Cuento macabro: Corpus Pluvia (Desenlace)

Mayo 24, 2007

La primera parte del cuento está aquí: Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª).

baño de sangre

Lo primero que hizo Bruno fue serrar los brazos del cadáver a la altura de los hombros; después las piernas -por las rodillas y los tobillos- y, finalmente, serró el cuello. Los huesos eran mucho más duros de lo que había supuesto. Incluso rompió una sierra y tuvo que regresar al sótano a buscar otra.

Pero esa no fue la única dificultad que Bruno tuvo que salvar. El cuerpo de Matías estaba aún caliente y eso hacía que su sangre manara a borbotones durante el despiece. Litros y litros se acumulaban en la bañera y, poco a poco, aquella sangre se iba secando y convirtiéndose en un engrudo denso y pegajoso que taponaba el desagüe. Bruno tuvo que abrir el grifo de la ducha y giró el pomo del agua caliente hasta su tope. El agua tibia se extendió por el baño licuando la sangre y formó un caudal encarnado que, lentamente, se fue drenando por la cañería.

Afuera, al fin, rompió a llover, y Bruno no pudo contener una sonrisa de satisfacción. Pero aún tenía mucho trabajo por hacer.

Con las extremidades ya separadas del tronco, Bruno utilizó el machete para partirlas en trozos más pequeños, y así desmenuzó los muslos, las pantorrillas, los brazos y los antebrazos. A continuación abrió el tórax de Matías por debajo de las costillas flotantes y vació las vísceras una a una. Las trituró con un pequeño cuchillo de carne y, acto seguido, fue arrojándolas por el inodoro mientras tiraba regularmente de la cadena para que no se atascara.

La lluvia seguía golpeando el tejado y las ventanas de la casa con una rabia feroz.

En torno a la una de la madrugada Bruno había terminado de despedazar el cadáver de Matías. Con esa tarea solucionaba el principal problema que se presenta para hacer desaparecer un cadáver: transportarlo de una forma discreta. Al tenerlo en pedazos, sería muy sencillo meterlos en bolsas de la basura que no resultaran sospechosa en caso de que alguien le viera. Pero, naturalmente, quedaba un segundo problema por resolver; el más importante: ¿dónde ocultar el cadáver o, en este caso, los trozos del cadáver? Durante los siete años que había pasado en la cárcel, Bruno le había estado dando vueltas. Habitualmente, los asesinos procuraban esconder los cuerpos en lugares apartados y recónditos, pero al final, irremediablemente, terminaban por aparecer. Puedes esconder un cadáver en un bosque, sí, pero más tarde o más temprano aparecerá un perro con buen olfato, o unos excursionistas, o unos niños que juegan a hacer excavaciones y… estarás perdido.

No. Había que buscar otra solución. Y Bruno la había encontrado. La clave no estaba en llevar el cuerpo a un sitio alejado y solitario, sino todo lo contrario. Había que dejarlo en el lugar más evidente de todos, porque allí es precisamente donde nadie mirará. Y bien, ¿cuál es el lugar más obvio para un cadáver?

Un cementerio.

Era tan simple que casi resultaba risible. Pero no podía fallar. Bastaba con cargar los pedazos del cadáver hasta un camposanto y, una vez allí, abrir una tumba, depositarlos en su interior y volver a cerrar el sepulcro. Esa idea presentaba varias ventajas. La primera, que los restos del cuerpo se mezclarían y confundirían con los restos del ocupante de la tumba. La segunda, y más importante, era que con esta estratagema el muerto pasaba a convertirse en algo así como una aguja en un pajar, un cadáver más entre decenas o cientos de ellos. Y la tercera ventaja, la ventaja crucial, es que un cementerio es el lugar más respetado e intocable que existe. Nadie mete sus narices en una tumba.

Si bien el plan parecía no tener fisuras, lo cierto es que presentaba una ligera dificultad: no se puede abrir una tumba y volver a cerrarla sin dejar huellas en el terreno, y eso podía despertar sospechas. Pero, precisamente en este punto, la lluvia debía cumplir su parte del plan. El aguacero se encargaría de borrar las pisadas de Bruno y empaparía la tierra, haciendo que fuera imposible distinguir el terreno intacto del recientemente excavado.

Bruno sonrió. Le esperaba una madrugada larga y dura, porque desde luego iba a ser agotador cavar en un sepulcro, pero la satisfacción de una venganza perfecta lo compensaba todo.

