Canción de terror: Sara Poseída

Febrero 27, 2007

(Para los que pedíais algo “perverso” con urgencia. Cómo sois, de verdad.)

satan

Sara era una chica aburrida,
sosa, triste y normal,
pero una noche fue poseída
por el mismísimo Satán.
Y desde aquel preciso instante
su vida se hizo alucinante.

Levitaba con soltura por encima de su cama
mientras desgarraba las costuras del pijama.

Hablaba en lenguas muertas, en latín y en arameo,
a sus compañeras y amigas del recreo.

Si en alguna ocasión encontraba un crucifijo
de inmediato entre sus piernas le daba cobijo,

y a su madre le decía con voz de lija:
“mira lo que hace la perra de tu hija.”

En la misa profería groseras herejías
que ponían en duda la virginidad de María.

Un cura intentó practicarle un exorcismo
y Sara vomitó sobre su catecismo.

Quemó las barbies y compró una tabla ouija,
que ella ya no era ninguna niña pija.

En clase de filosofía se desnudó:
“dios está muerto, ¿y usted, profesor?”

Y a los chicos de su clase, Sara les decía:
“¡quietos todos, la cerda es mía!”

Las yagas purulentas y los verdes esputos
se pusieron de moda en el instituto,

y ahora todas las chicas de secundaria
quieren que el Diablo las tome de becarias.

“Mamá, de mayor no seré bailarina;
yo, como Sara, quiero ser poseída.”


Polvo

Febrero 26, 2007

Polvo seré, mas polvo enamorado

Quevedo

polvo

Esta ciudad, que es las afueras de un cementerio, tiene en el aire una finísima nube de polvo en suspensión.
De polvo enamorado.

De ahí el asma de los viven aquí, que cuando se enamoran se quedan sin aliento, con esa respiración inquieta.


Hadas

Febrero 25, 2007

hadas

A principios del siglo XX, Sir Arthur Conan Doyle, el novelista que había inventado a Sherlock Holmes, estaba escribiendo un tratado sobre criaturas fantásticas cuando recibió una carta en la que le decían que unas niñas habían conseguido fotografiar hadas en un bosque. Esta era una de esas fotos. Conan Doyle estaba convencido de que eran auténticas y envió las imágenes a varios expertos para que las estudiaran. No encontraron en ellas ningún truco fotográfico.

Fueron unas fotos muy discutidas y polémicas. Muchos, además de Conan Doyle, estaban convencidos de que esas imágenes probaban la existencia de hadas más allá de toda duda.

Cien años después, una fotografía de un hada sólo probaría que el autor tiene instalado photoshop en su ordenador. Más allá de toda duda.


Canción de odio para Paul McCartney

Febrero 24, 2007

Esta es una canción del álbum “Imagine”, de Lennon. Se titula “How do you sleep” y con ella el autor de “All you need is love” deja las canciones de amor y hace una de odio. La letra (que intento traducir abajo) es un ataque virulento contra su ex-compañero de grupo Paul McCartney. Por si la cosa no fuera suficiente, Lennon encargó el intrincado solo de guitarra a otro de los antiguos colegas de Paul: George Harrison.

Así se las gastaban los “fab four” cuando se separaron después de una larga pelea legal.

Así que el Sgt. Pepper te cogió por sorpresa (1)
you better see right though that mothers’s eyes (¿alguien me ayuda a traducir este verso? ¿Ángela? ¿Tiene algún doble sentido?)
aquellos freaks tenían razón cuando dijeron que estabas muerto (2)
el único error que cometiste estaba en tu cabeza
cómo duermes?
cómo duermes por las noches?

Vives rodeado de conformistas que te dicen que eres el rey (3)
saltas cuando tu mami dice cualquier cosa (4)
lo único que hiciste fue Yesterday / lo único que hiciste lo hiciste ayer
y desde que te fuiste sólo eres Another Day / sólo eres otro día (5)
Cómo duermes?

Una cara bonita puede durar un año o dos (6)
pero muy pronto todos verán lo que puedes hacer
el sonido que consigues no es más que hilo musical
debiste haber aprendido algo en todos aquellos años (7)
cómo duermes?

#

(1) Lennon compuso las canciones musicalmente “revolucionarias” del álbum Sgt. Pepper, pero en todo caso no creo que pillara por sorpresa a Paul.
(2) Se refiere a la leyenda urbana de que Paul había muerto en un accidente de coche. Un verso especialmente cruel.
(3) McCarntey se rodeó de algunos aduladores que le convencieron de que, ya que John iba a disolver The Beatles, él debía sacar cuanto antes un disco en solitario y demostrar su valía. Aquel primer disco de Paul fue un rotundo fracaso de crítica. Mientras, en aquella época John sacó… Imagine. Y las comparaciones destrozaron a Paul.
(4) Por “mami” parece refierirse a Linda McCartney, la esposa de Paul, aunque lo cierto es que a quien John llemaba “mami” era a Yoko Ono. El propio John dijo que parte de esta canción era una reflexión sobre si mismo. Tal vez este verso lo sea.
(5) Juego de conceptos de John. Yesterday es la célebre canción que Paul escribió con los Beatles. Another Day es una canción que compuso en solitario… y que era francamente mala.
(6) Paul era “el guapo” del grupo.
(7) Obviamente se refiere a los años que Paul compuso con él.

Antes de morir, John declaró estar arrepentido de haber grabado esta canción (que además tampoco es muy buena que digamos), y cuando le preguntaron en una entrevista sobre lo que significaba la amistad para él, dijo: “en mi vida sólo he tenidos dos amigos. Yoko y Paul.”


Cuento de terror: Una muñeca exclusiva

Febrero 23, 2007

(Este es un relato de terror para niños -siempre he creído que los cuentos de hadas son los más aterradores-, pero como por ahora no lo va a leer ningún niño, a ver si os gusta a vosotros).

muñeca2

Ana tenía una pequeña muñeca de trapo a la que llamaba Perla. Era una muñeca simple, incluso anodina, pues no había nada en ella que, a primera vista, llamara la atención. A Ana no le gustaba nada aquella muñeca, pero sus padres no tenían dinero parar comprarle otra, así que, muy a su pesar, tenía que jugar con Perla.
“La odio”, les decía a sus padres. “Es una muñeca vulgar y aburrida.”
Perla se sentía muy infeliz cuando oía aquellas palabras, pero quería tanto a su dueña que siempre la perdonaba. Se decía a sí misma: ‘seguro que algún día Ana también me querrá a mi; sólo tengo que esperar’.

