Cuento de terror: El fabricante de ataúdes

ataud

Todos en el pueblo sabía que Luisito era en un niño enfermizo y a nadie le sorprendía que llevara una semana recluído en su casa. Había pasado por innumerables gripes, fiebres y bronquitis, y era casi más habitual verle enfermo que verle sano. Tantos días de cama y sopas de pollo le habían dejado pálido como la cera y tan flaco que, si uno le miraba, veía más bien un resumen de Luisito. Los médicos le habían dicho que para curarse debía irse a vivir lejos, a un clima mejor. El pueblo donde vivía Luisito estaba encajado en un valle donde llovía 40 semanas al año y, además, tenía un río que lo cruzaba por el medio como una puñalada de humedad. El pueblo donde vivía Luisito era un hoyo de musgos vehementes y huesos calados.

Aquella semana el niño estaba pasando por su cuarta pulmonía -cada vez eran más serias- y no tenía más remedio que quedarse encerrado en su cuarto dando de comer a los peces de colores y los reptiles exóticos que su padre, marino mercante, le traía de sus viajes de ultramar.

Luisito odiaba quedarse en su cuarto. Odiaba la fiebre y los escalofríos, los dolores en las rodillas y aquella tos que parecía que iba a arrancarle el resuello. No soportaba estar enfermo y le asqueaba verse tan débil y tan flaco. Lo único que podía hacer era cuidar de sus bichos y, después, sentarse junto a la ventana de su cuarto y mirar la calle. Pero las vistas del otro lado no eran precisamente agradables. Más bien al contrario. Eran aterradoras.

A través de la ventana de Luisito se veía la carpintería de Jorge, un taller pequeño y lleno de serrín sin barrer. A primera vista podría parecer una carpintería vulgar, pero lo cierto es que en su interior era un lugar único, porque allí no se hacían sillas, mesas o armarios; ni siquiera reparaciones de cajones o estanterías. No. Jorge sólo fabricaba ataúdes, y todos en el pueblo sabían que, además de hacerlos, ayudaba a llenarlos, pues aquel carpintero era la mano izquierda de la muerte.

A Jorge se le solía ver sentado a la puerta de su negocio, tomando el fresco con un vaso de té negro en la mano. Y los vecinos pasaban ante su puerta y se hacían cruces al saludarle:
“Buenos días, Jorge. Dios quiera que no tengas trabajo hoy.”
Pero aquella mañana, a las doce y cinco, mientras Luisito le miraba desde su ventana, Jorge se levantó de la silla y se metió en su carpintería a hacer un ataúd. Todo el valle se estremeció.
“¡El carpintero está trabajando!”, gritó alguien. Y los vecinos dejaron sus tareas y corrieron a reunirse ante la puerta de la carpintería para observar el fúnebre ceremonial que se celebraba dentro. Sucedió lo que sucedía siempre. El fabricante de ataúdes se colocó ante su mesa de trabajo, tomó un tablón y lo cortó. Sin medir el corte. De hecho, nunca lo hacía. Jorge serraba sin metro y siempre acertaba en la medida. Si el tablón le salía de metro ochenta, entonces el siguiente muerto habría de medir metro ochenta para encajar en el féretro. Así eran las cosas en el pueblo: primero era el ataúd y después el muerto, porque cuando el fabricante de ataúdes daba su último brochazo de barniz a la caja… el muerto moría para ocuparla. Jamás había sido de otra forma.

Cuando Jorge terminó de cortar la tabla, los vecinos aguantaron la respiración.
“Es muy pequeño”, dijo alguien al ver el madero. “Parece el ataúd de un niño.”
La señora Rosario, recia y curtida como un barco de pesca, se santiguó con sus dedos regordetes:
“Por Dios, Jorge, dinos cuánto mide.”
Y el fabricante de ataúdes sacó su metro de carpintero y medió el tablón que acaba de cortar.
“Uno cuarenta y dos”, anunció a los presentes. “El muerto mide uno cuarenta y dos.”

