(Este es otro cuento macabro y gótico. Es una historia de venganza… y de culpa.)
Era una casa amplia y de techos altos, imponente y vetusta, y al caminar por sus pasillos la madera del suelo crujía como los huesos venerables. De estilo colonial, todas sus puertas remataban en arco y sus paredes y molduras de escayola estaban pintadas de un blanco resplandeciente. Vacía como estaba, tenía un cierto aspecto clínico de pabellón de reposo. El agente inmobiliario carraspeó:
“Verá, debo advertirle que en esta casa se produjo un crimen.”
“¿Un crimen?”, preguntó Arturo con más calma de la que el agente esperaba.
“Sí, señor. Aquí vivía el abogado Tomás Landesa. Fue asesinado en este mismo salón.”
Arturo echó un vistazo a su alrededor.
“¿Quién lo mató?”
“No se sabe. La policía aún no ha encontrado al culpable y, la verdad, ya no creo que lo encuentren.” Volvió a carraspear. “Le digo esto porque hay gente que… rechaza el piso por ese motivo”.
“Pues yo no”, zanjó Arturo con resolución. “Nunca he sido supersticioso, y este piso es justo lo que estaba buscando. Me lo quedo.”
Tres días después había concluído la mudanza, aunque aún quedaban algunas cajas de libros desperdigadas por los pasillos. Arturo había instalado pocos muebles, y la casa aún conservaba sus aires de vacío solemne.
Aquella noche, Arturo leía sentado en el único sofá del salón, justo en el centro, como una isla en un océano enyesado. Una lámpara de pie iluminaba su lectura y un aparato de radio apoyado en el suelo le acompañaba con el sonido del Nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin. Arturo pasaba las páginas de un periódico. Se había hecho con un diario atrasado en el que se consignaba la muerte de Tomás Landesa en aquella misma casa, y la noticia le producía una mezcla de curiosidad y repulsión. En la foto que acompañaba el artículo, el abogado Landesa aparecía en una imagen de archivo con su rostro hirsuto, el pelo cano cuidadosamente peinado hacia atrás y unas lentes redondas y pasadas de moda. El titular indicaba que el asesino de Landesa se había ensañado con una brutalidad aterradora. El cadáver presentaba veintitrés puñaladas, y, según la policía las paredes del salón estaban teñidas de escarlata.
Arturo estudiaba con detenimiento la foto del rostro de Landesa cuando, de pronto, una corriente de aire atravesó la habitación y el periódico se erizó entre sus manos. Levantó la vista para comprobar si había alguna ventana abierta, pero sus ojos se desviaron de inmediato a la pared que tenía frente a él. No podía creer lo que veía. Sobre la pintura blanca habían aparecido dos palabras escritas con enormes letras encarnadas. Era un nombre.
“Samuel Salgado”.
Ocupaban la pared desde el techo hasta el suelo y goteaban como si la pintura aún estuviera fresca. Aunque lo cierto es que no parecía pintura.
Arturo sintió de nuevo aquella corriente de aire frío que le helaba la sangre y que parecía salir de ninguna parte, pues la puerta del salón y las ventanas estaban perfectamente cerradas.
“¿Hay alguien ahí?”, preguntó dirigiéndose al vacío.
El sonido de la radio vaciló un instante y el nocturno de Chopin dio paso a un sonido áspero y agudo de interferencias. Emergiendo de las profundidades eléctricas de aquellos ruidos, Arturo oyó una voz cavernosa.
“Necesito que me ayudes”, dijo un hombre entre jadeos, como si le costara hablar.
“¿Q-qué es esto? ¿Quién es?”
La radio volvió a crepitar.
“Búscale.”
La corriente de aire aumentó súbitamente de intensidad y una de las ventanas del salón se abrió de golpe. Arturo vio que en el cristal se reflejaban dos figuras. Una de ellas era él mismo, sentado en el sofá, lívido. La otra figura era la de un hombre que estaba de pie junto a él. Arturo miró de reojo a su derecha, pero no vio a nadie. Aquel hombre sólo aparecía en el cristal. Tenía el pelo blanco y gafas redondas, y no había duda de que se trataba del difunto Tomás Landesa. La imagen reflejada del abogado movió los labios, pero su voz no brotó de ellos, sino del receptor de radio. Y esta vez Arturo oyó sus palabras con absoluta claridad.
