Un asesino

Diciembre 8, 2007

En 1980 y tal día como hoy, 8 de dieciembre, un perturbado asesinaba a tiros a John Lennon a las puertas de su casa de Nueva York.

Curiosamente, en una de sus canciones más conocidas, Lennon repite varias veces, en el cambio de estrofa, la frase “shoot me!” (”¡dispárame!”).

El asesino de Lennon ha cumplido ya más de 20 años de condena en la prisión de Attica. Hace poco una comisión penitenciaria estudió la posibilidad de concederle la libertad condicional, pero le fue denegada porque la comisión temía que en cuanto aquel individuo pusiera un pie en la calle lo matarían.

Ahora acaban de hacer una película sobre él, así que es posible que tuviera razón cuando dijo: “yo era un don nadie hasta que maté al tío más grande de la Tierra”.

Desde el 8 de diciembre de 1980, ese asesino ha jugado un papel en mi vida. Quizá modesto, pero desde luego significativo: me ha impedido escuchar unas cuantas canciones que -lo sé bien- habrían sonado una y otra vez en mi equipo de música.

Y ahora me las sabría de memoria.


A Aznar sólo lo insultamos nosotros

Noviembre 11, 2007

El presidente pseudodemocrático de Venezuela -y gilipollas vocacional- Hugo Chávez ha tenido la ocurrencia de insultar a José María Aznar llamándole “fascista” en presencia de Zapatero y de Juan Carlos de Borbón. Una total impertinencia de Chávez, sobre todo teniendo en cuenta que lo dijo en la sesión de clausura de la Cumbre Iberoamericana. Vamos, que el gilipollas hizo el gilipollas.

Porque ¿sabes qué, Huguete? A Aznar sólo lo insultamos nosotros. Tú no, porque ni estás cualificado -que ya es triste no estar cualificado para insultar a Aznar- ni tienes suficiente estatura moral.

Así que me parece mal que lo hayas llamado fascista tú, Huguete, que eres un botarate populista, un matón de calleja que lleva años sometiendo a su país al síndrome de Estocolmo. Me parece mal que le hayas faltado tú, que has convertido tu gobierno en una pandilla de Latin Kings y has llenado los despachos institucionales de listas negras. Sí, Huguete, me molesta -y mucho- que hayas insultado a un presidente que ganó unas elecciones de verdad y que fue designado por votantes, que, por cierto, opinan lo contrario de lo que opino yo, pero opinan, porque pueden y porque quieren. Tus ciudadanos, en cambio, opinan poco y cuando lo hacen apenas se les oye, porque tus discursos de cretino vocinglero hacen demasiado ruido desde “Aló Presidente”, ese programa donde haces de teletubbie tartaja para solaz de las teles occidentales.

Que sí, Huguete, que no sé qué tal se te verá desde cerca, pero desde aquí se te ve como un esperpento que perpetúa los peores tics de los tiranillos bananeros que los blancos fomentamos durante siglos. Desde aquí, te lo juro, se te ve como un mamarracho con uniforme.

Y ya que estamos, y como le pediste a Zapatero que haga una revolución socialista, te diré que lo que tú llamas socialismo es en realidad una versión pueril y bobalicona del verdadero socialismo. O sea, que has oído campanas pero no tienes puñetera idea de por dónde suenan.

Así que haz el favor. Gilipollas.

PS. Por cierto, eres el primer ser humano que ha conseguido que Juan Carlos de Borbón se cabree. Ya puedes plantearte otros retos como lograr que Lassie te muerda en la yugular o que Flipper te ahogue en una piscina.

(El vídeo lo encontré en El Club de Ángela, que ha hecho un divertidísimo post sobre el asunto).


Esto es halloween

Octubre 31, 2007

A comienzos de los noventa se calculó que había en la Tierra el mismo número de personas vivas que de personas que hubieran muerto. Una estadística de formidable lirismo, ¿verdad?

Ahora, quince años después, se cree que con el crecimiento de población ya sois más los vivos. Muchos más. Como una plaga.

Y digo yo: ¿no se os hace un poco vulgar lo de estar vivos?

Por si alguno está pensando en cambiar, aquí podéis echar un vistazo al otro lado: la Ciudad de Halloween:


El búnker de Tom Cruise

Octubre 22, 2007

tomcruise

Supongo que ya lo sabéis, pero por si acaso os lo cuento: Tom Cruise se ha puesto a construir un búnker en su jardín para protegerse de un ataque alienígena. Toma ya.

