela. Las calles, los coches aparcados y los carteles publicitarios parecían irreales. Atrezzo para un asesinato.

Cuando entró de nuevo en su casa, se precipitó al cuarto de baño para lavarse la sangre que aún tenía pegada a las manos y al rostro. Su expresión estaba desencajada de miedo, un miedo nuevo y que jamás había podido imaginar: miedo a sí mismo.
Arturo se enjabonó la cara con tanta fuerza que casi se hizo daño, y mientras se enjuagaba vio cómo el agua corría encarnada y culpable hacia el desagüe. Aquella imagen le estremeció, pero, al levantar la vista y mirarse en el espejo, su expresión de horror cambió por completo. Su mirada se calmó e incluso llegó a sonreír. Lo había logrado. El reflejo de Landesa ya no estaba allí, y el espejo le mostraba a él solo, libre por fin.

Salió del baño y recorrió la casa. Cuando comprobó que el nombre de Samuel Salgado había desparecido de todas las paredes, el asesino tuvo una vergonzosa sensación de alivio.

#

Una semana después de haber matado a Salgado, Arturo había retomado su rutina y había terminado de decorar la casa. El vacío catedralicio de la vivienda había dado paso a algo parecido a un hogar, una casa con nombre y apellidos.

Se sentía bien. No es que hubiera olvidado su crimen, pero, para su sorpresa, el recuerdo del asesinato empezaba a ser brumoso, como si su memoria quisiera perdonarle.

Aquella noche Arturo estaba sentado en el salón oyendo la radio. Sonaba el nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin cuando, de pronto, su móvil empezó a parpadear. Descolgó.
“¿Dígame?”
“Hola”, dijo una voz de hombre al otro lado. “¿Es usted Arturo Novoa?”
“Sí, soy yo.”
“Verá, no sé si esto tiene algún sentido para usted, pero hace poco que me mudé a la calle del Pez número 11 y…”
A Arturo se le cortó la respiración.
“¿Y qué?”, preguntó ansioso.

“Que ha aparecido su nombre escrito en mis paredes, señor Novoa.”

FIN


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª)

Febrero 15, 2007

cuchillo

(Esta es la segunda parte del cuento que comenzó aquí.)

“Mátalo”, insitió la voz.
Arturo se repitió a sí mismo que aquello no podía estar sucediendo. Desenchufó la radio dando un brusco tirón al cable y salió del salón a toda prisa. Pero lo que se encontró al otro lado de la puerta confirmó que aquello sí estaba sucediendo. Todas las paredes, absolutamente todas, mostraban el nombre de Samuel Salgado en enormes letras rojas. La casa había perdido aquel vacío solemne y blanquísimo y ahora parecía un cuerpo cuajado de llagas.

Aquella noche, Arturo tuvo que dormir con el nombre de Samuel Salgado goteando sobre el cabecero de su cama, y apenas pudo conciliar el sueño. La imagen adusta del abogado Landesa parecía intoxicar sus sueños como un veneno. A la mañana siguiente salió temprano de casa y se dirigió a una tienda de decoración.
“Quiero pintura blanca”, dijo al dependiente.
“¿Cuántos litros?”
“No lo sé. Muchos.”

Comenzando por el salón, Arturo se dispuso a pintar todas las paredes de la casa. Sus brochazos, crispados y nerviosos, fueron sepultando el insistente nombre de Samuel Salgado bajo una capa de pintura nívea y brillante.
Cuando por fin acabó de blanquear la última habitación estaba exhausto. Estaba cubierto de sudor mezclado con salpicaduras de pintura, así que se fue al baño para lavarse. Se agachó sobre el lavabo para enjuagarse el rostro, y cuando se incorporó de nuevo y se miró en el espejo, le vio. El abogado Tomás Landesa estaba allí, reflejado justo detrás de él, mirándole con severidad. Arturo sintió que el corazón se le atravesaba en la garganta. Muy despacio, como si temiera lo que estaba a punto de suceder, salió del baño y echó un vistazo al pasillo.

“No, por favor”, murmuró al ver que el nombre de Samuel Salgado había vuelto a aparecer escrito en rojo sobre la pintura blanca.

Las siguientes jornadas fueron un calvario para Arturo. De nada servía pintar los muros o incluso cubrirlos con papel o con telones. El nombre de Salgado volvía a brotar y sus letras goteaban como heridas abiertas tiñendo la casa de encarnado. Pero eso no era lo peor. No. Lo peor era que cada vez que Arturo se ponía frente a un espejo, un azulejo o un cristal, su reflejo aparecía acompañado por la imagen fantasmal de Landesa, siempre junto a él, mirándole fijamente con el ceño fruncido.