Un día, Ana invitó a unas amigas a su casa y todas sacaron sus muñecas para jugar. Pero en cuanto vieron a Perla, las niñas se echaron a reír.
“¡Qué muñeca tan fea!”, dijo una. “Tiene una cara sosísima, y no tiene vestidos de noche exclusivos, ni un peinado exclusivo, ni unos zapatos exclusivos.”
“Es súper normal”, dijo otra. “O sea, ¡es casi anti fashion!”
“Por el amor de Dior”, dijo la tercera mirando a Ana, “qué horror tener una muñeca que no es exclusiva, ¿no?”

Ana estaba terriblemente avergonzada. Veía las muñecas de sus amigas, todas con sus ropas exclusivas, sus rizos exclusivos y sus complementos exclusivos… y, mientras, ella tenía que conformarse con Perla.
Estaba harta, así que, aquella misma noche, Ana se metió en la cama y esperó a que su madre acudiera a darle el beso de buenas noches para decirle:
“Mamá, ya no puedo más. Quiero que me compréis una muñeca nueva. Una que sea fashion y cool, como la de mis amigas. Una muñeca exclusiva.”
La madre de Ana la vio tan decidida que tuvo que ceder:
“De acuerdo, hija, buscaremos una de esas muñecas que dices.”

Al oír aquello, Perla se sumió en una tristeza de trapo. Se pasó toda la noche despierta pensando en qué sería de ella cuando Ana tuviera una nueva muñeca y se deshiciera de ella. Aunque Ana siempre la trataba con desprecio, Perla la adoraba. La quería con toda su felpa.
Y de pronto, cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, Perla tuvo una idea.
Caminó hasta el escritorio de Ana y se encaramó al panel de corcho en el que la niña colgaba sus dibujos.
‘Si quiere una muñeca exclusiva, tendrá una muñeca exclusiva’, se dijo.

Arrancó del corcho cinco chinchetas y las usó para hacerse… ¡piercings! Piercings en los labios, en las dos orejas y en las dos cejas. Cuando terminó, bajó del escritorio y fue a mirarse al espejo del ropero. Estaba satisfecha. Su aspecto era ahora absolutamente fashion. Absolutamente exclusivo.
Perla se acostó de nuevo en la cama e imaginó lo que sucedería a la mañana siguiente cuando Ana la viese. ¡Una muñeca con piercings!
‘Sin duda gritará de emoción al ver lo exclusiva que soy ahora’, se dijo la muñeca. ‘Y ya no pensará en deshacerse de mi. Tal vez incluso empiece a quererme. ¡Oh, eso sería fantástico!’

Pero lo que sucedió a la mañana siguiente fue algo para lo que ni siquiera Perla estaba preparada. Ana se despertó y, al abrir los ojos, no vio a su muñeca. Ni tampoco gritó de emoción. Porque Ana se había despertado muda, sorda de los dos oídos y ciega de los dos ojos.

Así fue como la niña descubrió que su muñeca siempre había sido la más exclusiva del mundo, pues era nada menos que una muñeca vudú. Y desde aquel día jamás se separó de ella. Es más, durante el resto de su vida trató a Perla con sumo cariño, mimándola como nadie había mimado nunca a una muñeca, porque sabía lo que podría pasarle si Perla sufría algún daño.

FIN


Gilipollas egregio

Febrero 22, 2007

aznarAznar con un micrófono es como un ciego con una pistola. Supongo que todos habréis oído sus declaraciones de hace unos días, pero si no, aquí va lo que dijo o, más bien, lo que evacuó: “Todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva y no las había. Yo lo sé ahora. Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes. Cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía.” (Podéis oírselo de su boca en esta entrada del blog de Ángela).

Que digo yo, José María, que vale que no respetes a los demás, pero tío, al menos respétate a ti mismo, ¿no? Venga. Por favor. Haz un esfuerzo y recupera el control de tu esfínter mental.

Y es que sólo un auténtico gilipollas sin fronteras podía decir una gilipollez como esa. Una gilipollez universal, histórica e internacional. Una gilipollez tan perfecta que consigue, a la vez, insultar al que la oye, provocarle vergüenza ajena y hacerle sentir listísimo por unos segundos. Una obra maestra. El Acorazado Potemkin de la gilipollez.

¿Hay alguna otra gilipollez planetaria -de Aznar o no- que se os venga a la mente?


Cuento de terror: La Trama

Febrero 21, 2007

camisadefuerza“Jamás le he visto”, le dijo al psiquiatra, “pero sé que está ahí y que me utiliza. Me maneja a su antojo como si yo fuera una marioneta, y no puedo negarme a obedecerle. Todo lo que hago y lo que digo es cosa suya. ¡Todo!”
“Ponme algún ejemplo”, dijo el doctor.
“¿Ejemplos? Me duermo cuando él quiere que me duerma. Me despierto cuando él quiere que me despierte. Hablo cuando él quiere que hable.”
“¿Ahora mismo también, mientras hablas conmigo?”
“¡Sí! ¡En todo momento! Está dentro de mi cabeza, doctor. No, peor aún: está en todas partes. Porque no sólo se trata de mi. Lo hace con todos. Incluso con usted. Nos utiliza a todos.”
“Ahá.” El psiquiatra carraspeó. “Y ese hombre… ¿habla contigo? ¿Oyes su voz en tu cabeza?”
“No. Nunca se dirige a mí.”
“Entonces, ¿cómo se las arregla para imponerte lo que tienes que hacer y que decir?”
“Lo hace en absoluto silencio. Un silencio espantoso, doctor. No quiere que yo sepa que está ahí, pero yo lo sé. Sé que está ahí y que todo lo que me pasa forma parte de algo que… de algo que está tramando.”
El psiquiatra tomó algunas notas antes de continuar.
“¿Y qué es lo que trama ese hombre exactamente?”, preguntó.
“No estoy seguro, pero sea lo que sea, yo estoy justo en el medio.”
“Comprendo.”
El paciente sollozó.
“Ayúdeme, doctor, por favor.”
“Todo saldrá bien, no se preocupe.”
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide.

Esto sucedía mientras yo, en absoluto silencio, anotaba en el blog:
“Entonces… ¿me ayudará?”
El psiquiatra asintió y firmó una orden de internamiento bajo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide
.

FIN


Leyendas urbanas

Febrero 20, 2007

leyenda

Hace unos días, las Rubias contaban un par de fascinantes leyendas urbanas que circulan por el lugar donde viven. Me llamó especialmente la atención la historia del “tapado”, que según narran las Rubias era un hombre que sólo salía de su casa por las noches y siempre cubierto con capa y sombrero. Unos decían que lo hacía porque su rostro estaba desfigurado, y otros aseguraban que era un noble español que no deseaba ser reconocido.

