El Zombi G llevaba dos días sin hablar con nadie y con los escarabajos dándole vueltas en el estómago.
Los muertos murmuraban a sus espaldas y soltaban risitas secas hablando de aquella carta que le había enviado a una chica; a una viva, además. Qué bochorno.
El único sitio donde le dejaban en paz era en la caseta del enterrador, porque a todos los muertos les caía fatal y nunca se acercaban por allí.
“Esto, más que un cementerio parece el portal de una corrala”, se quejaba el zombi G.
“Si quieres les echo unas paladas de cal y ya verás cómo se dejan de risitas.”
“No, déjalo. Si en el fondo tienen razón.”
“Ni caso. Vamos a lo importante”, urgió el enterrador. “¿Te ha respondido ella?”
“Sí. Me envió una carta.”
“¡Coño! ¿Y qué te dice?”
“Pues me dice -a su manera, que ella parece ser muy suya-, me dice que no existe.”
“¿Te dice lo qué?”
“Eso, que no existe. Dice que me la he inventado yo y que tengo la cabeza llena de pájaros -en realidad son murciélagos, ya me gustaría a mi que fueran pájaros-.”
“Pero ¿qué vas a hacer ahora? Porque si no existe, aquí se muere el cuento, mejorando lo presente. Vaya lío, un espectro y una metafísica.”
“Había pensado -a ver qué te parece a ti- escribirle otra vez y decirle que a mi me da igual que no exista. Que me gusta de todas maneras.”
“¡Joder!”, exclamó de pronto el enterrador.
“¿Qué?”
“Se te acaba de posar un pájaro en la cabeza, G. Un gorrión.”
“Shhh… No lo asustes, por favor.”

Escrito por Grampus 
Escrito por Grampus 
General |
Escrito por Grampus 