Después de dos semanas conviviendo con aquel horror, Arturo ya no pudo más y decidió ponerle fin. Se sentó en el sofá del salón, aquel sofá que ahora era como una isla en medio de un océano ulceroso, y enchufó el receptor de radio. Tras unos segundos de ásperas interferencias, lo escuchó.
“Mátalo”, murmuró la voz del abogado.
“Si lo mato”, susurró Arturo, “¿te irás?”
“Para siempre.”
Arturo tragó saliva.
“Será un asesinato”, balbuceó.
“No. Será justicia.”

#

No tardó mucho en localizar el paradero de Samuel Salgado. Vivía en la calle del Pez número 11, en un edificio de una sola planta. Sin vecinos.

Cuando cayó la noche, Arturo ocultó su rostro bajo una gorra, se puso unos guantes y, con un temor reverencial, metió un cuchillo en el bolsillo. Cuando se plantó ante el portal del número 11 de la Calle Pez vio ante sí un buzón con el nombre de Samuel Salgado. Al leerlo en letras de molde, tan terriblemente limpias, sintió que le sobrevenía una arcada. Sabía que lo que iba a hacer era un crimen injustificable, por mucho que el fantasma de Landesa lo viese como una ejecución. Pero también sabía que no se libraría del espectro hasta que no cumpliese su deseo.

El portal estaba entornado. Arturo franqueó la puerta y subió las escaleras muy despacio. Las piernas le temblaban y a punto estuvo de venirse abajo pero se recompuso y siguió adelante. Al llegar a la puerta del piso tomó aire y llamó con los nudillos. Tras los segundos más largos de su vida, la puerta se abrió y Arturo vio bajo el dintel a un hombrecillo grueso y bajito con los ojos saltones.
“¿Sí?”
“¿Eres…?”, a Arturo se le atragantaban las palabras. “¿Eres Samuel Salgado?”
“Sí”, respondió el otro con gesto extrañado.
“Vengo de parte de Tomás Landesa.”
El hombrecillo se quedó petrificado.

“¿Landesa? Por Dios… Esta pesadilla no se acabará nunca.”

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello.

(Continuará… en una tercera y última parte)


Cada mañana

Febrero 15, 2007

Como cada mañana se despertó preso del entusiasmo. ‘Tal vez hoy sea el día’, se dijo a sí mismo mientras saltaba de la cama de un brinco. ‘¡Sí! ¡Tal vez sea hoy!’ Y se lanzó apresuradamente por el pasillo como quien se lanza por el sendero de losas amarillas. Pero entonces entró en el baño, y una vez allí, frente al espejo, se acabó todo. Como cada mañana.

‘Mierda’, maldijo mientras escrutaba el reflejo de su rostro. ‘Joder… Sigo siendo yo.’


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared

Febrero 14, 2007

(Este es otro cuento macabro y gótico. Es una historia de venganzay de culpa.)

sangre

Era una casa amplia y de techos altos, imponente y vetusta, y al caminar por sus pasillos la madera del suelo crujía como los huesos venerables. De estilo colonial, todas sus puertas remataban en arco y sus paredes y molduras de escayola estaban pintadas de un blanco resplandeciente. Vacía como estaba, tenía un cierto aspecto clínico de pabellón de reposo. El agente inmobiliario carraspeó:
“Verá, debo advertirle que en esta casa se produjo un crimen.”
“¿Un crimen?”, preguntó Arturo con más calma de la que el agente esperaba.
“Sí, señor. Aquí vivía el abogado Tomás Landesa. Fue asesinado en este mismo salón.”
Arturo echó un vistazo a su alrededor.
“¿Quién lo mató?”
“No se sabe. La policía aún no ha encontrado al culpable y, la verdad, ya no creo que lo encuentren.” Volvió a carraspear. “Le digo esto porque hay gente que… rechaza el piso por ese motivo”.
“Pues yo no”, zanjó Arturo con resolución. “Nunca he sido supersticioso, y este piso es justo lo que estaba buscando. Me lo quedo.”
Tres días después había concluído la mudanza, aunque aún quedaban algunas cajas de libros desperdigadas por los pasillos. Arturo había instalado pocos muebles, y la casa aún conservaba sus aires de vacío solemne.