Hay muchas historias como estas. Pequeños relatos que, basados originalmente en algún suceso real, corren de boca en boca y van modificándose hasta convertirse en leyendas urbanas.

Yo os cuento una que me contaron a mi.

Según me dijeron, en mi ciudad vivía no hace mucho una experta bruja que conocía todos los secretos de la magia. Y practicaba tanto la magia blanca como la magia más negra. Hacía curaciones milagrosas, echaba males de ojo, componía filtros de amor e incluso adivinaba el porvenir. Conocía todas las diciplinas de la nigromancia y el ocultismo. Un día la bruja recibió la visita de un hombre culto y escéptico que quiso ponerla a prueba con un desafío.
“Quiero ver a Dios”, le pidió. “¿Puedes conseguir eso?”
La bruja hizo un conjuro y le dijo:
“Cuando cruces la puerta de mi casa, verás a Dios.”

El hombre salió de la consulta, bajó unas escaleras y al fin franqueó la puerta de la casa de la bruja. No se sabe qué vio, pero lo que sí se sabe es que lo encontraron días después vagando por las calles completamente enajenado. Tenía el pelo encanecido, al parecer a causa de un fuerte shock nervioso, y era incapaz de articular palabra. Acabó ingresado en un psiquiátrico y nunca recuperó el habla ni pudo decir a nadie cómo era estar cara a cara con Dios.

#

Y bien, ¿vosotros conocéis alguna leyenda urbana intrigante o curiosa? ¿Me la contáis?


Amar a Emma

Febrero 20, 2007

chicasobrenegro

Emma es una chica pálida y flaca,
las piernas huesudas como dos estacas.
Tiene una costumbre ciertamente sombría
pues colecciona libros sobre hechicerías.

Con un muñeco de trapo y unos alfileres
disfruta en su cuarto de privados placeres,
y sabe hacer cosas realmente pasmosas,
como tragarse gusanos y escupir mariposas.

Todos saben que Emma viste de luto,
incluso en las fiestas del instituto.
“¿Y quién se ha muerto?”, pregunta la gente.
“Aún nadie”, responde, “no seáis impacientes”.

De los dos chicos con los que ha salido
uno cayó enfermo con severos sarpullidos,
y el otro, el segundo, que osó darle un beso,
acabó con la lengua llena de abscesos.

A pesar de todo yo estoy enamorado
de sus ojos turbios y sus labios morados.
Le dije: “Emma, mi amor, te doy mi corazón.”
Repuso: “pónmelo en un frasco lleno de formol.”


Bush canta Imagine

Febrero 19, 2007

Aquí tenéis un trabajo espectacular de montaje y de edición de sonido. Aunque parezca mentira, es George W. Bush cantando Imagine, ese himno pacifista y filoanarquista, en un remix escalofriante.

Alguien con un ordenador ha conseguido que el tonto útil de la Casa Blanca se convierta en una inteligente marioneta de la ficción. ¿Imaginas?


Noche de carnaval

Febrero 18, 2007

(Aquí va un pequeño y brevísimo cuento de terror. Os deseo un buen carnaval, sobre todo a aquellos a los que os guste disfrazaros).

carnaval

La noche de carnaval salió con unas amigas, todas disfrazadas de apaches como una tribu, y juntas recorrieron los pubs del centro bebiendo agua de fuego y bailándole a las lluvias del porvenir.

Acabaron en un after hours. Eran las cuatro de la madrugada y la noche ya empezaba a ponerse espesa.
“Una más y me voy a casa”, dijo.
Fue a pedir la última copa y, mientras esperaba a que se la sirvieran, aquel chico se le acercó y se acodó en la barra junto a ella. Era muy guapo. Alto, moreno, y con unos ojos claros en los que era imposible no perderse, como un manglar en verde y miel.

Todo fue muy rápido. Charlaron susurrándose al oído con la excusa de que la música estaba demasiado alta, y en cuanto apuraron las copas que tenían en la mano salieron juntos del pub. Ella, ebria y apache, le agarró de la mano y le invitó a subir a su apartamento.

Fue allí cuando, espantada, descubrió que los colmillos postizos que él llevaba no eran postizos. Y que su disfraz de vampiro no era un disfraz.

“De hecho”, dijo él. “Esta es la única noche del año en la que no me tengo que disfrazar”.

Y se sumergió en su cuello de india.


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Desenlace)

Febrero 16, 2007

(Aquí está el desenlace de este cuento de terror macabro. Las dos partes anteriores están aquí: “Un nombre escrito en la pared (Parte 1ª)” y “Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª) .

manos

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello. Un chorro de sangre tibia le golpeó con fuerza en la cara y, acto seguido, Salgado cayó de rodillas bajo el dintel y se llevó las manos al cuello tratando de sacarse el cuchillo. Arturo se quedó inmóvil, hipnotizado por el braceo agonizante de Salgado. Al fin el hombrecillo logró agarrar el puñal y tiró de él con sus escasas fuerzas, pero lo único que logró fue que el corte se abriera de par en par. La sangre empezó a manar a borbotones y le inundó la garganta y la boca. Dio una última bocanada de aire y se desplomó.

Al verle muerto, Arturo salió del trance y reaccionó. Empujó el cadáver hacia el interior del piso, cerró la puerta y salió de allí a toda velocidad.
El camino de regreso fue confuso y agitado como un duermevela. Las calles, los coches aparcados y los carteles publicitarios parecían irreales. Atrezzo para un asesinato.

Cuando entró de nuevo en su casa, se precipitó al cuarto de baño para lavarse la sangre que aún tenía pegada a las manos y al rostro. Su expresión estaba desencajada de miedo, un miedo nuevo y que jamás había podido imaginar: miedo a sí mismo.
Arturo se enjabonó la cara con tanta fuerza que casi se hizo daño, y mientras se enjuagaba vio cómo el agua corría encarnada y culpable hacia el desagüe. Aquella imagen le estremeció, pero, al levantar la vista y mirarse en el espejo, su expresión de horror cambió por completo. Su mirada se calmó e incluso llegó a sonreír. Lo había logrado. El reflejo de Landesa ya no estaba allí, y el espejo le mostraba a él solo, libre por fin.

Salió del baño y recorrió la casa. Cuando comprobó que el nombre de Samuel Salgado había desparecido de todas las paredes, el asesino tuvo una vergonzosa sensación de alivio.

#

Una semana después de haber matado a Salgado, Arturo había retomado su rutina y había terminado de decorar la casa. El vacío catedralicio de la vivienda había dado paso a algo parecido a un hogar, una casa con nombre y apellidos.