“Samuel Salgado es el hombre que me mató.”
“Esto no puede estar pasando”, dijo Arturo en voz alta, y negó con la cabeza como si quisiera exorcizar aquella pesadilla. “No es verdad.”
“Búscale”, crujió la voz a través de la radio. “Búscale… y mátalo.”


Febrero 14, 2007 a las 9:27 am |
Um, buenos dias, soy el primer!!
Como soy un poco fantasma y esta hoja está blanca, me sirve para mis propositos:
“Remátalo…. y acábalo” (léase en rojo) que ya estoy deseando leer el final!!
Bezos escarlatas.
Febrero 14, 2007 a las 12:00 pm |
Esperaré a leerlo cuando tenga tiempo. De momento sólo decirte que ese continuará tiene un punto de sadismo por tu parte y he de reconocer que hace cosquillas, aunque eso pertenece al post anterior.
Febrero 14, 2007 a las 12:07 pm |
Y si me da pereza buscarlo, ¿qué? ¿Me vas a encochinar todas las paredes recién pintadas?
Febrero 14, 2007 a las 12:58 pm |
Me uno a Iago: Acábalo y publícalo.
Febrero 14, 2007 a las 1:48 pm |
Por favor, te has pasado, que cague.
No tardes mucho en escribir el siguiente capítulo.
Besucos
Febrero 14, 2007 a las 2:49 pm |
Como siempre…excelente…¡¡¡Quiero más!!!
Febrero 14, 2007 a las 3:24 pm |
sólo decir que 23 puñaladas no pueden ser ensañamiento, sino locura transitoria (y si Samuel nos oye y está por aquí, que sepa que ya tiene un abogado)
¡¡ACABALÓ ya!!
Febrero 14, 2007 a las 3:40 pm |
Vibora, pero te unes a mi carnalmente?
Febrero 14, 2007 a las 4:14 pm |
que cague!!! las istorias de espiritus i aparecidos i crimenes son las que mas miedo nos dan. i las que mas curiosidad nos producen. jijijiiji. hesta nos esta dando mucho miedo. sigue, sigue, sigue
p.d. lo de hestilo colonial nos jode vastante, que lo sepas. porque bibimos hen una casa colonial de techos altos. con su correspondiente istoria de fantasmas. hun dia te la contamos!
Febrero 14, 2007 a las 6:33 pm |
Gracias a todos; como siempre, un placer asustaros y que os guste. Lo acabaré, naturalmente (bueno, está acabado ya, pero no escrito.)
Ruvis, sí, esta va de aparecidos y, sobre todo, en crímenes que vendrán.
Qué chula vuestra casa colonial. Son las viviendas perfectas para los aparecidos. Ya me contaréis esa historia…
Febrero 14, 2007 a las 10:03 pm |
Me uno en el comentario y anímicamente. Carnalmente no puede ser porque los seres humanos me dais asquito, ¡sois tan ásperos!
Febrero 14, 2007 a las 10:04 pm |
Obviamente, mi comentario anterior es una repsuesta para Iago.
Febrero 15, 2007 a las 8:30 am |
Jo, Víbora!! tienes una lengua viperina, cari, jajaja!! que vaya comentario para un día de los enamorados, YO TB TE QUIERO, EHHH!!
Febrero 15, 2007 a las 9:37 am |
Me corroe una duda y no puedo esperar para lanzarla ¿Hay una razón para que este hombre alquile la casa y diga que eso es lo que está buscando? Si tiene que ver con el desenlace ¿por qué se asombra de lo que pasa? ¡Ay! no sé date prisa en terminar…
Febrero 15, 2007 a las 11:07 am |
No, no hay ninguna conexión. Le gusta el piso, nada más. (Tengo que retocar esa frase porque tienes razón, Julie… puede confundir).
Febrero 15, 2007 a las 4:17 pm |
Tan escalofriante como siempre…
Espero la segunda parte
Febrero 16, 2007 a las 7:21 pm |
[...] está el desenlace de este cuento de terror macabro. Las dos partes anteriores están aquí: “Un nombre escrito en la pared (Parte 1ª)” y “Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª)“ [...]
Marzo 23, 2007 a las 2:29 pm |
Nice site! http://www.nccabogados.com/
Marzo 16, 2009 a las 11:28 pm |
esta chida