La idea es cosa de la Cienciología, esa religión fundada por un mediocre escritor de ciencia ficción llamado Ron Hubbard. Y es que, según su doctrina, existe un tal Xenu, emperador intergaláctico, que planea atacar la Tierra utilizando una tecnología avanzadísima y formidable. Y ojo que Xenu se va a pasar la Convención de Ginebra por el arco de los tentáculos, porque el plan consiste en exterminarnos a todos. Un apocalipsis, vamos. De ahí que los cienciólogos prudentes y pudientes se hagan búnkeres entre los parterres.

Pues a lo que voy. Resulta que ha habido bastantes risas con esto, y decenas de periódicos de medio mundo se han cachondeado del actor: ¿cómo es posible que Cruise haya hecho algo así? ¿Es que ha perdido la razón por completo? ¿De verdad CREE que nos va a atacar un caudillo alienígena?

Lo curioso es que los que le hacen burla son los mismos que creen que hace 3.000 años un hebreo habló con una zarza y después separó las aguas del Mar Rojo con un cayado. Sí, esos son los que ridiculizan a Tom Cruise. Los mismos que defienden que una virgen judía concibió a un niño capaz de caminar sobre las aguas y clonar panes y peces a vuelapluma. Los mismos que están convencidos de que Jose María Escrivá de Balaguer logró curar, ya fallecido, a un hombre que padecía una radiodermitis crónica. Esos son los que se ríen de Cruise. Tócate los cojones.

Pues yo creo que todo tiene exactamente la misma gracia y, ya puestos, lo de Cruise por lo menos posee interés dramático.

Excava hondo, Tom. Cuando Xenu los haya atomizado a todos y estés repoblando el planeta con Katie Holmes ya veremos quién se ríe.


El Orfanato

Octubre 15, 2007

elorfanato

Decía hace unos días que en mi opinión -y la de muchos otros- la película El Orfanato iba a salvar este annus horribilis del cine español. Pues bien, a falta de conocer las recaudaciones de su primer fin de semana, los distribuidores ya han anunciado que el filme va a superar sus previsiones de taquilla.

La he visto. Y me ha parecido magnífica. Angustiosa, eficaz, muy bien construida y muy bien filmada. Incluso sus peores momentos, algunas arbitrariedades de guión, se salvan rápidamente con oportunos golpes de efecto. En sus 100 minutos de metraje, la película escrita por Sergio G. Sánchez y dirigida por J.A. Bayona contiene instantes e imágenes memorables, de esas que perduran. Y uno sale del cine encantado.

Lo mejor del año. Espero que no jueguen en su contra las enormes expectativas que ha levantado su promoción, muy útil, sí, pero también aparatosa y algo pedante. Porque en definitiva El Orfanato es lo que es: una entretenida película de terror de estupenda factura.


Unos amigos (II)

Octubre 11, 2007

Me vais a permitir que me ponga privado y encima presumido. No he podido evitarlo. Os cuento.

Hace unos años, un amigo mío (que además es el mejor actor que conozco) y un servidor estábamos de copas y, cuando ya íbamos bastante perjudicados, se nos pasó por la cabeza montar un grupo de rock. Hasta le pusimos nombre -creo que se le ocurrió a él- y, entre vapores de ron con cola, compusimos un demencial tema de presentación que al menos sirvió para que nos diera un ataque de risa. Al día siguente me dolía la cabeza y me olvidé de todo aquello. De todas formas no habría llegado a ninguna parte, porque en nuestro grupo imaginario la voz principal se la había pedido mi amigo, y yo habría tenido que tocar; una mala idea, porque toco penosamente mal. Además, soy incapaz de subirme a un escenario.

Pero mi amigo, en cambio, es un animal escénico. Así que al final se unió a otros dos amigos/compañeros míos (y suyos) para montar un grupo y decidió especializarse en cantar canciones que originalmente cantaban mujeres. Ante una idea así sólo pude aplaudir, claro.

Este es su clip. Una versión del My name is Luka de Suzanne Vega.

No sé si me pierde la pasión, pero a mi me parecen buenísimos. Y el guitarrista se llama Piti Sanz, que lo cito porque es un fenómeno.

El amigo del que hablaba es el que canta. Y además es el actor perfecto y el compañero perfecto. Y qué coño, voy a decirlo: una vez le dirigí, para una pequeñez, y me sentí como si dirigiera a la Filarmónica de Berlín. Qué grande es, joder.