Se sentía bien. No es que hubiera olvidado su crimen, pero, para su sorpresa, el recuerdo del asesinato empezaba a ser brumoso, como si su memoria quisiera perdonarle.

Aquella noche Arturo estaba sentado en el salón oyendo la radio. Sonaba el nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin cuando, de pronto, su móvil empezó a parpadear. Descolgó.
“¿Dígame?”
“Hola”, dijo una voz de hombre al otro lado. “¿Es usted Arturo Novoa?”
“Sí, soy yo.”
“Verá, no sé si esto tiene algún sentido para usted, pero hace poco que me mudé a la calle del Pez número 11 y…”
A Arturo se le cortó la respiración.
“¿Y qué?”, preguntó ansioso.

“Que ha aparecido su nombre escrito en mis paredes, señor Novoa.”

FIN


Mike Alfa Sierra

Febrero 16, 2007

telegraph2

Llevo tres meses con el blog. Y en este tiempo van 190 posts, 2.500 comentarios y 32.000 visitas. Eso no son más qué números. Ruido de números. Pero detrás de él está lo verdaderamente importante: un puñado de personas que no habría podido conocer de ninguna otra forma. Y todos contándonos cosas unos a otros, sin vernos, como radiotelegrafistas desde nuestras cabinas.

Mantened las líneas abiertas, por favor.

Golf Romeo Alfa Charlie India Alfa Sierra


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared (Parte 2ª)

Febrero 15, 2007

cuchillo

(Esta es la segunda parte del cuento que comenzó aquí.)

“Mátalo”, insitió la voz.
Arturo se repitió a sí mismo que aquello no podía estar sucediendo. Desenchufó la radio dando un brusco tirón al cable y salió del salón a toda prisa. Pero lo que se encontró al otro lado de la puerta confirmó que aquello sí estaba sucediendo. Todas las paredes, absolutamente todas, mostraban el nombre de Samuel Salgado en enormes letras rojas. La casa había perdido aquel vacío solemne y blanquísimo y ahora parecía un cuerpo cuajado de llagas.

Aquella noche, Arturo tuvo que dormir con el nombre de Samuel Salgado goteando sobre el cabecero de su cama, y apenas pudo conciliar el sueño. La imagen adusta del abogado Landesa parecía intoxicar sus sueños como un veneno. A la mañana siguiente salió temprano de casa y se dirigió a una tienda de decoración.
“Quiero pintura blanca”, dijo al dependiente.
“¿Cuántos litros?”
“No lo sé. Muchos.”

Comenzando por el salón, Arturo se dispuso a pintar todas las paredes de la casa. Sus brochazos, crispados y nerviosos, fueron sepultando el insistente nombre de Samuel Salgado bajo una capa de pintura nívea y brillante.
Cuando por fin acabó de blanquear la última habitación estaba exhausto. Estaba cubierto de sudor mezclado con salpicaduras de pintura, así que se fue al baño para lavarse. Se agachó sobre el lavabo para enjuagarse el rostro, y cuando se incorporó de nuevo y se miró en el espejo, le vio. El abogado Tomás Landesa estaba allí, reflejado justo detrás de él, mirándole con severidad. Arturo sintió que el corazón se le atravesaba en la garganta. Muy despacio, como si temiera lo que estaba a punto de suceder, salió del baño y echó un vistazo al pasillo.

“No, por favor”, murmuró al ver que el nombre de Samuel Salgado había vuelto a aparecer escrito en rojo sobre la pintura blanca.

Las siguientes jornadas fueron un calvario para Arturo. De nada servía pintar los muros o incluso cubrirlos con papel o con telones. El nombre de Salgado volvía a brotar y sus letras goteaban como heridas abiertas tiñendo la casa de encarnado. Pero eso no era lo peor. No. Lo peor era que cada vez que Arturo se ponía frente a un espejo, un azulejo o un cristal, su reflejo aparecía acompañado por la imagen fantasmal de Landesa, siempre junto a él, mirándole fijamente con el ceño fruncido.

Después de dos semanas conviviendo con aquel horror, Arturo ya no pudo más y decidió ponerle fin. Se sentó en el sofá del salón, aquel sofá que ahora era como una isla en medio de un océano ulceroso, y enchufó el receptor de radio. Tras unos segundos de ásperas interferencias, lo escuchó.
“Mátalo”, murmuró la voz del abogado.
“Si lo mato”, susurró Arturo, “¿te irás?”
“Para siempre.”
Arturo tragó saliva.
“Será un asesinato”, balbuceó.
“No. Será justicia.”

#

No tardó mucho en localizar el paradero de Samuel Salgado. Vivía en la calle del Pez número 11, en un edificio de una sola planta. Sin vecinos.

Cuando cayó la noche, Arturo ocultó su rostro bajo una gorra, se puso unos guantes y, con un temor reverencial, metió un cuchillo en el bolsillo. Cuando se plantó ante el portal del número 11 de la Calle Pez vio ante sí un buzón con el nombre de Samuel Salgado. Al leerlo en letras de molde, tan terriblemente limpias, sintió que le sobrevenía una arcada. Sabía que lo que iba a hacer era un crimen injustificable, por mucho que el fantasma de Landesa lo viese como una ejecución. Pero también sabía que no se libraría del espectro hasta que no cumpliese su deseo.

El portal estaba entornado. Arturo franqueó la puerta y subió las escaleras muy despacio. Las piernas le temblaban y a punto estuvo de venirse abajo pero se recompuso y siguió adelante. Al llegar a la puerta del piso tomó aire y llamó con los nudillos. Tras los segundos más largos de su vida, la puerta se abrió y Arturo vio bajo el dintel a un hombrecillo grueso y bajito con los ojos saltones.
“¿Sí?”
“¿Eres…?”, a Arturo se le atragantaban las palabras. “¿Eres Samuel Salgado?”
“Sí”, respondió el otro con gesto extrañado.
“Vengo de parte de Tomás Landesa.”
El hombrecillo se quedó petrificado.

“¿Landesa? Por Dios… Esta pesadilla no se acabará nunca.”

Arturo sacó el puñal del bolsillo y con un movimiento rápido, casi histérico, se lo clavó en el cuello.

(Continuará… en una tercera y última parte)


Cada mañana

Febrero 15, 2007

Como cada mañana se despertó preso del entusiasmo. ‘Tal vez hoy sea el día’, se dijo a sí mismo mientras saltaba de la cama de un brinco. ‘¡Sí! ¡Tal vez sea hoy!’ Y se lanzó apresuradamente por el pasillo como quien se lanza por el sendero de losas amarillas. Pero entonces entró en el baño, y una vez allí, frente al espejo, se acabó todo. Como cada mañana.