Metódico y cuidadoso, metió los pedazos del cadáver en bolsas de la basura según su plan y las arrastró con cuidado hasta la entrada principal de la casa. Tendría que meterlos en el maletero del coche y conducir hasta un cementerio cercano, a unos seis kilómetros de allí. Pero cuando abrió la puerta y puso un pie en el porche de la casa, oyó aquella voz fuerte y firme. De nuevo, era la voz de su porvenir:
“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Los policías que le estaban esperando parecían buzos bajo aquel chaparrón.

No pude ser, se dijo Bruno. ¿Cómo lo han sabido? Mientras levantaba los brazos, miró a su alrededor y entonces lo entendió. Había sangre por todas partes. Un inmenso charco rojo se extendía frente a la casa de Matías despuntando brillos granates bajo la luz de las farolas. Bruno no tardó en darse cuenta de que la sangre, que se extendía por la acera y por el parterre del frontal de la casa, provenía de la boca de una alcantarilla, de donde manaba a borbotones mezclada con el agua.

La lluvia, pensó Bruno. Ha caído tanta lluvia que se han desbordado las cañerías de la casa y ha extendido la sangre de las cañerías por todo el vecindario.

Detrás de los agentes había varios vecinos empapándose en la calle. Eran ellos quienes habían llamado al 061 al ver el agua teñida de sangre correr por la calzada como un tsunami escarlata aguijoneado por la lluvia.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

FIN


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª)

Mayo 23, 2007

lluvia

Aquella noche llovía mucho. Llovía tanto que los agentes de policía parecían buzos bajo aquel chaparrón.

“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Bruno descendió del coche con los brazos extendidos, como un Cristo asaetado por aquel diluvio de gotas. No dejaba de pensar que había estado a punto de huir. De hecho, habría escapado de no ser por la lluvia, que había convertido la explanada en un barrizal. Las ruedas del coche se habían atascado en el lodo.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

Mientras se entregaba a los policías giró la cabeza hacia atrás, hacia la casa destartalada y mohosa que tenía a su espalda. Desde la ventana, Matías le observaba y se encogía de hombros, como diciendo así es la vida, tío, lo siento mucho. Bruno siempre había pensado que Matías era un hijo de la gran puta, pero jamás le creyó capaz de delatarle a la policía. Ahora ya era demasiado tarde para lamentarse por su exceso de confianza.

“¡No te muevas!”, gritó uno de los agentes mientras le esposaba las manos.

Bruno no se movió durante los siguientes siete años, que pasó encerrado en una prisión. Era culpable de todo lo que le acusaron, e incluso de algunas cosas más, así que ni siquiera se esforzó en defenderse. Bruno siempre había sabido que él era una mala persona. Lo llevaba en la sangre, y ya de adolescente, en cuanto tuvo uso de razón, supo que sería culpable hasta que muriese. Pero, aunque parezca paradójico, son precisamente los culpables los que más necesitan la libertad.

Bruno estuvo siete años en la Prisión Provincial, un cementerio de vivos que olía a jergones húmedos, a mercromina y a provincias sociales. Y cada uno de los 2.555 días que pasó recluido, Bruno lo dedicó, con paciencia inquebrantable, a elaborar cuidadosamente su plan. Vengarse de Matías era lo único que le importaba, lo único que tenía sentido, porque, señora, los culpables son así.

El mismo día que salió en libertad –por fin la libertad-, Bruno se metió en una cafetería y pidió al camarero un vodka con hielo y un periódico. Se bebió la copa de un solo trago mientras pasaba las hojas del diario con rapidez hasta que, en las páginas centrales, encontró lo que buscaba: el parte meteorológico. Bruno leyó la previsión del tiempo de esa semana y tomó una decisión. Lo haría el jueves. Ese día iba a llegar una fuerte borrasca que dejaría tras de sí vientos y lluvias torrenciales. Era el día perfecto.

Se alojó en un motel con las paredes cubiertas de papel beige y cuadros de caza y pasó dos días viendo televisión y matando cucarachas. Hasta que llegó el jueves. Entonces dejó su habitación, robó un coche del parking del motel y viajó en él toda la noche hasta llegar a la casa de Matías. Tal y como estaba previsto, un cielo borrascoso acompañó a Bruno durante su travesía. Conducía bajo palio.

