Now we have a problem in making our power credible, and Vietnam is the place.
John F. Kennedy
El marine echó a andar guiándose por la posición del sol para regresar a su campamento. Apenas podía caminar. Estaba exhausto después de haber permanecido despierto toda la noche, oculto entre la hierba y atento a cualquier ruido que pudiera indicar la presencia de algún vietcong. Todo su pelotón había sido eliminado. Era el último. El único superviviente.
Caminaba entre la hierba, largas hojas de hierba, y la colina era el lomo de un erizo mecido por el viento, aquella vegetación vehemente como los gritos de los vietcongs, igual de intimidatoria y feroz. A cada paso giraba la cabeza, observando si un matorral se movía o si se deslizaba una sombra. Pero nada. No le seguían. Sin duda los vietcong pensaban que no quedaba ninguno vivo y habían vuelto a esfumarse en la selva como fantasmas.
La selva. ‘Su selva’, pensó el marine. ‘Esta es su casa. No se puede pelear contra alguien que pelea en su casa y por su casa. Y la mía está en Haight-Ashbury, San Francisco, demasiado lejos de esta selva’. El aire era húmedo y pesado como el vaho de una pantera. Había visto muchas panteras allí. Y un rinoceronte. Y mariposas, sobre todo mariposas, grandes como manos al viento.
De pronto, un ruido. El marine se volvió de un salto y empuñó su fusil. Le temblaban los brazos por la falta de sueño y de alimento. Barrió la colina con la mirada y entonces vio, a unos veinte metros de él, a una niña vietnamita. Le miraba. ¿Cómo es que no la había oído acercarse? Estaba casi oculta entre la hierba, que le llegaba hasta los hombros. No debía tener más de siete u ocho años.
El marine miró alrededor para comprobar si había alguien más, pero no vio a nadie. La niña estaba sola. Se acercó a ella muy despacio y, cuando estuvo a su altura, la pequeña extendió su mano hacia el soldado ofreciéndole un mango. Se miraron a los ojos. La niña lloraba en silencio, y por un momento el marine creyó ver una tregua en aquellas pupilas encharcadas, un callejón a San Francisco entre la selva. Sonrió, asintió con la cabeza y cogió el mango. La niña dejó de llorar y le devolvió esa sonrisa tenue de los huérfanos, con los labios cuarteados y las mejillas terrosas. El soldado le acarició el pelo y se dijo a sí mismo que aquello resumía la guerra, él sin pelotón y la niña sin nadie, solos los dos en mitad de un infierno hermosísimo y hablándose con el hambre.
El soldado se llevó la fruta a la boca y la mordió.
Fue como si un nido de escorpiones en llamas se revolviera en su garganta. No pudo dar un segundo mordisco, pero con el primero había sido suficiente. Apartó el mango de la boca y lo miró. Estaba manchado de sangre, y en en el hueco que había dejando sus dientes podían distinguirse cientos de pequeños pedazos de cristal que habían sido incrustados en el interior de la fruta con cuidadosa paciencia.
La niña empezó a chillar, de nuevo aquellos chillidos de selva inhóspita y áspera. Le gritaba con rabia, con odio, pero también con una violenta satisfacción.
El soldado dejó caer el mango al suelo. Su boca y su garganta manaban sangre a borbotones, sangre roja de rojo vietcong, y sintió que sus piernas flaqueaban. Hizo el ademán de llevarse los dedos a la boca para arrancarse los cristales clavados, pero se dio cuenta de que era inútil. Cualquier leve movimiento hacía que el dolor aumentara hasta lo insoportable.
La niña se alejó corriendo, celebrando a gritos su triunfo. El soldado aún podía distinguirla colina abajo y levantó el fusil para abrir fuego contra la pequeña, pero ya no tenía fuerzas ni para sostener el arma, que cayó a sus pies junto al mango.
La niña se desvaneció entre la hierba y el calor.
En un último esfuerzo, el marine inclinó su cabeza hacia adelante para evitar atragantarse con su propia sangre. Los ojos fijos en el suelo, en las verdes hojas de hierba ahora salpicadas por aquellas gotas escarlata que caían premiosas y espesas de sus labios.
Se quedó allí. Tan lejos de San Francisco. Resumiendo la guerra.
FIN
Banda sonora para después del relato:


Septiembre 18, 2007 a las 12:37 pm |
Gran relato. Es ud. todo un entertainer, con música y todo para contextualizar.
Septiembre 18, 2007 a las 1:11 pm |
Uf qué horror, qué desagradable…
Se echaban de menos tus relatos que me dejaban descompuesta.
un besazo de fresas!
Septiembre 18, 2007 a las 2:37 pm |
Ummmm! ya debes de tener menos trabajo, eh!! Dios mio, que relato!! pues suenan tambores de Guerra hacia Irán….! Nunca aprenderemos?
Bezos.
Septiembre 18, 2007 a las 2:42 pm |
MOZODEALMACÉN, gracias. La música son los “créditos finales”… un defecto laboral.
SCRY, sí, es desagradable… Aunque al menos el soldado tuvo unos segundos de paz cuando vio a la niña.
IAGO, no, no es que tenga más tiempo, pero bueno. Y no, no aprendemos nunca porque en realidad ya no hay nada que aprender. Como las guerras son más económicas que otra cosa, pues hala, según vaya la bolsa se ataca o no. (Más o menos).