‘Mierda’, maldijo mientras escrutaba el reflejo de su rostro. ‘Joder… Sigo siendo yo.’


Tarjeta de San Valentín

Febrero 14, 2007

capone

El 14 de febrero de 1929, día de San Valentín, Al Capone hizo matar a siete hombres de una banda rival en un garage de Chicago. El autor de los disparos fue Jack “Machine Gun”, amigo de Capone y famoso por ser el asesino más despiadado de la ciudad. Todo el mundo sabía quién estaba detrás de la matanza, pero nadie fue acusado ni investigado. Los amigos que Capone tenía en la policía y el departamento de justicia hicieron bien su trabajo.

Tal vez, y digo sólo tal vez, horas más tarde de la matanza Capone enviaba tarjetas de San Valentín a las siete novias de los siete muertos. Y tal vez con este texto:

En esta ciudad te puedes enamorar de dos clases de hombres: de mis amigos o de los que mueren. Elige mejor la próxima vez. Atentamente, Alphonse Capone, en el Día de los Enamorados de 1929. Chicago.


Cuento de terror: Un nombre escrito en la pared

Febrero 14, 2007

(Este es otro cuento macabro y gótico. Es una historia de venganzay de culpa.)

sangre

Era una casa amplia y de techos altos, imponente y vetusta, y al caminar por sus pasillos la madera del suelo crujía como los huesos venerables. De estilo colonial, todas sus puertas remataban en arco y sus paredes y molduras de escayola estaban pintadas de un blanco resplandeciente. Vacía como estaba, tenía un cierto aspecto clínico de pabellón de reposo. El agente inmobiliario carraspeó:
“Verá, debo advertirle que en esta casa se produjo un crimen.”
“¿Un crimen?”, preguntó Arturo con más calma de la que el agente esperaba.
“Sí, señor. Aquí vivía el abogado Tomás Landesa. Fue asesinado en este mismo salón.”
Arturo echó un vistazo a su alrededor.
“¿Quién lo mató?”
“No se sabe. La policía aún no ha encontrado al culpable y, la verdad, ya no creo que lo encuentren.” Volvió a carraspear. “Le digo esto porque hay gente que… rechaza el piso por ese motivo”.
“Pues yo no”, zanjó Arturo con resolución. “Nunca he sido supersticioso, y este piso es justo lo que estaba buscando. Me lo quedo.”
Tres días después había concluído la mudanza, aunque aún quedaban algunas cajas de libros desperdigadas por los pasillos. Arturo había instalado pocos muebles, y la casa aún conservaba sus aires de vacío solemne.

Aquella noche, Arturo leía sentado en el único sofá del salón, justo en el centro, como una isla en un océano enyesado. Una lámpara de pie iluminaba su lectura y un aparato de radio apoyado en el suelo le acompañaba con el sonido del Nocturno número 2 en mi bemol mayor de Chopin. Arturo pasaba las páginas de un periódico. Se había hecho con un diario atrasado en el que se consignaba la muerte de Tomás Landesa en aquella misma casa, y la noticia le producía una mezcla de curiosidad y repulsión. En la foto que acompañaba el artículo, el abogado Landesa aparecía en una imagen de archivo con su rostro hirsuto, el pelo cano cuidadosamente peinado hacia atrás y unas lentes redondas y pasadas de moda. El titular indicaba que el asesino de Landesa se había ensañado con una brutalidad aterradora. El cadáver presentaba veintitrés puñaladas, y, según la policía las paredes del salón estaban teñidas de escarlata.

Arturo estudiaba con detenimiento la foto del rostro de Landesa cuando, de pronto, una corriente de aire atravesó la habitación y el periódico se erizó entre sus manos. Levantó la vista para comprobar si había alguna ventana abierta, pero sus ojos se desviaron de inmediato a la pared que tenía frente a él. No podía creer lo que veía. Sobre la pintura blanca habían aparecido dos palabras escritas con enormes letras encarnadas. Era un nombre.

“Samuel Salgado”.

Ocupaban la pared desde el techo hasta el suelo y goteaban como si la pintura aún estuviera fresca. Aunque lo cierto es que no parecía pintura.
Arturo sintió de nuevo aquella corriente de aire frío que le helaba la sangre y que parecía salir de ninguna parte, pues la puerta del salón y las ventanas estaban perfectamente cerradas.

“¿Hay alguien ahí?”, preguntó dirigiéndose al vacío.

El sonido de la radio vaciló un instante y el nocturno de Chopin dio paso a un sonido áspero y agudo de interferencias. Emergiendo de las profundidades eléctricas de aquellos ruidos, Arturo oyó una voz cavernosa.
“Necesito que me ayudes”, dijo un hombre entre jadeos, como si le costara hablar.
“¿Q-qué es esto? ¿Quién es?”
La radio volvió a crepitar.
“Búscale.”

La corriente de aire aumentó súbitamente de intensidad y una de las ventanas del salón se abrió de golpe. Arturo vio que en el cristal se reflejaban dos figuras. Una de ellas era él mismo, sentado en el sofá, lívido. La otra figura era la de un hombre que estaba de pie junto a él. Arturo miró de reojo a su derecha, pero no vio a nadie. Aquel hombre sólo aparecía en el cristal. Tenía el pelo blanco y gafas redondas, y no había duda de que se trataba del difunto Tomás Landesa. La imagen reflejada del abogado movió los labios, pero su voz no brotó de ellos, sino del receptor de radio. Y esta vez Arturo oyó sus palabras con absoluta claridad.
“Samuel Salgado es el hombre que me mató.”
“Esto no puede estar pasando”, dijo Arturo en voz alta, y negó con la cabeza como si quisiera exorcizar aquella pesadilla. “No es verdad.”

“Búscale”, crujió la voz a través de la radio. “Búscale… y mátalo.”

(Continúa aquí).


La soledad dental

Febrero 13, 2007

raton

Fue una revelación tan súbita como dolorosa. Cuando se le cayó un diente, el ratón Pérez se dio cuenta de que estaba solo.

(Y con aquella odontalgia existencial).


Nuestro lado oscuro

Febrero 13, 2007

vader

Después de postear el cuento “Las cuentas del conejo pardo“, que reconozco que era un tanto perverso de intención, Ángela y las Ruvis han dicho de mi que soy “malvado”. Puede ser. Pero yo estoy convencido que, al menos en algún momento, todos los somos.

Sí. Creo que todos tenemos un lado oscuro, un Darth Vader oculto en nuestro interior. Y para demostrarlo me gustaría hacer un experimento que consiste en que todos, aquí, dejemos hablar a nuestro reverso tenebroso para que le dé un poco el aire y a ver qué pasa.

