La cabeza del zombi

Diciembre 7, 2006

G skeletton

El Zombi G llevaba dos días sin hablar con nadie y con los escarabajos dándole vueltas en el estómago.
Los muertos murmuraban a sus espaldas y soltaban risitas secas hablando de aquella carta que le había enviado a una chica; a una viva, además. Qué bochorno.

El único sitio donde le dejaban en paz era en la caseta del enterrador, porque a todos los muertos les caía fatal y nunca se acercaban por allí.

“Esto, más que un cementerio parece el portal de una corrala”, se quejaba el zombi G.
“Si quieres les echo unas paladas de cal y ya verás cómo se dejan de risitas.”
“No, déjalo. Si en el fondo tienen razón.”
“Ni caso. Vamos a lo importante”, urgió el enterrador. “¿Te ha respondido ella?”
“Sí. Me envió una carta.”
“¡Coño! ¿Y qué te dice?”
“Pues me dice -a su manera, que ella parece ser muy suya-, me dice que no existe.”
“¿Te dice lo qué?”
“Eso, que no existe. Dice que me la he inventado yo y que tengo la cabeza llena de pájaros -en realidad son murciélagos, ya me gustaría a mi que fueran pájaros-.”

“Pero ¿qué vas a hacer ahora? Porque si no existe, aquí se muere el cuento, mejorando lo presente. Vaya lío, un espectro y una metafísica.”

“Había pensado -a ver qué te parece a ti- escribirle otra vez y decirle que a mi me da igual que no exista. Que me gusta de todas maneras.”

“¡Joder!”, exclamó de pronto el enterrador.
“¿Qué?”
“Se te acaba de posar un pájaro en la cabeza, G. Un gorrión.”

“Shhh… No lo asustes, por favor.”


Vicente concursa

Diciembre 7, 2006

vicente

Vicente era un chico tan triste, pero tan triste, que un día decidió presentarse al concurso mundial de personas tristes. El jurado iba a premiar a la persona más triste del mundo para que así dejara de estar triste.

Y Vicente quedó de segundo.


El piano que arde

Diciembre 7, 2006

Tengo un cuento. No es que lo haya escrito yo, es que es mío de verdad. Está aquí.

piano

Los dedos crepitaban sobre el teclado como un piano en llamas.

“Me temo”, dijo Dallas, “que de aquí no puede salir música.”
“¿Pero qué dices? ¿No oyes el incendio?”