La señora Rosario se echó las manos al pecho y se giró hacia la ventana de Luisito. De su hijo Luisito.
“¡Uno cuarente y dos!”, gritó Rosario entre sollozos. “¡Ay, Dios, que mi pobre niño mide una cuarenta y dos! ¡La pulmonía se lo lleva por delante!”
Y todo el pueblo se giró hacia la ventana de Luisito, que había oído los gritos de su madre y se había quedado lívido de pánico. El niño les miraba a todos desde detrás del cristal, como un espectro. Quiso llorar, romper la ventana, gritar a todos no, no quiero morirme, decidle que corte otro madero. Pero se quedó inmóvil, en silencio. Su madre, en cambio, lloraba ante la carpintería y alzaba sus manos al cielo mientras el cortejo vecinal arropaba su dolor con alivios. Y entonces todos lo oyeron. Era un llanto igual de desconsolado que el de Rosario.
“¡Mi Alberto!”, se lamentaba la señora Carmen, una mujer menuda enfundada en un abrigo marrón. “¡Mi Alberto también mide uno cuarenta y dos!”
De rodillas ante la puerta de la carpintería, Carmen estrujaba a su hijo entre sus brazos mientras el niño tiritaba de miedo. La señora Rosario dejó de llorar. Se acercó a Carmen muy despacio y le puso la mano en el hombro.
“Vamos a rezar juntas, Carmen.”
“Ay, Rosario, que uno de los niños se nos va.”
Las dos mujeres se abrazaron como dos boxeadores y allí mismo, a la puerta de la carpintería, empezaron a musitar un padrenuestro acompañadas por los vecinos. En medio de aquel funeral por adelantado, el pequeño Alberto alzó la vista hacia la ventana de Luisito y los dos niños cruzaron sus ojos.

Luisito parecía más vivo que antes, como si el color le hubiera vuelto al rostro. Tal vez fuera porque había cerrado los puños y los apretaba con fuerza, casi con rabia. En murmullos rezaba su propia plegaria tras la ventana. Una plegaria en la que decía que estaba harto, que se había pasado media vida encamando fiebres, media vida perdida en seguir viviendo, y que todo aquel dolor tenía que haber servido para algo.

La plegaria de Luisito decía que él no iba a morirse todavía, y que cuando aquel ataúd estuviese terminado lo ocuparía Alberto. Fuese como fuese.

(Continuará)

23 comentarios para “Cuento de terror: El fabricante de ataúdes”

  1. Víbora Dice:

    ¡No, por favor, por entregas no!
    ¡Que las víboras no tenemos uñas y tengo la cola descarnada!

  2. Las Ruvis Dice:

    Dioooooooooooooooooooooor… hotra bez… nos ba a de matar!!!!

  3. Angela Dice:

    Más, dame más!

  4. Grampus Dice:

    Uops, lo siento. Es que empezó a quedarme demasiado largo (cuestiones de cierta atmósfera que quería intentar), pero creo que en una segunda entrega estará acabado.

  5. Las Ruvis Dice:

    ufffff… nos dejas mas tranquilas.
    conste que nos esta enjantando!!!

  6. cucoalmeria Dice:

    uff muy bueno, no hagas muchas entregas.

  7. Fran Dice:

    Una de mis frases odiadas, Grampus!!! La odio, la odio, la odio!
    Por cierto, ese pueblo no me gusta nada de nada. Para mí que están todos muertos ya y no se han enterado!

  8. Grampus Dice:

    Gracias, Cuco! Espero que con dos baste. Es que no quiero hacer post muy largos para no desanimar.

    No, no es esa clase de pueblo, Fran. Es de otra clase, de esa en la que puede vivir un carpintero que llena ataúdes.

  9. e-catarsis Dice:

    …empiezo a entender a la ruvis y su grampusismo…

    …¡caray!…

  10. Eliseo Dice:

    Me encanta!! -y empiezo a entender la despoblación de los pueblos-

  11. Víbora Dice:

    Aquí entre nosostros, el carpintero es un poco cabroncete.
    ¿A nadie le ha dado por quemarle la carpintería?

  12. trampoline Dice:

    ahhh
    más!

  13. trampoline Dice:

    …por favor. *^^*

  14. Irati Dice:

    Otro por capítulos… ya me hace menos gracia por que no puedo leerlo tan de seguidito, pero así nos tendrás visitando tu blog cada dos por tres y la idea me parece genial…
    a ver qué les depara el futuro…

  15. Josmachine Dice:

    ¡¡BRUTAL, maestro!!

  16. Víbora Dice:

    ¿Y la segunda parte? que Luisito y Alberto las están pasando canutas, por no decir los lectores.

  17. Cuento de terror: El fabricante de ataúdes (Desenlace) « El alambre del funámbulo Dice:

    [...] Cuento de terror: El fabricante de ataúdes (Desenlace) Esta es la segunda parte, y última, del cuento que empezó aquí. [...]

  18. angelicarami Dice:

    ami me parcio muy precisoa los renglones trasmitidos por que a mis hijos les hintereso tanto que termine comprando el libro me gustaria que precentaran otros para asi los niños y adultos nos unamos a leer juntos es tan intersante muchas gracias

  19. klau Dice:

    muy buena tu historia amikito! ay t dejo mi msn! bye beXo!

  20. sdhauk Dice:

    que mierda que es esta pagina la odio busco cuentos de TERROR no de duendes de 1 año

  21. ana Dice:

    esta padre este cuento a mi me gusto pero a mi hermana no bueno adios

  22. florencia Dice:

    ta bueno pero no tenes ke poner continuara x ke
    npo hay otra pagina y keda feo entendes¿
    contestam a mi msn
    chau

  23. cocichu Dice:

    chuç

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