Aquella noche, Arturo leía sentado en el único sofá del salón, justo en el centro, como una isla en un océano enyesado. Una lámpara de pie iluminaba su lectura y un aparato de radio apoyado en el suelo le acompañaba con el sonido del Nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin. Arturo pasaba las páginas de un periódico. Se había hecho con un diario atrasado en el que se consignaba la muerte de Tomás Landesa en aquella misma casa, y la noticia le producía una mezcla de curiosidad y repulsión. En la foto que acompañaba el artículo, el abogado Landesa aparecía en una imagen de archivo con su rostro hirsuto, el pelo cano cuidadosamente peinado hacia atrás y unas lentes redondas y pasadas de moda. El titular indicaba que el asesino de Landesa se había ensañado con una brutalidad aterradora. El cadáver presentaba veintitrés puñaladas, y, según la policía las paredes del salón estaban teñidas de escarlata.

Arturo estudiaba con detenimiento la foto del rostro de Landesa cuando, de pronto, una corriente de aire atravesó la habitación y el periódico se erizó entre sus manos. Levantó la vista para comprobar si había alguna ventana abierta, pero sus ojos se desviaron de inmediato a la pared que tenía frente a él. No podía creer lo que veía. Sobre la pintura blanca habían aparecido dos palabras escritas con enormes letras encarnadas. Era un nombre.

“Samuel Salgado”.

Ocupaban la pared desde el techo hasta el suelo y goteaban como si la pintura aún estuviera fresca. Aunque lo cierto es que no parecía pintura.
Arturo sintió de nuevo aquella corriente de aire frío que le helaba la sangre y que parecía salir de ninguna parte, pues la puerta del salón y las ventanas estaban perfectamente cerradas.

“¿Hay alguien ahí?”, preguntó dirigiéndose al vacío.

El sonido de la radio vaciló un instante y el nocturno de Chopin dio paso a un sonido áspero y agudo de interferencias. Emergiendo de las profundidades eléctricas de aquellos ruidos, Arturo oyó una voz cavernosa.
“Necesito que me ayudes”, dijo un hombre entre jadeos, como si le costara hablar.
“¿Q-qué es esto? ¿Quién es?”
La radio volvió a crepitar.
“Búscale.”

La corriente de aire aumentó súbitamente de intensidad y una de las ventanas del salón se abrió de golpe. Arturo vio que en el cristal se reflejaban dos figuras. Una de ellas era él mismo, sentado en el sofá, lívido. La otra figura era la de un hombre que estaba de pie junto a él. Arturo miró de reojo a su derecha, pero no vio a nadie. Aquel hombre sólo aparecía en el cristal. Tenía el pelo blanco y gafas redondas, y no había duda de que se trataba del difunto Tomás Landesa. La imagen reflejada del abogado movió los labios, pero su voz no brotó de ellos, sino del receptor de radio. Y esta vez Arturo oyó sus palabras con absoluta claridad.
“Samuel Salgado es el hombre que me mató.”
“Esto no puede estar pasando”, dijo Arturo en voz alta, y negó con la cabeza como si quisiera exorcizar aquella pesadilla. “No es verdad.”

“Búscale”, crujió la voz a través de la radio. “Búscale… y mátalo.”

(Continúa aquí).


La soledad dental

Febrero 13, 2007

raton

Fue una revelación tan súbita como dolorosa. Cuando se le cayó un diente, el ratón Pérez se dio cuenta de que estaba solo.

(Y con aquella odontalgia existencial).


Las cuentas del conejo pardo (variación oscura sobre Beatrix Potter)

Febrero 12, 2007

Este fin de semana fui a ver Miss Potter y después leí varios cuentos de la biografiada, la escritora infantil Beatrix Potter. Aquella mujer era cursi, moralista (bienintencionada) y narrativamente pobre, pero desde luego tenía un mundo propio. Y me pregunté qué pasaría si me metiera en ese mundo suyo de conejitos y moralejas e hiciera un cuento… a mi modo. Vale. Aquí va:potter

Érase una vez un conejo pardo llamado Tristán que vivía en un bosque de pinos cercano a una granja. Tristán era profesor de matemáticas en la escuela del bosque, y entre sus vecinos tenía fama de ser terriblemente huraño. No es que tuviera mal carácter, sino que le gustaba la soledad y vivir a su aire, encerrado en su madriguera y haciendo complicados cálculos y ecuaciones.
“¿Cómo es que te gustan tanto los números?”, le preguntaban.
“Porque siempre puedo contar con ellos”, respondía.