Cuando llegó a la casa, Bruno no llamó a la puerta. La forzó de una patada y en dos zancadas se plantó ante el sofá del salón, donde Matías dormía la borrachera.
“Despierta”.
Matías abrió los ojos y, cuando vio a Bruno de pie ante él, su boca se retorció como una serpiente.
“Bruno, por favor, no…”
“¿No qué, hijo de puta?”
“No me dejaron elección.”
“¡Me vendiste!”
“Bruno, por favor… Me dijeron que si no te delataba me mandarían a la cárcel 20 años.”
“Eres un cagado de mierda”, dijo Bruno entre dientes.

Lanzó sus manos a la garganta de Matías y las ciñó como un cepo alrededor de su cuello. Matías no pudo hacer nada para escapar de aquella cárcel de dedos, y en un segundo su nuez crujía clausurando el paso del aire a sus pulmones. Entre sacudidas de dolor y de pánico, Matías abrió la boca en un intento desesperado por respirar, pero lo único que consiguió fue componer esa mueca lapidaria de los que ahorcados.
“Muérete”, masculló Bruno.
Los muelles del sofá chirriaron cuando el cuerpo de Matías se sacudió en un último espasmo. Y entonces se quedó inmóvil. Muerto por fin, joder, qué alivio.

Bruno se quedó sentado junto al cadáver, en silencio, durante unos minutos, tal vez una hora. Le había matado, sí, pero ahora quedaba la fase más importante de su plan, previsto hasta el último detalle.

Cogió el cadáver por los pies y lo arrastró hasta el cuarto de baño. Bruno sabía lo que solía pasar en estos casos. El asesino se aturde, y cuando intenta ocultar el cadáver de su víctima comete alguna torpeza que acaba por ser su perdición. Pero a él no iba a sucederle tal cosa. No iba a dejar la menor huella y, de hecho, ni siquiera iba a dejar un cadáver.

Depositó el cuerpo en el interior de la bañera y lo dejó allí mientras bajaba al sótano de la casa en busca de un cuchillo, una sierra y un machete. Cuando tuvo todo lo que necesitaba, regresó al baño y se puso a trabajar. Pronto iba a empezar a llover.

(Continuará aquí: en esta segunda y última parte).

 


Tras la pista de Zodiac: cuidado con las rubias

Mayo 21, 2007

zodiac

Este fin de semana se ha estrenado la película “Zodiac”. Trata sobre el asesino en serie del mismo nombre que aterrorizó San Francisco a finales de los sesenta. Nunca lograron atraparle. Era escurridizo, cambió de modus operandi en varias ocasiones y no dejaba pruebas. Sin embargo, viendo el filme, que está minuciosamente documentado sobre el caso, he descubierto una pista sorprendente.

Uno de los rasgos más característicos de Zodiac apunta directamente a que tras su identidad podrían esconderse… las Ruvis (una o varias de ellas). Y no puedo decir más por si no habéis visto la película todavía.

En todo caso, queda hecha la advertencia: cuidado con las rubias, que no es nada nuevo porque a mi, por ejemplo, me lo decía siempre mi padre.


La belleza

Mayo 20, 2007

Decía Luis Eduardo Aute (un señor que a veces da el coñazo, pero que otras dice unas cosas espléndidas) que hay muchos que, durante su existencia, “no rozan ni un instante la belleza”.

Este anciano de 86 años que veréis aquí hizo mucho más que rozar la belleza: la tocó; la tocó con las dos manos durante toda su vida. Para los que no lo conozcáis, dejad que os presente al único e incomparable Artur Rubinstein.

Sentaos y cerrad los ojos.

Maestro, cuando quiera.


Cuento de terror: Más allá del cristal

Mayo 18, 2007

hierba

Se despertó, pero tardó unos segundos en lograr que sus ojos enfocaran. Al principio sólo podía ver ante sí un velo blanco y brumoso que brillaba con intensidad. Seguramente había mucha luz. Le dolía la cabeza, y no tenía ni idea de cuánto tiempo habría pasado inconsciente. Al fin, su mirada se aclaró.

No estaba sentado en su coche, como habría esperado.

