Cuento de terror para habitaciones vacías

Diciembre 9, 2006

habitación fantasma

“Shhhhh… ¿No me ves?”
“N-no”, respondió balbuceante. “Sólo veo mi habitación vacía.”

“Pues estoy aquí”, susurró de nuevo la voz. “Aquí, justo delante de ti…

…a punto de tocarte.”


La noche encendida

Diciembre 9, 2006

luciérnagas

La Chica Luciérnaga era la que más brillaba de todo el enjambre de luciérnagas, y cuando ella se encendía, se encendía la noche. Era el lucero de las doce y todos la miraban deslumbrados siguiendo sus dibujos de luz en el aire.

Pero al llegar el día, cuando todas las luciérnagas se retiraban a sus escondites y salía el Sol, la Chica Luciérnaga se quedaba sola en su arbusto de mirto.

Y allí, donde ya nadie podía verla, se apagaba en una soledad insecticida.


La noche se enciende

Diciembre 9, 2006

Faro

Hay historias que sólo pueden pasar en el litoral, historias costeras, de acantilado, o sea historias al borde de algo. Esta es una de ellas.

El farero y la señora Rosario tenían un lío y todo el pueblo lo sabía, pero desde hacía meses no podían verse mucho. Ella estaba casada, y aunque su marido siempre había pasado largas ausencias pescando en alta mar, permitiendo así los encuentros de Rosario y el farero, un accidente lo había devuelto a casa a cobrar una pensión y a olvidarse del barco. Ahora pasaba el día entero con su mujer.

Pero aunque los amantes ya no podían citarse, tenían una manera de decirse cosas que los dos habían pactado. Cuando él apuntaba la luz del faro hacia la casa de Rosario y hacía pasar una ráfaga fugaz por su ventana, significaba “estoy pensando en ti.” Y ella debía responder asomándose brevemente a la cristalera, lo que quería decir “yo también”.

Y así pasaba que muchas noches, mientras el marido de Rosario dormía, Rosario se quedaba mirando a la ventana esperando el momento de que se encendiese la noche con un breve resplandor. Y entonces se asomaba. Yo también.

Desde el regreso del marido de Rosario, el farero se había recluído en el islote de su faro y ya nunca salía de allí. Su única compañía era Luna, una gata blanca como el ataúd de un niño. Luna comía arroz con pescado, que era lo único que sabía cocinar el farero, y por las noches se enredaba entre los tobillos de su dueño mientras él enviaba luces de pienso a ti a la ventana de Rosario.

Así pasaron meses, como digo, hasta que el farero murió de un aneurisma cardíaco. El alcalde y dos concejales lo enterraron muy discretamente y no dijeron nada a Rosario porque sabían que eso la mataría de tristeza.
“Pobre, que lo siga dando por vivo, no se nos vaya a morir ella también.”

Nadie reparó en la gatita del farero, que, al verse sin sustento por faltar su dueño, se lanzó al agua desde el peñón del faro y nadó hasta la costa. Una vez allí, el olfato la guió hasta los almacenes de la lonja, donde las pescantinas le dieron de comer cabezas de pescado y le hicieron una cama con cajas de madera. Y allí se quedó a vivir.

Pero por las noches, Luna aprovechaba para salir a pasear por el pueblo. Se encaramaba a las cornisas y caminaba, blanca y reluciente como una luciérnaga.

Y cada medianoche pasaba ante la ventana de Rosario, y ella, al ver un fugaz resplandor blanco frente al cristal, se asomaba a la ventana para decir yo también.