Todos pensaban que era un conejo un poco raro, pero a Tristán no le importaba nada lo que los demás pudieran pensar de él, porque era un conejo feliz. O al menos lo era hasta que, aquella primavera, recibió una carta de su primo Algodón en la que le anunciaba que iría a verle para pasar juntos el verano. ¡Qué fastidio! Tristán no soportaba a su primo, al que apodaba El Imbécil. Y es que Algodón era todo lo contrario a él: era sociable, hablador y muy presumido, pero, sobre todo, era imbécil, y Tristán le aborrecía. Pero claro, tendría que aguantarlo porque, al fin y al cabo, eran parientes.

En cuanto Algodón llegó, perturbó la paz de la madriguera de Tristán y se dedicó a darle la tabarra:
“¡Vamos a la fiesta en el Roble Hueco, Tristán!”, gritaba con su voz chillona.
“No me apetece”, respondía Tristán mientras resolvía una ecuación.
“¡Pues vamos al lago a conocer conejitas!”
“Tampoco me apetece”, replicaba Tristán mientras despejaba una raíz cuadrada.
“Desde luego, primo Tristán, eres muy aburrido. ¡No me extraña que todo el mundo hable mal de ti! ¡Todo el día con esos estúpidos números! No entiendo cómo es que te gustan tanto.”
“Porque siempre puedo contar con ellos.”

Una mañana, Tristán se hartó de tener a su primo molestando en casa y salió de paseo con él. Atravesaron un estrecho camino por el bosque y llegaron a un terraplén que, para salvarlo, exigía que los dos se ayudaran a subir. Detrás estaba la carretera, y al otro lado la granja del Señor Ernesto, que tenía la mejor huerta que uno pudiera imaginar. Era el paraíso.
“¡Mira qué coles, Tristán! ¡Vamos a darnos un atracón!”
“Yo no voy”, dijo Tristán. “Cada día muere un conejo atropellado en esta carretera. Los números no fallan.”
“¡No seas cenizo! No pasa ningún coche.”

Decidido y hambriento, Algodón cruzó la carretera a toda velocidad y llegó al otro lado, a la huerta del Señor Ernesto.
“¡Vamos, Tristán, sígueme!”
“No pienso ir”, dijo Tristán, que seguía inmóvil al otro lado. “En esta carretera muere un conejo cada día.”
“¡Qué cobarde!”
Algodón volvió a cruzar la carretera y regresó junto a Tristán.
“¿Ves? No pasa nada. Vamos, cruza conmigo.”
Y de nuevo Algodón atravesó la pista de asfalto, pero al llegar a la huerta del Señor Ernesto se giró y se dio cuenta de que Tristán seguía sin moverse.
“¡Pero ven de una vez, primo Tristán!”
“No. No me atrevo.”
Y Algodón, desesperado, volvió a cruzar la carretera para ir a buscar de nuevo a su primo. Y entonces, BRUUUM, pasó un coche a toda velocidad y lo atropelló.

Fue entonces y sólo entonces cuando Tristán cruzó la carretera. Ya había un conejo muerto, y los números decían que no habría otro hasta el día siguiente. Caminando con mucha calma pasó junto al cadáver de El Imbécil, que había quedado reducido a un guiñapo de piel aplastada contra el asfalto. Silbando una alegre canción, llegó a la huerta del Señor Eernesto y se comió tres coles. Sólo tres, porque sabía que si se comía más, el Señor Ernesto lo notaría y pondría trampas contra conejos al borde de la carretera, con lo que el número de muertos aumentaría quizás a dos. Y Tristán no podía permitir que eso pasara, porque hasta aquel momento los números habían sido exactos: dos conejos para salvar el terraplén; el primero era atropellado y el segundo tenía tres coles… para él solito.

Tristán siempre había podido contar con los números. Y aunque esta vez sentía ciertos remordimientos por haber hecho cuentas con un pariente, el sabor de las coles lo compensaba todo.


Cuento de terror: El fabricante de ataúdes (Desenlace)

Febrero 9, 2007

Esta es la segunda parte, y última, del cuento que empezó aquí.

rio

Las dos noches siguientes, Luisito las pasó en vela. La pulmonía y las ganas de vivir le consumían por dentro, pero lo peor de todo era oír el murmullo de las oraciones que su madre rezaba en el salón. Sonaban a responso.
Además, por todo el pueblo corría ya el rumor de que el muerto sería él, Luisito, el niño que estaba siempre enfermo y con la muerte a mano.
“Mi más sentido pésame, señora Rosario”, le decían los vecinos a su madre. “Dígale al muerto que lo sentimos mucho.”
“De su parte.”
Nadie creía que el muerto pudiera ser Alberto, y muchos vecinos fueron a visitarle y a decirle que no se preocupara, que hay vivos que miden uno cuarenta y dos y que aquello era una mala coincidencia.