Estaba tumbado en lo que parecía ser un perfecto jardín de césped, el césped más verde que había visto jamás, cuidadosamente adornado con árboles de diversas especies, ramajes y alturas. Había también un pequeño lago de aguas cristalinas y mansas y, junto a la orilla, vio sentada a una mujer. Tenía los pies metidos en el agua, y chapoteaba con una cadencia pesada y suave.
“¡Oye!”, gritó el hombre. “¡Eh! ¡Por favor!”
La mujer se giró hacia él, se puso en pie con cierta indolencia y se le acercó muy despacio. No le miraba con curiosidad. Si acaso, con cierta tristeza.
“¿Qué quieres?”, preguntó ella cuando estuvo frente a él.
“No… No sé cómo he llegado aquí. Iba conduciendo y… Algo pasó. No sé muy bien el qué. No lo recuerdo.”
“Sí. Supongo que te pasó algo, sí.”
“¿Dónde estamos?”
“Mira a tu espalda.”

El hombre se volvió y se quedó boquiabierto. Aquel jardín tan perfecto se acababa tres o cuatro metros más allá de donde estaba sentado, bruscamente interrumpido por una gigantesca cristalera. Se trataba de una pared de vidrio grueso y oscuro, casi opaco, pero, aún así, el hombre podía distinguir formas al otro lado. Formas que se movían. Parecían criaturas de aspecto simiesco, tal vez algún tipo de mono. Caminaban erguidos, de eso no cabía duda, y sus cuerpos eran flacos y algo desgarbados. No podía verlos con claridad a causa del cristal, pero parecían tener unos ojos enormes y negros que ocupaban casi la mitad de sus cabezas. Corrían de un lado a otro detrás de la cristalera y, ocasionalmente, se detenían y pegaban sus difusos rostros al vidrio.

“¿Qué es esto?”, preguntó el hombre. “¿Dónde estamos?”
“En un zoo.”
“Por dios… ¿Y qué son esas criaturas que tienen aquí?”
“No, no, esos son los visitantes”, dijo la mujer con su voz cansina. “Las criaturas somos nosotros. ¿No ves cómo nos miran? Sobre todo a ti. Bueno”, añadió con cierto desprecio, “eso es sólo porque eres el nuevo.”

FIN


El reto

Mayo 17, 2007

ancianos

###

Somos capaces de dividir el átomo. Hemos visitado el Mar de la Tranquilidad, subido al Everest y explorado el abismo Challenger. Hemos clonado ovejas y descifrado el mapa del genoma humano.

Ahora el reto es llamar a la puerta del vecino y decirle que, si necesita algo, estamos en el tercero izquierda.


La cuadratura del Bosque Veneno

Mayo 12, 2007

bosqueveneno

Primavera. Arañas de caramelo
gotean del ojo del jilguero
cuando alza el vuelo
sobre el Bosque Veneno.

Verano. La ardilla roba
un diente de loba
en la cueva,
y lo esconde en su boca
y lo lleva
a enterrarlo al pie de los sauces.
Cae la noche y el diente se abre
como un cuarto de cuarto creciente,
y brota en el bosque una flor de fauces
con dientes
hambrientos del cielo
del paladar de una ardilla.

Invierno.
Los cirros, cúmulos y estratos
visten el nido del sapo
con piel de cordero
y el sapo canta “balad, balad, extranjeros
de allende los charcos”.

Otoño. Culebras de mandarina
se trenzan y mudan de saliva
en las ramas del fuego.
Y el fuego, como un solar que camina,
arde ciego
en los pestañas de ceniza
del Bosque Veneno.


La insoportable levedad del presupuesto (cuento privado)

Mayo 5, 2007

Aunque su destinatario no lo leerá nunca, aquí va una pequeña venganza epistolar. (A los demás, perdonad esta broma privada.)

guionista

“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista. Está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de muy bajo presupuesto, con una sóla localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle. Así que decide utilizar esa angustia como fuente de terror y escribe la historia de Jota, un guionista que está trabajando en su salón. Un productor le ha contratado para que escriba una historia de terror de bajo presupuesto, con una sola localización y dos personajes, pero no se le ocurre ninguna idea y la angustia empieza a consumirle, así que escribe la historia de Jota. Está trabajando en…
Entonces el productor va a visitar al guionista y lee lo que tiene escrito.”

“¿Qué cojones es esto?”, dice el productor.
“Metanarración”, responde Jota.
“Es un monte de mierda.”
“Querías algo barato, ¿no? ¿No te gusta? ¿De verdad no te da miedo?”
“¿Cómo coño va a darme miedo esto?”
“Pues debería.”
“¿Por qué?”
“Es fácil. Te cuento por qué.

Porque es la historia de Jota, un guionista.”