El barco naufragó -hay barcos que navegan y navegan hasta que por fin naufragan- y aquel hombre se quedó a la deriva, mecido por el oleaje sobre un pedazo de proa, hasta que el mar le empujó suavemente hasta las costas de una isla. Era una isla desierta, una lunita de arena erizada de cocoteros que celebraban el cielo.
Creyendo que estaba solo, el hombre recorrió la isla en busca del mejor lugar para instalarse y aguardar a ser rescatado. Pero cuando dobló uno de los acantilados le dio un vuelco el corazón. Allí había una avioneta hecha pedazos contra un saliente de roca y, junto a los restos del avión, una minúscula cabaña hecha de ramas y mantas que cubrían una cama de hojas de palma. Sentada sobre ella estaba una mujer.
Muy despacio, se acercaron el uno al otro, y cuando estuvieron lo bastante cerca se miraron como si cada uno de ellos fuera un milagro. Ella parpadeó un instante y él supo que acababa de parpadear el mundo.
“Me estrellé con mi avión del club de los aviones hace una semana.”
“Yo naufragué hoy mismo.”
Un año después la cabaña era algo más grade y estaba mejor armada, y la cama de hojas de palma era de dos plazas. La isla parecía mucho más grande. Era 21 de octubre, el mismo día que el hombre había naufragado. Ella estaba haciendo un castillo de arena en la playa -para ella, el alma estaba en los castillos de arena- y él se acercó, la besó y le deseó feliz aniversario.
Mientras cenaban, él tuvo la ocurrencia de preguntar:
“¿Dónde vivías tú antes de estrellarte?”
“En la Calle del Pez número 8″, respondió ella. “¿Y tú?”
Él se quedó sin palabras, como si acabara de ver una aparición. Después de un silencio hormigueante, respondió:
“Yo vivía en la calle del Pez número 9.”
Nunca los rescataron. Ni falta que les hacía.

Escrito por Grampus 
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