
Ella le enviaba cartas y fotos por correo electrónico. Fotos de su cara, de sus pies, de sus manos, de sus rodillas. Le enviaba trocitos de su cuerpo, y él los miraba por las noches como un explorador que descubre las pistas de una ciudad perdida. Y leía sus cartas, que eran hogueras de palabras, una y otra vez hasta que se las sabía de memoria.
Un día ella le escribió: quiero que nos veamos. Calle del Pez número 10.
Y él acudió. El portal estaba abierto y, al cruzarlo, se encontró en una estancia enorme y totalmente a oscuras, silenciosa como un submarino. Al fondo de aquella sombra inmensa se recortaba, en un hilo de luz, la silueta de ella, que le miraba sin moverse. Caminó hacia aquella figura resplandeciente, y a medida que se acercaba fue viendo por fin todos los trocitos juntos. El puzzle completo.
Fue al tocarla cuando se dio cuenta.
No era de carne y hueso. Era un maniquí de yeso perfectamente maquillado. Parecía casi real, y de hecho sólo se podía advertir que era falso al tocarlo.
Entonces se encendieron todas las luces de la estancia y descubrió que estaba de pie en un escenario junto a aquel maniquí, y al girarse vio que había cien, tal vez doscientas personas sentadas en sus butacas y observándole. Era un teatro.
El mago apareció en el proscenio, le dio la espalda y se dirigió al público:
“Algunos magos sacan palomas blancas de una chistera, damas y caballeros. ¡Yo he sacado amor de un trozo de yeso!”
Y todos aplaudieron. Algunos eran aplausos admirados, otros misericordiosos. Él se volvió de nuevo hacia el maniquí y tocó otra vez su rostro de yeso con las yemas de los dedos.
Mientras se le esfumaban las noches como palomas blancas, el mago hizo una elegante reverencia.