(Escribo esto desde la habitación 410 de un hotel de Madrid. Lo tecleo en su portátil).
Está aquí, sentada a mi lado mientras escribo esto, y todavía no se cree lo que nos acaba de pasar. Estamos en la habitación 410 del hotel, y hace unos minutos decidimos probar a ver qué había en la tele, por variar, más que nada. Hicimos zapping por las distintas cadenas y, al llegar al canal 17 del mando a distancia, nos quedamos atónitos. La pantalla mostraba la señal de la cámara de seguridad del hotel. En un precario blanco y negro, se veía un plano del pasillo de nuestra habitación.
Nos quedamos mirando la imagen, entre sosprendidos y fascinados, y yo abró la puerta de la habitación y me asomé para comprobar que, en efecto, la cámara enfocaba nuestro pasillo.
“Ahí estás”, me dijo ella.
Cerré la puerta, me tumbé a su lado y cenamos los sandwiches que habíamos comprado en Rodilla.
Cuando ya estábamos acabando, alguien llamó a la puerta.
Toc, toc.
Me levanté para abrir, pero ella me detuvo.
“No abras”. Y señaló la pantalla del televisor, que seguía mostrando la imagen en blanco y negro del pasillo.
Lo extraño es que no se veía a nadie frente a nuestra puerta.
Toc, toc.
“¿Quién es?”, pregunté en alto.
Y una voz se deslizó por la cerradura:
“Esa es mi habitación.”
“No, se equivoca”, dije. No dejaba de mirar la pantalla: nuestro interlocutor no aparecía frente a la puerta.
“No me equivoco. Es esta”, dijo. “Es mi habitación.”
Ella me hizo un gesto para que dejara la conversación y levantó el teléfono para llamar a recepción.
No daba señal.
“Esta es mi habitación”, insistió la voz al otro lado de la puerta. “Yo duermo en esa cama. ¿Es que no lo veis?”
¿Ver qué?, pensé. Ella levantó las sábanas de un tirón. Nos miramos como si acabáramos de oír un fantasma. En el colchón habÌa una mancha de color pardo que, sin duda, había sido sangre tiempo atrás. La sangre es muy mala de limpiar.
Toc, toc.
El huésped sigue llamando a la puerta a pesar de que la pantalla del televisor se obstina en mostrar el pasillo vacío.
Ella no quiere abrir.
Yo sí.
Aunque sólo sea para acabar el cuento.