A Luisito, en cambio, no lo visitaba nadie porque da mal fario charlar con difuntos. Mejor. Así podía estar solo y pensar. Elaborar su plan.
Por fin, a la tercera noche llegó el momento. Por el valle soplaba un viento arisco y furioso, y hacía tanto frío que los cuervos se congregaban en las chimeneas para no morir congelados.
Lusisito esperó a que su madre se durmiera entre padrenuestros y, a eso de la una y media, salió de casa. Sólo llevaba puesto unos vaqueros y una camiseta, y tuvo que apretar los dientes con fuerza para que el frío no lo derribara.

Nada iba a detenerle. Cruzó el puente y se encaminó hacia la casa de Alberto. Era un edificio de dos plantas pintado de blanco y rodeado por un pequeño jardín de rosas que la señora Carmen mantenía siempre pulcro y bien cuidado. Las luces de la casa estaban apagadas. Todos dormían.
Luisito se apoyó en la verja que rodeaba el jardín y lanzó un silbido de llamada. Al poco, se encendió una luz en una de las ventanas de la primera planta y Alberto se asomó.
“Luis”, susurró mientras abría las contras. “Pero ¿qué haces ahí?”
“He venido a darte el pésame, Alberto.”
“¿Cómo que el pésame?”
“Mi pulmonía se ha curado por completo. ¿No me ves? En mi vida había estado tan sano. Así que supongo que tendrás que ser tú el que ocupe el ataúd.”
“Pero… Si estabas muy enfermo.”
“Y lo estaba. A punto de morir. Pero tuve una idea. Se me ocurrió cómo engañar al carpintero.”
“No puede ser”, dijo Alberto frunciendo el ceño. “Nadie puede engañar al carpintero”.
“Pues yo lo he hecho.” Luisito le saludó con la mano a modo de despedida piadosa. “Adiós, Alberto.”
Y echó a andar de nuevo hacia su casa. Cuando estaba cruzando el puente, oyó a lo lejos unos pasos que se aproximaban a toda velocidad hacia él. Respiró hondo y se volvió. Era Alberto, que llegaba corriendo y enfundado en una gruesa chaqueta de lana. Se detuvo ante Luisito y se apoyó sobre las rodillas mientras recuperaba el aliento.
“Dime la manera, por favor”, resoplaba. “Dime cómo engañar al capintero.”
Luisito se apoyó en la barandilla del puente. Por debajo, el río rugía erizado de espuma.
“No sé si decírtelo, la verdad.”
“Por favor, Luis”, suplicó. “Por favor”
“De acuerdo”, dijo Luisito. “Te diré cómo se hace.”
Y con un rápido movimiento estrelló un puñetazo en el rostro de Alberto. El golpe le dejó aturdido un segundo, lo suficiente para que Luisisto lo agarrara por la chaqueta y lo arrastrara por encima de la baranda. Necesitó de todas sus fuerzas, que eran escasas, para hacerle vencer el pasamanos y precipitarlo al vacío. Pero Alberto estiró los brazos justo a tiempo y logró agarrarse a la barandilla. Su cuerpo quedó colgando como un péndulo sobre las blancas fauces del río.
“¡Luis! ¡Por favor, no!”
“¿No querías saber cómo engañar al carpintero?”, dijo Luisito entre toses. “Pues se hace así.”
Y golpeó los nudillos de Alberto con todas sus fuerzas. Los mordió. Los arañó. Pero no se soltaba. Desesperado, miró a su alrededor y buscó un trozo suelto del adoquinado del puente. Lo sujetó con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza.
“Lo siento, Alberto. Es la única forma. No voy a esperar a que la muerte decida. Decido yo.”

Luisito estrelló el adoquín sobre las manos de Alberto. Pudo oír el crujido de sus dedos al romperse contra la baranda, seguido de un espantoso grito de dolor. El cuerpo de Alberto se desplomó y agua gélida del río se lo tragó de inmediato. Cuando salió a la superficie trató de bracear, pero era inútil. La corriente le arrastraría sin remedio y acabaría por escupirle en alguna orilla. Muerto.

Luisito regresó tiritando y abrazado a sí mismo para combatir el frío. Todos los fríos.

