(Aquí está el desenlace de este cuento de terror macabro. Las dos partes anteriores están aquí: “Un nombre escrito en la pared (Parte 1ª)” y “Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª)“ .
Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello. Un chorro de sangre tibia le golpeó con fuerza en la cara y, acto seguido, Salgado cayó de rodillas bajo el dintel y se llevó las manos al cuello tratando de sacarse el cuchillo. Arturo se quedó inmóvil, hipnotizado por el braceo agonizante de Salgado. Al fin el hombrecillo logró agarrar el puñal y tiró de él con sus escasas fuerzas, pero lo único que logró fue que el corte se abriera de par en par. La sangre empezó a manar a borbotones y le inundó la garganta y la boca. Dio una última bocanada de aire y se desplomó.
Al verle muerto, Arturo salió del trance y reaccionó. Empujó el cadáver hacia el interior del piso, cerró la puerta y salió de allí a toda velocidad.
El camino de regreso fue confuso y agitado como un duermevela. Las calles, los coches aparcados y los carteles publicitarios parecían irreales. Atrezzo para un asesinato.
Cuando entró de nuevo en su casa, se precipitó al cuarto de baño para lavarse la sangre que aún tenía pegada a las manos y al rostro. Su expresión estaba desencajada de miedo, un miedo nuevo y que jamás había podido imaginar: miedo a sí mismo.
Arturo se enjabonó la cara con tanta fuerza que casi se hizo daño, y mientras se enjuagaba vio cómo el agua corría encarnada y culpable hacia el desagüe. Aquella imagen le estremeció, pero, al levantar la vista y mirarse en el espejo, su expresión de horror cambió por completo. Su mirada se calmó e incluso llegó a sonreír. Lo había logrado. El reflejo de Landesa ya no estaba allí, y el espejo le mostraba a él solo, libre por fin.
Salió del baño y recorrió la casa. Cuando comprobó que el nombre de Samuel Salgado había desparecido de todas las paredes, el asesino tuvo una vergonzosa sensación de alivio.
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Una semana después de haber matado a Salgado, Arturo había retomado su rutina y había terminado de decorar la casa. El vacío catedralicio de la vivienda había dado paso a algo parecido a un hogar, una casa con nombre y apellidos.
Se sentía bien. No es que hubiera olvidado su crimen, pero, para su sorpresa, el recuerdo del asesinato empezaba a ser brumoso, como si su memoria quisiera perdonarle.
Aquella noche Arturo estaba sentado en el salón oyendo la radio. Sonaba el nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin cuando, de pronto, su móvil empezó a parpadear. Descolgó.
“¿Dígame?”
“Hola”, dijo una voz de hombre al otro lado. “¿Es usted Arturo Novoa?”
“Sí, soy yo.”
“Verá, no sé si esto tiene algún sentido para usted, pero hace poco que me mudé a la calle del Pez número 11 y…”
A Arturo se le cortó la respiración.
“¿Y qué?”, preguntó ansioso.
“Que ha aparecido su nombre escrito en mis paredes, señor Novoa.”
FIN


Febrero 17, 2007 a las 1:28 am |
muy bueno, como era de esperar
Febrero 17, 2007 a las 9:07 am |
Yo viéndolo desde fuera me río, la vida es un círculo vicioso…
Si me pasara a mí huiría a algún remoto lugar de la tierra… pero esa es otra historia.
un besazo!
Febrero 17, 2007 a las 2:55 pm |
osti… pero el del telefono pareze vuena persona. le a llamado antes de matarle, asin que a lo mejor lo arreglan avlando. de todas formas… nosotras nos avriamos echo cacotas.
Febrero 17, 2007 a las 3:26 pm |
…no se pueden hacer favores…no señor…
…por otra parte compartir casa con un espíritu y tener las paredes decoradas con grafitis, no pareccía tan mala opción…
Febrero 17, 2007 a las 3:38 pm |
¡Hala qué guay!
Estoy con las Ruvis, al menos el nuevo es menos neurótico que Novoa, se le ve más dialogante. Con un poco de suerte, rompen la cadena sangrienta…
Febrero 17, 2007 a las 8:18 pm |
¡Genial! Una cadena de asesinatos y de asesinos, porque ¿vale más una casa que una vida humana? Por tal de no mudarse sigue la cadena.
De lo mejor del cuento “miedo de sí mismo”, exacto: descubrir que uno es un asesino sólo que hasta entonces lo único que ha faltado es la motivación y que no abandonar la casa lo es, da miedo, mucho miedo.
Febrero 17, 2007 a las 10:56 pm |
glup glup glup… mira que estas cosas dan ideas¡¡¡ a alguien que no esté muy allá y lo lea… hummm, nose no se…. bueno crucemos los dedos que nadie siga la cadena¡¡¡
Febrero 18, 2007 a las 2:50 am |
muy bueno, quiero un libro tuyo. genial.
Febrero 18, 2007 a las 9:12 am |
Moraleja: nunca mates a nadie cuyo nombre aparezca en tus paredes, salvo que lo merezca, claro!
Hoy en mis paredes me ha aparecido un nombre en verde…. “¡Víbora, Víbora!” ponía jajajaja! Tendré que seguir la cadena…. ¿Alguién sabe como se caza una víbora?
Febrero 18, 2007 a las 9:57 am |
Bueno, podrían cambiar de casa; dudo que Salgado le pida a Arturo matarse a sí mismo: tendrá que encontrar otro modo… no, embromo; lo dijo nomás por joder, que el cuento está de lujo y nos ha encantado a mi compañera y a mí.
Febrero 18, 2007 a las 7:22 pm |
Quizás podrían negociar, hablar, incluso hacerse coleguillas.
Me ha encantado Gramus, no esperaba menos.
Febrero 18, 2007 a las 10:39 pm |
Iago, cambia de casa, si hace falta yo te pago la mudanza, pero no sigas la cadena ¡porfa!.
Febrero 23, 2007 a las 12:42 am |
¿El huevo o la gallina?
Bonísimo!
Febrero 26, 2007 a las 9:10 pm |
Yo pienso q esta historia esta bien chida, miedosa, y asta me dieron escalofrios.
Octubre 6, 2009 a las 9:29 pm |
no tengo ganas de leerlooo