No soy yo muy de nacionalismos, que me dan claustrofobia política y además no soporto ese olor a cerrado que despiden, esa humedad de casa histórica. Pero no deja de ser curioso que cuando se habla de nacionalismos se hable del catalán, del vasco y del gallego, y se olvide el cuarto nacionalismo: el nacionalismo español. Ese que se camufla bajo una niebla apriorística que obliga a asumir España como una nación única porque sí, porque de Isabel y Fernando el espíritu impera y porque relincha Babieca. Cuando, en realidad, podemos sentarnos a hablar y decidir que España es un estado plurinacional, o una federación, o un arreglo estatutario que alivie escozores seculares. Y que Castilla es ancha pero no tanto.
Por eso creo que el nacionalismo español, o españolismo, es especialmente tóxico y pernicioso. Al dar por sentada esa España Una, que más que por sentada parece que la dan por atornillada a una silla, cualquiera que quiera levantarse parece desestabilizador y balcanizador, aquella palabra que dijo Aznar y que, a pesar de ser bastante malodramática, fue de lo más agudo que dijo nunca.
Dicho esto, también creo que la decisión territorial debería ocupar un tiempo prudencial y limitado de la vida política, que más bien tendría que centrarse en cosas como el precio de la vivienda o el programa escolar, por ejemplo, que se nos acumulan las banderas, señora, y no nos dejan ver el bosque.
Escrito por Grampus 