El abrigo empapado

Diciembre 18, 2006

Oleaje

(Tercera parte de la historia de Grampus y Jota tras “El dolor fantasma y la sintaxis del yo” y “Respirar por la herida“.)

Esta vez fue Jota quien acudió a ver a G. Lo encontró metido en una historia de terror, pero lo sacó de allí con un desenlace inverosímil y se lo llevó a caminar al paseo marítimo.

“Gracias”, me dijo. “Creí que ibas a matarme.”
“No. Tenías que aparecer en esta historia.”
“Vale. Dímelo de una vez.”
“Ya está”, dije. “Le he dicho a ella quién soy.”No se sorprendió. “Ha ido bien”, seguí. “Al menos todo lo bien que podía ir.”
“¿No te mandó a la mierda?”

“No.”
G se paró, se apoyó en la baranda y me miró, dándole la espalda al mar.
“¿Cómo es? Ella, quiero decir.”
“Asombrosa.”
“Lo sabía.”
“No, no, no tienes idea”, dije entusisamsado y cómplice. “Es… es mejor que cualquier cosa que me pudiera inventar. Puedo respirar. Por primera ve en mucho tiempo.”
“Debería decir que me alegro por tu pulmón. Pero si quieres que sea sincero, que te jodan.”
Me di cuenta de que mi complicidad resultaba dolorosa.
“Lo siento, G.”
“No, no lo sientes.” Miró a un lado y a otro y se mordió la lengua como si quisiera callarse a sí mismo, pero no fue capaz y lo preguntó. “¿Ella dijo algo de mi?”
“Que le gustan tus cuentos.”
“Vete a la mierda. Los cuentos son tuyos.”

Reanudó la marcha y le seguí. G parecía a punto de caer hecho pedazos, pero, si me dejaba llevar por la misericordia, caería yo. Tenía que mantenerme firme.”
“¿Puedo pedirte un favor?”, me dijo.
“Si está en mi mano…”
“Cualquier cosa que yo quiera está en tu mano.”
“Sí, tienes razón. ¿Qué quieres?”
“Olvidarla”, espetó. La voz se le empezó a romper, pero se recuperó y siguió. “Un chute de esa droga del olvido de aquel cuento tuyo. Lo que sea. Pero olvidarla.”
“Lo siento, G, pero no puedo hacer eso. Si lo hiciera, ya no serías tú.”
“Métete los pronombres por el culo.”

Silencio. Un silencio cazador.

“Pues al menos haz que no la necesite”, murmuró.
“No puedo.”
“¡Joder!”, gritó. “¿No puedes mostrar un poco de piedad? Algo podrás hacer, ¿no? Méteme en otra historia.”
“Eso es imposible, Grampus. Eres un personaje de ésta. El principal, además.”
“Venga ya. Soy un personaje de mierda. Un fantasma.” Se detuvo y me clavó los ojos. “¿Qué sabe ella de ti?”
“Hemos hablado. Me conoce.”
“¿Estabas disfrazado de algún personaje o eras tú de verdad?”
“Era yo.”
“¿Estás seguro?”
Se me aceleró el corazón.
“Sí, lo estoy”, dije con ánimo de zanjar la conversación.
“Vamos, Jota, que estás hablando conmigo. Dime la verdad y así te la dirás a ti mismo. ¿A cuántos personajes tienes que quitarte de en medio hasta que aparezcas tú?”
“Ya está bien.”
“No, no, contéstame a eso. Detrás de mi y de todos los demás… ¿hay algo?”
“Yo.”
“Pues ¿sabes qué? Te veo muy flaco, Jota. Sin disfraces te veo muy flaco. Muy poca cosa.”
“Ella me conoce”, insistí. “Por eso soy yo. Por ella.”

“Juegos de palabras aparte, si te conoce, ¿por qué escribes esta tercera parte?”
“Para… Para acabar la historia.”
“Estás dicutiendo conmigo otra vez. No parece que la historia se acabe.”
“Puedo borrar las frases que quiera y acabarlo cuando me dé la gana.”
“Pero no lo estás haciendo. De hecho, no paras de teclear.”

El mar rugió y golpeó contra el rompeolas como si quisiera llevárselo por delante de una vez.

“El cuento se está acabando, G.”
“Vale, pues te voy a dar un final”, me dijo. “Aquí va: lo que a ella le gusta de ti… soy yo. Me necesitas para que esto salga bien, y sé que te mueres porque salga bien. Por eso hay tercera parte y habrá una cuarta. Continuará.”
“Ahora”, dije, “voy a decirte cuál es el verdadero final. Jota ya no necesitaba ningún personaje, así que escribió las últimas palabras de la historia.”

En una bocanada de espuma de mar, G se esfumó como una frase borrada y salpicó la baranda.

Jota estaba solo.

Y tenía el abrigo empapado.

(Continuará).


Cuento de terror para despertar

Diciembre 18, 2006

luces

Abrió los ojos y trató de mirar a su alrededor, pero no pudo mover la cabeza. Por el rabillo del ojo vio que estaba tumbado en una cama -no muy cómoda- y que aquella era la habitación de un hospital.
Se sentía confuso, pero poco a poco los vapores de la memoria se fueron disipando y pudo recordar con claridad qué le había sucedido: regresaba a casa conduciendo en plena noche cuando, al girar una curva, el destello de unos faros le había cegado y obligado a dar un volantazo.
Le pareció lógico pensar que había tenido un accidente y estaba en un quirófano. Sin embargo, ¿por qué no podía moverse? Por un instante consideró la posibilidad de que se hubiera quedado parapléjico, pero rechazó la idea al comprobar la verdadera razón de su inmovilidad: sus muñecas y tobillos estaban atados a aquella cama.

Entonces oyó un ruido. Alguien se acercaba, pero los pasos sonaban de un modo inquietante, como si el visitante arrastrara los pies.

Cuando vio su rostro cernirse sobre él sintió una súbita oleada de pánico. Hizo un doloroso esfuerzo y giró la cabeza para no mirar aquellos ojos enormes y turbios. Y entonces descubrió que a su lado había otras camas. Y otros hombres y mujeres inmovilizados y sometidos a una situación espantosa.

Fue en ese momento cuando entendió que las luces que le habían deslumbrado no eran de un coche, y que aquel lugar en el que se encontraba no era un hospital.

La mano grisácea del alienígena le obligó a enderezar de nuevo la cabeza y con mucho cuidado le introdujo un frío tubo metálico por la boca.