(Después de leer este excelente post sobre machismo en el mundo del guión, escrito por el Guionista Hastiado, y al que puso un ingenioso corolario Ángela en su Club, he pensado que me gusta eso del ping pong entre blogs, así que voy a jugar. Esto es para para buscarle las cosquillas al asunto).
Yo trabajaba de guionista y coordinador de una serie. La escribíamos entre cuatro y los cuatro éramos hombres, como en uno de esos clubs victorianos que huelen a tabaco de pipa y a cerrado. Estaba cansado, harto de escribir siempre para lo mismo, y quería dejarlo. Pero entonces el productor contrató a una chica para le equipo de guión.
Cuando ella abrió la puerta de la sala de guión, dijo hola y me sonrió, y pensé que debería haber una sonrisa como aquella cada vez que se abriera una puerta. Se sentó delante de mi. Tenía el pelo del color del veranillo de San Martín y los ojos profundos como pozos.
“Trabajará con vosotros”, dijo el productor. “Que empiece hoy mismo.”
Los otros tres guionistas torcieron el gesto. ¿Por qué otro guionista? ¿No lo estábamos haciendo bien? Y sobre todo, ¿por qué una chica?
“El productor quiere convertir la serie en un serial de besuqueos y ñoñeces”, me dijo uno. “Esta tía nos va a algodonar los personajes.”
Parecían tres barbarrojas que pensaran que meter una mujer en el barco daba mal fario, y le dieron la espalda desde el principio, aferrados a su bandera pirata del yo llegué primero. Jamás dijeron “buena idea” a ninguna de sus buenas ideas. Se limitaban a mirarla de reojo y asentir de mala gana.
Ya nada volvió a ser lo mismo en la sala de guión.
Tampoco para mi, porque por fin dejé de escribir para la serie… sin dejar de escribir para la serie. Lo que hice, casi sin querer, fue empezar a escribir para el veranillo de San Martín y para los ojos como pozos. Confieso que lo hacía para ganarme su atención. Para impresionarla. Para hablar con ella. Me infiltré entre los personajes de la serie y le hablaba a través de ellos. Si quería decirle “hoy estás muy guapa”, el protagonista le decía a la protagonista “hoy estás muy guapa”. Si quería decirle “haces un gran trabajo”, el protagonista le decía a la chica: “haces un gran trabajo.”
Y cada vez que ella me entregaba sus guiones, me los llevaba a casa y los leía con avidez, convencido de que me respondía con sus diálogos. Y si en su episodio la chica decía “me encanta trabajar contigo” yo me decía a mí mismo que, sin duda, me lo estaba diciendo a mi.
La serie discurrió por el argumento que ella y yo hacíamos para nosotros sin que el productor ni los piratas se entrerasen de lo que estaban leyendo. No eran guiones. Eran cartas clandestinas en el club victoriano.
Y llegó el final de la temporada. Nos reunimos ella y yo a solas en la sala de guión y le dije:
“Tengo el final.”
“¿Ah sí? Cuenta.”
Tragué saliva.
“Ellos se lían”, solté con cierto miedo, e intenté sonreír para abrigarme. Ella me miró un segundo y negó suavemente con la cabeza.
“No puede ser. No se lían.”
“¿Por qué?”, pregunté con un hilo de voz; la pregunta se me había anudado en la garganta.
“Porque trabajan juntos. Y era lo que le faltaba a ella, que sus compañeros de trabajo tuvieran un motivo para cuestionarla.”
“Pero ella no puede renunciar a…”
“Puede”, me interrumpió. “Odia hacerlo, pero no le queda otro remedio. Al menos por ahora. Hasta que los demás dejen de mirarla de reojo.”
Al final, el final lo puso el productor.
“La cosa tiene que seguir igual entre ellos”, nos dijo a todos en la sala de guión. “Que los protagonistas no se líen o se nos acaba la serie.”
“La serie es una mierda”, dije en voz bien alta, y el productor y los piratas se volvieron hacia mi y me miraron con los ojos muy abiertos.
“Esoy de acuerdo”, añadió ella. Y los otros cuatro, sin moverse ni un milímetro, la miraron de reojo.
Entonces sonrió.
Debería haber una sonrisa como aquella en todos los finales.
Fin.