Lecciones de puesta en escena: caso 1

Junio 1, 2007

En el caso de “mise en scene” que vamos a ver a continuación, el actor se enfrenta al mayor desafío escénico posible: no hay escenario. Se encuentra solo ante un fondo blanco que no conforma espacio alguno.

Cuenta, para su interpretación, con tres únicos elementos: una canción popular, un bastón en su mano izquierda y la compañía de tres corifeos mudos. Todo depende, por tanto, de la interpretación del actor, que será obligatoriamente minimalista de recursos pero que, sin embargo, debe ofrecer un resultado necesariamente espectacular. Es decir, debe convertir sus limitaciones en ventajas.

El actor resuelve este dilema escénico “llenando” su escenario vacío con sus propios movimientos. Donde no existe un espacio dramático, él lo crea con su gestualidad, estableciendo un marco imaginario que el actor delimita con su devenir escénico. Sabiendose filmado, el actor calcula el tamaño del plano y en ningún momento se sale de cuadro, creando así una diláctica entre su actuación, el no-espacio y la cámara. Incluso salva los titubeos del realizador, que es equivoca en varias ocasiones, y logra no perder jamás la referencia de cámara.

Poco a poco, en un crescendo calculado (aunque no lo parezca) el actor genera su propio escenario con una propuesta tan atrevida como eficaz: elabora un decorado a partir de la imaginaria “cuarta pared” que le separa del espectador. Así, cámaras y tramoyistas devienen elementos que el actor integra no sólo en la acción, sino en el no-espacio, que se transforma así en decorado humano. Esa propuesta es al mismo tiempo constructiva y deconstructiva, ya que, para elaborar la escena, debe dinamitar la barrera que la separa del público.

El actor pone en práctica además un compelejo ejercicio de ritmo. Con la canción como único texto, utiliza las pausas interversales de la métrica para establecer la cadencia, veladamente orgánica, de la secuencia de sus movimientos. Acompañado de los tres corifeos iniciales y de los elementos del backstage que se incorporan al escenario, el actor dirige la puesta en escena “in situ”, desde el interior de la misma, siendo al tiempo intérprete y director.

Para terminar, es necesario resaltar el desafío diafragmático que supone cantar mientras se está en constante movimiento. Además, el actor realiza una perfecta imitación de un acento lingüístico foráneo y exhibe un poderoso derroche vocal.