Os lo explico: sugiero que en los comments a esta entrada os atreváis a contar lo más vil, oscuro, terrible e inconfesable que hayáis hecho. Es decir, que le sacudáis el polvo a ese hijo de puta que todos llevamos dentro. Ya veréis, seguro que es muy catártico y terapéutico.

Y, para que nadie salga mal parado de esta experiencia, no firméis con vuestro nombre habitual, sino con un seudónimo. De hecho, para garantizar que tampoco yo pueda identificaros (mi curiosidad podría vencerme) lo mejor es que el campo de “e mail” lo cubráis con una cuenta de correo falsa tipo nadie@nadie.com. Una vez garantizado el anonimato, dejad que hablen vuestros recodos sombríos y… confesad vuestra perfidia. Naturalmente, yo también entraré en los comments usando un alias.

Adelante, skywalkers.


Las cuentas del conejo pardo (variación oscura sobre Beatrix Potter)

Febrero 12, 2007

Este fin de semana fui a ver Miss Potter y después leí varios cuentos de la biografiada, la escritora infantil Beatrix Potter. Aquella mujer era cursi, moralista (bienintencionada) y narrativamente pobre, pero desde luego tenía un mundo propio. Y me pregunté qué pasaría si me metiera en ese mundo suyo de conejitos y moralejas e hiciera un cuento… a mi modo. Vale. Aquí va:potter

Érase una vez un conejo pardo llamado Tristán que vivía en un bosque de pinos cercano a una granja. Tristán era profesor de matemáticas en la escuela del bosque, y entre sus vecinos tenía fama de ser terriblemente huraño. No es que tuviera mal carácter, sino que le gustaba la soledad y vivir a su aire, encerrado en su madriguera y haciendo complicados cálculos y ecuaciones.
“¿Cómo es que te gustan tanto los números?”, le preguntaban.
“Porque siempre puedo contar con ellos”, respondía.

Todos pensaban que era un conejo un poco raro, pero a Tristán no le importaba nada lo que los demás pudieran pensar de él, porque era un conejo feliz. O al menos lo era hasta que, aquella primavera, recibió una carta de su primo Algodón en la que le anunciaba que iría a verle para pasar juntos el verano. ¡Qué fastidio! Tristán no soportaba a su primo, al que apodaba El Imbécil. Y es que Algodón era todo lo contrario a él: era sociable, hablador y muy presumido, pero, sobre todo, era imbécil, y Tristán le aborrecía. Pero claro, tendría que aguantarlo porque, al fin y al cabo, eran parientes.

En cuanto Algodón llegó, perturbó la paz de la madriguera de Tristán y se dedicó a darle la tabarra:
“¡Vamos a la fiesta en el Roble Hueco, Tristán!”, gritaba con su voz chillona.
“No me apetece”, respondía Tristán mientras resolvía una ecuación.
“¡Pues vamos al lago a conocer conejitas!”
“Tampoco me apetece”, replicaba Tristán mientras despejaba una raíz cuadrada.
“Desde luego, primo Tristán, eres muy aburrido. ¡No me extraña que todo el mundo hable mal de ti! ¡Todo el día con esos estúpidos números! No entiendo cómo es que te gustan tanto.”
“Porque siempre puedo contar con ellos.”

Una mañana, Tristán se hartó de tener a su primo molestando en casa y salió de paseo con él. Atravesaron un estrecho camino por el bosque y llegaron a un terraplén que, para salvarlo, exigía que los dos se ayudaran a subir. Detrás estaba la carretera, y al otro lado la granja del Señor Ernesto, que tenía la mejor huerta que uno pudiera imaginar. Era el paraíso.
“¡Mira qué coles, Tristán! ¡Vamos a darnos un atracón!”
“Yo no voy”, dijo Tristán. “Cada día muere un conejo atropellado en esta carretera. Los números no fallan.”
“¡No seas cenizo! No pasa ningún coche.”

Decidido y hambriento, Algodón cruzó la carretera a toda velocidad y llegó al otro lado, a la huerta del Señor Ernesto.
“¡Vamos, Tristán, sígueme!”
“No pienso ir”, dijo Tristán, que seguía inmóvil al otro lado. “En esta carretera muere un conejo cada día.”
“¡Qué cobarde!”
Algodón volvió a cruzar la carretera y regresó junto a Tristán.
“¿Ves? No pasa nada. Vamos, cruza conmigo.”
Y de nuevo Algodón atravesó la pista de asfalto, pero al llegar a la huerta del Señor Ernesto se giró y se dio cuenta de que Tristán seguía sin moverse.
“¡Pero ven de una vez, primo Tristán!”
“No. No me atrevo.”
Y Algodón, desesperado, volvió a cruzar la carretera para ir a buscar de nuevo a su primo. Y entonces, BRUUUM, pasó un coche a toda velocidad y lo atropelló.

Fue entonces y sólo entonces cuando Tristán cruzó la carretera. Ya había un conejo muerto, y los números decían que no habría otro hasta el día siguiente. Caminando con mucha calma pasó junto al cadáver de El Imbécil, que había quedado reducido a un guiñapo de piel aplastada contra el asfalto. Silbando una alegre canción, llegó a la huerta del Señor Eernesto y se comió tres coles. Sólo tres, porque sabía que si se comía más, el Señor Ernesto lo notaría y pondría trampas contra conejos al borde de la carretera, con lo que el número de muertos aumentaría quizás a dos. Y Tristán no podía permitir que eso pasara, porque hasta aquel momento los números habían sido exactos: dos conejos para salvar el terraplén; el primero era atropellado y el segundo tenía tres coles… para él solito.

Tristán siempre había podido contar con los números. Y aunque esta vez sentía ciertos remordimientos por haber hecho cuentas con un pariente, el sabor de las coles lo compensaba todo.


