Esta es la quinta parte del cuento por entregas. Las anteriores las podéis encontrar aquí:
Una noche llena de sorpresas (Parte 1ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 2ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 3ª)
Una noche llena de sorpresas (Parte 4ª)
Los neumáticos chirriaron como un grito en mitad de la noche. Al girar la curva, el conductor del coche se había encontrado con un individuo en mitad de la calzada. No tuvo tiempo de reaccionar, y cuando pisó el freno ya era demasiado tarde. El estruendo de las ruedas contra el asfalto dio paso a un ruido seco cuando el hombre de pelo largo se empotró contra el parabrisas y salió despedido de nuevo contra la carretera.
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Cuando despertó estaba a punto de amanecer. Al abrir los ojos vio el rostro de un médico que le miraba con expresión de asombro. Estaba en un hospital.
“¿Me oye?”, dijo el doctor.
“Sí, le oigo”, respondió el hombre de pelo largo.
“¿Sabe lo que le ha pasado?”
“Me han atropellado.” No sentía dolor y supuso que lo habían sedado. “¿Estoy bien?”
“Sí, la verdad es que está bien, y eso es lo que no acabo de comprender. Verá, la cuestión es que… le hemos hecho algunas pruebas de rutina y… Hemos obtenido unos resultados inexplicables.”
“¿A qué se refiere?”
“Bueno… Usted está ahí, hablando conmigo después de un accidente realmente grave, pero no tiene usted ni un sólo hueso roto. Y, peor aún, su corazón, señor… su corazón no late.”
“¿Qué?”
En aquel momento, las primeras luces del día comenzaban a filtrarse perezosamente a través de los visillos. El hombre de pelo largo se volvió hacia la ventana y sintió una punzada de miedo. De pánico, más bien. Aunque no había nada en aquella habitación de hospital que pudiera hacerle daño. Al menos en apariencia.
El sol despuntó y los tenues rayos de luz se convirtieron en un resplandor que desbordó los visillos e iluminó la habitación. Ni el doctor ni su extraño paciente estaban preparados para lo que iba a ocurrir. Cuando la luz se reflejó sobre el hombre del pelo largo, su cuerpo reaccionó como si le estuvieran derramando aceite hirviendo. Le quemaba. Le abrasaba, haciendo que su piel se prendiese en llamas.
“¡Ayúdeme!”
El médico corrió en busca de auxilio y en pocos segundos llegaron varias enfermeras y personal de seguridad. Pero nadie pudo hacer nada. Tuvieron que quedarse allí, viendo cómo aquel hombre ardía bajo la luz del sol y quedaba reducido a cenizas.
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Aquella misma noche, cuando el sol se puso de nuevo, se oyeron ruidos en el bosque. Provenían del interior de un zulo bien oculto tras un saliente de roca. En su interior, el hombre pelirrojo se movía bajo la pila de piedras que le habían sepultado. Tardó en lograrlo, pero al fin consiguió abrirse camino entre los escombros y pudo sacar los brazos, después la cabeza, y por fin el resto del cuerpo.
‘¿Cómo es posible?’, se dijo a sí mismo mientras trepaba hasta la boca del zulo. ‘¿Cómo es posible que no haya muerto? Ellos no me mordieron. Nos dejaron intactos a los dos.’
Salió del agujero como un buceador que emerge a la superficie en medio de una tormenta.
“Hola”, dijo una voz detrás de él. Una voz que el pelirrojo conocía perfectamente. “Tómate el tiempo que necesites para recuperar el resuello. Lo vas a necesitar.”

Escrito por Grampus 
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