Septiembre 18, 2007 a las 4:59 pm |
Uff…
Se me ha acelerado el pulso.
Qué pena…
Septiembre 18, 2007 a las 5:04 pm |
¡¡¡¡¡Yuuuuuuuhuuu!!!!!!
Volviendo con fuerza.
Al leer tu relato, más o menos por la mitad imaginaba otra historia, si me das permiso, te la versiono, con la condición de que después seas sincero con el dictamen.
Aguanto cualquier crítica, te quemo el blog si no me gusta, pero la aguanto. Jejeje
PD. Que sí Iago, que tú ya lo sabías, pero has perdido la buena costumbre de avisarme y eso es dejadez en las funciones de padrino.
Septiembre 18, 2007 a las 8:32 pm |
Buenísimo tu relato. Los echaba mucho de menos.
Septiembre 18, 2007 a las 10:07 pm |
jo
nos a dao peniya el soldado. i miedo la ninya. cuando las maldades las acen ninyos hes como que da mas miedo. no?
vesis, grampus, i grazias por dedicarnos ratos de tu (escaso) tiempo livre. heres un sol!!!
Septiembre 18, 2007 a las 10:22 pm |
TAMARUCA, espero que lo que te dé pena sea el soldado del cuento y no que se te haya acelerado el pulso.
VÍBORA, me da un poco de miedo tu sugerencia, porque en realidad el comienzo del cuento está escrito así para este final. Pero déjame pensarlo… siempre es interesante jugar a estas cosas.
MARMOTA, muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado.
RUVIS, jo, no habléis de mi como si fuera un ministro. Si además yo me lo paso pipa con esto. (Y soles sois vosotras).
Ah, que sí, que cuando las maldades las hacen los niños dan más miedo, más que nada porque es muy desesperanzador. Conste que las niñas y niños vietnamitas HACÍAN estas cosas.
Septiembre 19, 2007 a las 12:41 pm |
¡Cómo extrañaba tus cuentos!
Que niña más cruel. . .aunque la comprendo.
Septiembre 19, 2007 a las 2:16 pm |
Redondo! Gran cuento y con música para el final!! Lástima que éste no sea del todo producto de tu imaginación.
Se celebra el regreso.
Septiembre 19, 2007 a las 4:23 pm |
Tristana y yo no podemos decir que nos ponemos en la piel del marine yanki ni en la de la niña del vietcong.
No nos creemos lo que nos venden como empatía desde los manuales de gran consumo.
El relato es precioso, bello, tristemente bello.
Septiembre 19, 2007 a las 4:42 pm |
¿Quién da miedo: la niña o los que crearon las circunstancias para que una niña llegue a hacer algo así?
Septiembre 19, 2007 a las 5:21 pm |
MNA, es natural comprenderla. La han invadido. Lo que pasa es que el punto de vista del relato es el del invasor. (Que tampoco lo es, porque no quiere estar allí).
ALE, gracias, y tienes razón, no es del todo producto de la imaginación.
IMMANAROVA, yo, de ponerme en la piel de alguien aquí, me pondría en la de la niña. Por eso escribí poniéndome en la piel del otro. ¿Hay manuales de gran consumo sobre empatías? Tengo que conseguir uno…
VÍBORA, los que dan miedo son los de las circunstancias. Siempre. Porque además, cuando acaban estas cosas ellos permanecen limpitos, sin rastro de sangre ni de tierra en las uñas.
Al fin y al cabo, el soldado cumple órdenes.
Septiembre 19, 2007 a las 6:23 pm |
Me da más pena la niña sin corazón.
Septiembre 20, 2007 a las 7:06 am |
Creo que sería más exacto el corazón de la niña,¿no?
Septiembre 20, 2007 a las 7:09 am |
¡Ah!, los manuales de empatía los reparten en lo que llaman estudios de Trabajo Social en las universidades.
Septiembre 21, 2007 a las 9:20 am |
¡Oh, por favor, cuanto añoraba tus relatos! Gracias por volver a regalarnos tu tiempo y tu ingenio. Maravilloso final con la música.
Septiembre 21, 2007 a las 8:39 pm |
Pena por la niña y el soldado.
Miedo los de las manos limpias.
Septiembre 26, 2007 a las 7:50 am |
Buah Grampus, impresionante!!
Me ha encantado!!
Como me alegro de volver a leerte!!
A mi la canción q se me queda en la cabeza es Sweet Home Alabama:
http://www.youtube.com/watch?v=huLklsj_5HI
Saludos!!
Octubre 15, 2007 a las 9:22 am |
Un gran cuento que nos demuestra lo cruel que puede ser la guerra, ese monstruo que hace que aflore la bestia que todos llevamos dentro nos guste admitir o no.
Por desgracia ahora mismo Africa esta llena de niños soldado..pero claro esas guerras no interesan a nadie y como no salen en Tv es como si no existieran
Abril 4, 2008 a las 8:41 am |
Necesito saber que pasa contigo. ¿Porqué no escribes? Lo necesito.
Octubre 5, 2008 a las 11:35 pm |
thats it, man
Septiembre 3, 2009 a las 5:23 am |
Buena tensión, final epifánico y profundidad humana. Excelente cuento.