Canción de halloween para perder el miedo

Febrero 11, 2007

gato

siempre me han gustado los fantasmas
y los mediums que vomitan ectoplasmas

(para estar a gusto
lo mejor es un susto)

cuervos negros y negros gatos
telarañas en el baño del orfanato
tijeras abiertas, heridas podridas
momias egipcias y niñas perdidas

(aquí me quedo
sintiendo miedo)

la mujer pantera metida entre rejas
sillas eléctricas de Houston, Tejas
los ojos sangrantes de los vampiros
fetos siameses, labios leporinos

(sin duda lo mejor
es temblar de pavor)

la unidad de quemados del hospital
leprosos bailando en carnaval
un zombi arañando la puerta de entrada
el aliento de un lobo resoplando en la cara

(nada agrada tanto
como un grito de espanto)

despertarse metido en un ataúd
un caníbal comiendo lenguas de pus
bajo las uñas clavar alfileres
murió la maestra, ya no hay deberes

(lo que más me anima
es lo que da grima)

un nido de arañas hirviendo en la almohada
el ahorcado que cuelga con la lengua morada
el sabor a saliva del hombre del saco
una jeringa inyectando amoniaco

(nada más volcánico
que un poco de pánico)


La imagen del terror

Febrero 11, 2007

tiburon

Esta es una ola de Troya, con todos esos soldaditos blancos de marfil. Y aunque no sé cómo termina la historia que se ve en esta foto, sin duda fue una guerra desigual, porque un bando estaba ahí por deporte y el otro… por hambre.

(Es como el chiste de la piraña en el bidé, sólo que a lo grande y sin gracia).


Escribir bajo presión

Febrero 10, 2007

Los Beatles estaban preparando su primera película y aún no tenían título para el film, así que celebraron una reunión para escogerlo y se decidieron por una frase de Ringo, un malapropismo o lapsus cómico de los que el batería solía cometer a menudo. Una vez decidido el título de la película, John y Paul, que eran a la vez amigos, colaboradores y rivales, se fueron a toda prisa cada uno a su casa. Ambos querían escribir una canción que llevara ese título, porque esa sería la composición estrella del film y, además, la cara A del primer single. Ganaría el que tuviera la mejor propuesta en menos tiempo. Fue un duelo de talento y de rapidez.

Ganó John. A las pocas horas regresó con ESTO:

Aunque la canción la escribió Lennon, McCartney canta una estrofa en el estribillo. La razón es tan simple como sorprendente: John no podía cantar esa parte de su propia canción porque no era capaz de alcanzar los agudos. Paul, en cambio, podía hacerlo de sobra y con tal comodidad que en esta versión en directo se permite alargar esa última nota para hacer gritar a las fans.
En fin. Vaya pareja.


Cuento de terror: El fabricante de ataúdes (Desenlace)

Febrero 9, 2007

Esta es la segunda parte, y última, del cuento que empezó aquí.

rio

Las dos noches siguientes, Luisito las pasó en vela. La pulmonía y las ganas de vivir le consumían por dentro, pero lo peor de todo era oír el murmullo de las oraciones que su madre rezaba en el salón. Sonaban a responso.
Además, por todo el pueblo corría ya el rumor de que el muerto sería él, Luisito, el niño que estaba siempre enfermo y con la muerte a mano.
“Mi más sentido pésame, señora Rosario”, le decían los vecinos a su madre. “Dígale al muerto que lo sentimos mucho.”
“De su parte.”
Nadie creía que el muerto pudiera ser Alberto, y muchos vecinos fueron a visitarle y a decirle que no se preocupara, que hay vivos que miden uno cuarenta y dos y que aquello era una mala coincidencia.

A Luisito, en cambio, no lo visitaba nadie porque da mal fario charlar con difuntos. Mejor. Así podía estar solo y pensar. Elaborar su plan.
Por fin, a la tercera noche llegó el momento. Por el valle soplaba un viento arisco y furioso, y hacía tanto frío que los cuervos se congregaban en las chimeneas para no morir congelados.
Lusisito esperó a que su madre se durmiera entre padrenuestros y, a eso de la una y media, salió de casa. Sólo llevaba puesto unos vaqueros y una camiseta, y tuvo que apretar los dientes con fuerza para que el frío no lo derribara.

Nada iba a detenerle. Cruzó el puente y se encaminó hacia la casa de Alberto. Era un edificio de dos plantas pintado de blanco y rodeado por un pequeño jardín de rosas que la señora Carmen mantenía siempre pulcro y bien cuidado. Las luces de la casa estaban apagadas. Todos dormían.
Luisito se apoyó en la verja que rodeaba el jardín y lanzó un silbido de llamada. Al poco, se encendió una luz en una de las ventanas de la primera planta y Alberto se asomó.
“Luis”, susurró mientras abría las contras. “Pero ¿qué haces ahí?”
“He venido a darte el pésame, Alberto.”
“¿Cómo que el pésame?”
“Mi pulmonía se ha curado por completo. ¿No me ves? En mi vida había estado tan sano. Así que supongo que tendrás que ser tú el que ocupe el ataúd.”
“Pero… Si estabas muy enfermo.”
“Y lo estaba. A punto de morir. Pero tuve una idea. Se me ocurrió cómo engañar al carpintero.”
“No puede ser”, dijo Alberto frunciendo el ceño. “Nadie puede engañar al carpintero”.
“Pues yo lo he hecho.” Luisito le saludó con la mano a modo de despedida piadosa. “Adiós, Alberto.”
Y echó a andar de nuevo hacia su casa. Cuando estaba cruzando el puente, oyó a lo lejos unos pasos que se aproximaban a toda velocidad hacia él. Respiró hondo y se volvió. Era Alberto, que llegaba corriendo y enfundado en una gruesa chaqueta de lana. Se detuvo ante Luisito y se apoyó sobre las rodillas mientras recuperaba el aliento.
“Dime la manera, por favor”, resoplaba. “Dime cómo engañar al capintero.”
Luisito se apoyó en la barandilla del puente. Por debajo, el río rugía erizado de espuma.
“No sé si decírtelo, la verdad.”
“Por favor, Luis”, suplicó. “Por favor”
“De acuerdo”, dijo Luisito. “Te diré cómo se hace.”
Y con un rápido movimiento estrelló un puñetazo en el rostro de Alberto. El golpe le dejó aturdido un segundo, lo suficiente para que Luisisto lo agarrara por la chaqueta y lo arrastrara por encima de la baranda. Necesitó de todas sus fuerzas, que eran escasas, para hacerle vencer el pasamanos y precipitarlo al vacío. Pero Alberto estiró los brazos justo a tiempo y logró agarrarse a la barandilla. Su cuerpo quedó colgando como un péndulo sobre las blancas fauces del río.
“¡Luis! ¡Por favor, no!”
“¿No querías saber cómo engañar al carpintero?”, dijo Luisito entre toses. “Pues se hace así.”
Y golpeó los nudillos de Alberto con todas sus fuerzas. Los mordió. Los arañó. Pero no se soltaba. Desesperado, miró a su alrededor y buscó un trozo suelto del adoquinado del puente. Lo sujetó con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza.
“Lo siento, Alberto. Es la única forma. No voy a esperar a que la muerte decida. Decido yo.”