Cuando llegó al portal de su casa vio que enfrente, en la carpintería de Jorge, había luz. Se acercó despacio y echó un vistazo a través de la puerta, que estaba ligeramente entornada. El carpintero estaba rematando el ataúd de Alberto, y cuando le dio la última mano de barniz alzó la vista y vio al niño en la puerta.
“Pasa, Luis. No se puede andar por ahí con una pulmonía. Vas a ponerte aún peor.”
Había una estufa encendida junto a la mesa de trabajo y Luisito se acercó para calentarse. Temblaba y tosía sin parar.
“¿Tienes miedo a morir?”, preguntó el carpintero.
“Ese no es el mío”, repuso el niño señalando el ataúd con la mirada. “Sé que no es el mío.”
“¡Vaya! Es curioso que estás tan seguro de eso.”
“Lo estoy. ¿Sabe por qué?” Luisito le miró desafiante. “Porque le he engañado. Yo tenía que haber acabado en esa caja, pero ya no va a ser así. Ya no es mi ataúd.”
“Nunca lo fue”, dijo el carpintero. “Este siempre ha sido el ataúd de Alberto.”
“No intente mentirme. Era para mi.”
“No te miento, Luis.”
Jorge resopló y se secó el sudor de la frente.
“Esta va a ser una noche de mucho trabajo”, dijo. “Tengo que hacer otro ataúd antes del amanacer.”

El carpintero tomó un tablón, lo puso sobre su mesa de trabajo y lo cortó sin medirlo, como hacía siempre.

“¿Sabes, Luis? Apostaría mi vida a que mide uno cuarenta y dos.”

El rostro de Luisito se desencajó. Quiso decir algo, pero no pudo. La tos le impedía hablar.


Cuento de terror: Calabazas

Febrero 8, 2007

(Un cuento macabro, y esta vez no hay “continuará”. Empieza y acaba aquí.)

calabazas

Raúl llegó a casa cuando ya había anochecido. Entró en la cocina y al encender la luz vio un post it pegado al microondas que decía:

TE HE DEJADO LA CENA PREPARADA. TRES MINUTOS.

Giró el temporizador del horno hasta que señaló tres minutos y fue al baño a lavarse las manos. Mientras se enjabonaba se miró en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, le gustó lo que vio. Su rostro había recuperado la luminosidad perdida durante años de horarios, sábanas limpias y que pases un buen día. Ahora, a sus cuarenta y muchos, estaba más joven que nunca. De pronto pensó que tal vez aquella mejoría se le notara demasiado. ‘Bueno’, se dijo, ‘da igual, porque esto se acabó’.
Cuando se estaba secando las manos sonó su móvil.
“¿Sí?”
“Hola, cariño”, dijo ella al otro lado.
“Te he dicho que no me llames.”
“Ya. Pero Laura está de viaje, ¿no?”
“Sí, pero es igual.”
“Sólo llamaba para decirte que te quiero y que me ha encantado pasar todo un día contigo.”
“A mi también, mi amor.”
“¿Vas a hablar con Laura?”
“Sí.”
“¿Cuándo?”
“Cuando vuelva de su viaje. Le diré que quiero el divorcio. Esta situación ya no tiene el menor sentido y voy a ponerle fin de una vez.”
“Te quiero.”
“Y yo a ti.”

Raúl regresó a la cocina, abrió el microondas y sacó de su interior el plato de crema de calabaza que su mujer le había preparado. Cenó frente al televisor viendo un resumen de los partidos de la jornada mientras pensaba en cuál sería la mejor manera de afrontar el tema con Laura. Pero cuando ya estaba casi acabando el plato, la cuchara hizo un ruido extraño contra la porcelana. Había algo adherido al fondo, bajo la sopa. Extrañado, descubrió que se trataba de una pequeña funda de plástico fijada con papel celo. La despegó, la limpió con una servilleta y la abrió. Dentro había un papel doblado en varios pliegues. Una carta de Laura.

Querido Raúl:
Sé que me has mentido. Que me engañas. No importa cómo lo sé y no voy a cometer la bajeza de entrar en los detalles. Sólo quiero que sepas que lo que acabas de cenar era una sopa hecha con calabazas hervidas, cebolla, ajo y un coagulante sanguíneo.

Raúl sintió un escalofrío de horror y se levantó de la silla en un acto reflejo, pero al hacerlo notó los primeros efectos del coagulante que corría ya por sus venas. La sangre comenzaba a espesarse y los músculos no le respondían como debieran.

Sus ojos regresaron a la carta.

No voy a mentirte, Raúl: no morirás rápido. Puedes pedir ayuda, desde luego, pero no llegará a tiempo. Sí, ya sé que he dejado pruebas de mi culpabilidad. No creo que la policía consiga encontrarme, pero si lo hacen me dará igual. No podía aguantar más esta situación y necesitaba ponerle fin de una vez. Laura.

Raúl pensó rápido. Sabía que el dolor iría en aumento y no quería sufrir. Laura tenía razón: la ayuda no llegaría a tiempo y sólo prolongaría su agonía, así que no tenía sentido intentarlo. El dolor le daba más miedo que la muerte, siempre había sido así, y tuvo que asumir la certeza de que le dolería mucho y que aquel dolor conduciría inevitablemente a la muerte. No había tiempo que perder. Raúl se encaminó hacia su dormitorio lentamente, pero no porque no tuviera prisa, sino porque cada paso era un esfuerzo gigantesco, como si tuviera cemento secándose en las entrañas. Aún así logró llegar al armario de su cuarto, lo abrió y cogió una escopeta de caza de doble cañón. Parecía pesar diez toneladas. Cargó el arma con una lentitud exasperante, se puso de rodillas en el suelo y consiguió meterse el cañón en la boca.

Cuando iba a apretar el gatillo, ya no pudo moverse. Sus músculos se habían colapsado y se había quedado totalmente inmóvil. Tenía el dedo sobre el gatillo, pero era incapaz de pulsarlo.

Tendría que esperar allí, con la escopeta en la boca, a que el coagulante fuese apagando sus pulmones y le matase en una asfixia larga y dolorosa. Cerró los ojos. Lo único que quería era ponerle fin de una vez. Pero no iba a ser posible.


Contar hasta diez: diez cuentos

Febrero 8, 2007

Aquí van diez cuentos de una frase y rimados. Es un homenaje ínfimo a mi admirado Edward Gorey. Os lo recomiendo. Esta ilustración es suya:

gorey

 

1
Uno abrió viejas heridas metido en su bañera.
2
Dos cayeron en el saco desde lo alto de una higuera.
3
Tres se repartieron los lados de la cama.
4
Cuatro presos le entregaron sus llaves al ama.
5
Cinco hicieron turnos ante una cerradura.
6
Seis vírgenes y un cristo en el convento de clausura.
7
Siete olvidan lo que han visto por siete monedas.
8
Ocho salieron a meterse en vereda.
9
Nueve se escondieron dentro de ocho armarios.
10
Diez fotos recibió la mujer del comisario.


Cuento de terror: El fabricante de ataúdes

Febrero 6, 2007

ataud

Todos en el pueblo sabía que Luisito era en un niño enfermizo y a nadie le sorprendía que llevara una semana recluído en su casa. Había pasado por innumerables gripes, fiebres y bronquitis, y era casi más habitual verle enfermo que verle sano. Tantos días de cama y sopas de pollo le habían dejado pálido como la cera y tan flaco que, si uno le miraba, veía más bien un resumen de Luisito. Los médicos le habían dicho que para curarse debía irse a vivir lejos, a un clima mejor. El pueblo donde vivía Luisito estaba encajado en un valle donde llovía 40 semanas al año y, además, tenía un río que lo cruzaba por el medio como una puñalada de humedad. El pueblo donde vivía Luisito era un hoyo de musgos vehementes y huesos calados.

Aquella semana el niño estaba pasando por su cuarta pulmonía -cada vez eran más serias- y no tenía más remedio que quedarse encerrado en su cuarto dando de comer a los peces de colores y los reptiles exóticos que su padre, marino mercante, le traía de sus viajes de ultramar.

Luisito odiaba quedarse en su cuarto. Odiaba la fiebre y los escalofríos, los dolores en las rodillas y aquella tos que parecía que iba a arrancarle el resuello. No soportaba estar enfermo y le asqueaba verse tan débil y tan flaco. Lo único que podía hacer era cuidar de sus bichos y, después, sentarse junto a la ventana de su cuarto y mirar la calle. Pero las vistas del otro lado no eran precisamente agradables. Más bien al contrario. Eran aterradoras.

A través de la ventana de Luisito se veía la carpintería de Jorge, un taller pequeño y lleno de serrín sin barrer. A primera vista podría parecer una carpintería vulgar, pero lo cierto es que en su interior era un lugar único, porque allí no se hacían sillas, mesas o armarios; ni siquiera reparaciones de cajones o estanterías. No. Jorge sólo fabricaba ataúdes, y todos en el pueblo sabían que, además de hacerlos, ayudaba a llenarlos, pues aquel carpintero era la mano izquierda de la muerte.