Luisito estrelló el adoquín sobre las manos de Alberto. Pudo oír el crujido de sus dedos al romperse contra la baranda, seguido de un espantoso grito de dolor. El cuerpo de Alberto se desplomó y agua gélida del río se lo tragó de inmediato. Cuando salió a la superficie trató de bracear, pero era inútil. La corriente le arrastraría sin remedio y acabaría por escupirle en alguna orilla. Muerto.

Luisito regresó tiritando y abrazado a sí mismo para combatir el frío. Todos los fríos.

Cuando llegó al portal de su casa vio que enfrente, en la carpintería de Jorge, había luz. Se acercó despacio y echó un vistazo a través de la puerta, que estaba ligeramente entornada. El carpintero estaba rematando el ataúd de Alberto, y cuando le dio la última mano de barniz alzó la vista y vio al niño en la puerta.
“Pasa, Luis. No se puede andar por ahí con una pulmonía. Vas a ponerte aún peor.”
Había una estufa encendida junto a la mesa de trabajo y Luisito se acercó para calentarse. Temblaba y tosía sin parar.
“¿Tienes miedo a morir?”, preguntó el carpintero.
“Ese no es el mío”, repuso el niño señalando el ataúd con la mirada. “Sé que no es el mío.”
“¡Vaya! Es curioso que estás tan seguro de eso.”
“Lo estoy. ¿Sabe por qué?” Luisito le miró desafiante. “Porque le he engañado. Yo tenía que haber acabado en esa caja, pero ya no va a ser así. Ya no es mi ataúd.”
“Nunca lo fue”, dijo el carpintero. “Este siempre ha sido el ataúd de Alberto.”
“No intente mentirme. Era para mi.”
“No te miento, Luis.”
Jorge resopló y se secó el sudor de la frente.
“Esta va a ser una noche de mucho trabajo”, dijo. “Tengo que hacer otro ataúd antes del amanacer.”

El carpintero tomó un tablón, lo puso sobre su mesa de trabajo y lo cortó sin medirlo, como hacía siempre.

“¿Sabes, Luis? Apostaría mi vida a que mide uno cuarenta y dos.”

El rostro de Luisito se desencajó. Quiso decir algo, pero no pudo. La tos le impedía hablar.


Cuento de terror: Calabazas

Febrero 8, 2007

(Un cuento macabro, y esta vez no hay “continuará”. Empieza y acaba aquí.)

calabazas

Raúl llegó a casa cuando ya había anochecido. Entró en la cocina y al encender la luz vio un post it pegado al microondas que decía:

TE HE DEJADO LA CENA PREPARADA. TRES MINUTOS.

Giró el temporizador del horno hasta que señaló tres minutos y fue al baño a lavarse las manos. Mientras se enjabonaba se miró en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, le gustó lo que vio. Su rostro había recuperado la luminosidad perdida durante años de horarios, sábanas limpias y que pases un buen día. Ahora, a sus cuarenta y muchos, estaba más joven que nunca. De pronto pensó que tal vez aquella mejoría se le notara demasiado. ‘Bueno’, se dijo, ‘da igual, porque esto se acabó’.
Cuando se estaba secando las manos sonó su móvil.
“¿Sí?”
“Hola, cariño”, dijo ella al otro lado.
“Te he dicho que no me llames.”
“Ya. Pero Laura está de viaje, ¿no?”
“Sí, pero es igual.”
“Sólo llamaba para decirte que te quiero y que me ha encantado pasar todo un día contigo.”
“A mi también, mi amor.”
“¿Vas a hablar con Laura?”
“Sí.”
“¿Cuándo?”
“Cuando vuelva de su viaje. Le diré que quiero el divorcio. Esta situación ya no tiene el menor sentido y voy a ponerle fin de una vez.”
“Te quiero.”
“Y yo a ti.”

Raúl regresó a la cocina, abrió el microondas y sacó de su interior el plato de crema de calabaza que su mujer le había preparado. Cenó frente al televisor viendo un resumen de los partidos de la jornada mientras pensaba en cuál sería la mejor manera de afrontar el tema con Laura. Pero cuando ya estaba casi acabando el plato, la cuchara hizo un ruido extraño contra la porcelana. Había algo adherido al fondo, bajo la sopa. Extrañado, descubrió que se trataba de una pequeña funda de plástico fijada con papel celo. La despegó, la limpió con una servilleta y la abrió. Dentro había un papel doblado en varios pliegues. Una carta de Laura.

Querido Raúl:
Sé que me has mentido. Que me engañas. No importa cómo lo sé y no voy a cometer la bajeza de entrar en los detalles. Sólo quiero que sepas que lo que acabas de cenar era una sopa hecha con calabazas hervidas, cebolla, ajo y un coagulante sanguíneo.

Raúl sintió un escalofrío de horror y se levantó de la silla en un acto reflejo, pero al hacerlo notó los primeros efectos del coagulante que corría ya por sus venas. La sangre comenzaba a espesarse y los músculos no le respondían como debieran.

Sus ojos regresaron a la carta.

No voy a mentirte, Raúl: no morirás rápido. Puedes pedir ayuda, desde luego, pero no llegará a tiempo. Sí, ya sé que he dejado pruebas de mi culpabilidad. No creo que la policía consiga encontrarme, pero si lo hacen me dará igual. No podía aguantar más esta situación y necesitaba ponerle fin de una vez. Laura.

Raúl pensó rápido. Sabía que el dolor iría en aumento y no quería sufrir. Laura tenía razón: la ayuda no llegaría a tiempo y sólo prolongaría su agonía, así que no tenía sentido intentarlo. El dolor le daba más miedo que la muerte, siempre había sido así, y tuvo que asumir la certeza de que le dolería mucho y que aquel dolor conduciría inevitablemente a la muerte. No había tiempo que perder. Raúl se encaminó hacia su dormitorio lentamente, pero no porque no tuviera prisa, sino porque cada paso era un esfuerzo gigantesco, como si tuviera cemento secándose en las entrañas. Aún así logró llegar al armario de su cuarto, lo abrió y cogió una escopeta de caza de doble cañón. Parecía pesar diez toneladas. Cargó el arma con una lentitud exasperante, se puso de rodillas en el suelo y consiguió meterse el cañón en la boca.

Cuando iba a apretar el gatillo, ya no pudo moverse. Sus músculos se habían colapsado y se había quedado totalmente inmóvil. Tenía el dedo sobre el gatillo, pero era incapaz de pulsarlo.

Tendría que esperar allí, con la escopeta en la boca, a que el coagulante fuese apagando sus pulmones y le matase en una asfixia larga y dolorosa. Cerró los ojos. Lo único que quería era ponerle fin de una vez. Pero no iba a ser posible.