A Jorge se le solía ver sentado a la puerta de su negocio, tomando el fresco con un vaso de té negro en la mano. Y los vecinos pasaban ante su puerta y se hacían cruces al saludarle:
“Buenos días, Jorge. Dios quiera que no tengas trabajo hoy.”
Pero aquella mañana, a las doce y cinco, mientras Luisito le miraba desde su ventana, Jorge se levantó de la silla y se metió en su carpintería a hacer un ataúd. Todo el valle se estremeció.
“¡El carpintero está trabajando!”, gritó alguien. Y los vecinos dejaron sus tareas y corrieron a reunirse ante la puerta de la carpintería para observar el fúnebre ceremonial que se celebraba dentro. Sucedió lo que sucedía siempre. El fabricante de ataúdes se colocó ante su mesa de trabajo, tomó un tablón y lo cortó. Sin medir el corte. De hecho, nunca lo hacía. Jorge serraba sin metro y siempre acertaba en la medida. Si el tablón le salía de metro ochenta, entonces el siguiente muerto habría de medir metro ochenta para encajar en el féretro. Así eran las cosas en el pueblo: primero era el ataúd y después el muerto, porque cuando el fabricante de ataúdes daba su último brochazo de barniz a la caja… el muerto moría para ocuparla. Jamás había sido de otra forma.

Cuando Jorge terminó de cortar la tabla, los vecinos aguantaron la respiración.
“Es muy pequeño”, dijo alguien al ver el madero. “Parece el ataúd de un niño.”
La señora Rosario, recia y curtida como un barco de pesca, se santiguó con sus dedos regordetes:
“Por Dios, Jorge, dinos cuánto mide.”
Y el fabricante de ataúdes sacó su metro de carpintero y medió el tablón que acaba de cortar.
“Uno cuarenta y dos”, anunció a los presentes. “El muerto mide uno cuarenta y dos.”

La señora Rosario se echó las manos al pecho y se giró hacia la ventana de Luisito. De su hijo Luisito.
“¡Uno cuarente y dos!”, gritó Rosario entre sollozos. “¡Ay, Dios, que mi pobre niño mide una cuarenta y dos! ¡La pulmonía se lo lleva por delante!”
Y todo el pueblo se giró hacia la ventana de Luisito, que había oído los gritos de su madre y se había quedado lívido de pánico. El niño les miraba a todos desde detrás del cristal, como un espectro. Quiso llorar, romper la ventana, gritar a todos no, no quiero morirme, decidle que corte otro madero. Pero se quedó inmóvil, en silencio. Su madre, en cambio, lloraba ante la carpintería y alzaba sus manos al cielo mientras el cortejo vecinal arropaba su dolor con alivios. Y entonces todos lo oyeron. Era un llanto igual de desconsolado que el de Rosario.
“¡Mi Alberto!”, se lamentaba la señora Carmen, una mujer menuda enfundada en un abrigo marrón. “¡Mi Alberto también mide uno cuarenta y dos!”
De rodillas ante la puerta de la carpintería, Carmen estrujaba a su hijo entre sus brazos mientras el niño tiritaba de miedo. La señora Rosario dejó de llorar. Se acercó a Carmen muy despacio y le puso la mano en el hombro.
“Vamos a rezar juntas, Carmen.”
“Ay, Rosario, que uno de los niños se nos va.”
Las dos mujeres se abrazaron como dos boxeadores y allí mismo, a la puerta de la carpintería, empezaron a musitar un padrenuestro acompañadas por los vecinos. En medio de aquel funeral por adelantado, el pequeño Alberto alzó la vista hacia la ventana de Luisito y los dos niños cruzaron sus ojos.

Luisito parecía más vivo que antes, como si el color le hubiera vuelto al rostro. Tal vez fuera porque había cerrado los puños y los apretaba con fuerza, casi con rabia. En murmullos rezaba su propia plegaria tras la ventana. Una plegaria en la que decía que estaba harto, que se había pasado media vida encamando fiebres, media vida perdida en seguir viviendo, y que todo aquel dolor tenía que haber servido para algo.

La plegaria de Luisito decía que él no iba a morirse todavía, y que cuando aquel ataúd estuviese terminado lo ocuparía Alberto. Fuese como fuese.

(Continuará)