Españolazo

Octubre 9, 2007

A España hay llevarla así, coño, con la bandera a proa, como un mascarón rojigualda de sangre y sol.

Ahí está la España estética, con el DNI bronceado y esa melenaza pirata ondeando al viento de la tramontana. Y él muy casual, eso sí, apoyado en la baranda mediterránea. Cazadora de protección civil, camiseta de yate y pantalones de color blanco Moraleja. En el billetero, un carnet del PP para recalificarse el señorío y ponerse un chalet por montera. Y en el neceser, una lima para los callos que deja el club de golf.

Seguro que cuando llegue a puerto no ha de faltar la farlopa en un reservado del náutico, una raya discreta y canalla, como dios manda.

Es la España golfa y pija, la que gusta a las señoras del reclinatorio y a los señores del dominó, que desde los establos admiran la sopa boba y esa galanura playera de Benidorm. ¡Bohemia y cierra España, que la patria es unas vacaciones!

Oye, qué españolazo. Con el océano por ruedo y un morramen de diez metros de eslora.


Insultos a la monarquía

Octubre 7, 2007

ardiendo

Llevamos días discutiendo que si se puede quemar una foto del rey o no se puede, que si Anasagasti se peina de manera anticonstitucional, que si viva la República (¡viva!), o que si el monarca es un adorno muy caro y que además adorna poco, como las figuras de cera.

Y mientras, parece que este Juan Carlos en llamas pierde campechanía, aunque para mi que empezó a perderla cuando figuró entre las 400 mayores fortunas del planeta de la revista Forbes, una cosa que tiene mucho mérito si tenemos en cuenta que su patrimonio se formó en tan sólo treinta años, los de la democracia, porque cuando Franco murió, los Borbones no tenían ni para los cubatas del desayuno. Y no hay más cera que la que arde, con perdón.

Pero bueno, que en estas estábamos cuando me he acordado de algo. Hace 45 años, Los Beatles actuaban en el aristocrático London Pallaudium, en una gala benéfica presidida por la siempre soñadora reina madre. Y cuando llegó el momento de que la banda tocara la última canción de la noche, John Lennon se acercó a su micro y, con cara de chaval travieso, dijo esto:

“Para nuestro último número me gustaría pediros ayuda. Los de los asientos baratos podéis dar palmas. Y el resto, si pudierais agitar vuestras joyas…”

La mitad del Palladium se echó a reír mientras la reina le dedicaba a Lennon una de las sonrisas más falsas y civilizadas que uno haya visto jamás, con cara de “hace 100 años te habrían cortado la cabeza por esto, melenudo”.

Y después de esa elegante bofetada verbal, se oyó “one, two, three”… y Lennon cantón el Twist and Shout, por cierto con una actitud escénica mucho más comedida de lo habitual en él, que lo valiente no quita lo cortés.

Os traigo el vídeo, para que podáis ver cómo hay que insultar a una reina: con animosa posteridad.


Canción del asesino tuerto

Octubre 2, 2007

gorey

El asesino tiene alma de escualo
y cuerpo de notario de Alcorcón,
con un ojo tuerto y desafinado
que ha echado el telón.
Al asesino le hierve en la mano
el nido de un escorpión.

Le gustan las ramas verdes,
las bocas de fresa,
los divinos tesoros del viernes
y las espaldas descubiertas,
y ata adolescentes
con longanizas tiernas.

El asesino escribe su biografía
en las paredes de su habitación
y desayuna gritos y epifanías,
almuerza latidos de un apagón
y cena con niñas perdidas.

Descansa sábados y domingos
y el lunes vuelve al trabajo,
a lo mismo,
al tajo:
administrar el abismo.


Un pitching terrorífico

Septiembre 27, 2007

Un pitching, como bien explicó Escrito Por en un post, “consiste en entrar en el despacho de un productor y contarle la película o proyecto que tengas en mente con ánimo de vendérselo”.

Pues bien, este otro post del Pianista me ha recordado un pitching que sufrí -sí, sufrí- hará cuatro o cinco años. Juro que pasó tal y como lo voy a contar, salvo por los nombres y referencias, que las he cambiado, naturalmente.

terrorcalling

Recibo una llamada en mi despacho -o lo que sea- de la productora. Descuelgo.

- ¿Sí?
- ¿Señor Grampus? Soy Fulánez. Le llamo porque me han dicho que para hablar de guiones es con usted.
(Trago saliva).
- Ehmmm… sí, es conmigo.
- Verá, es que hace unos meses les envié mi guión “Los Pitufos en Saint Tropez” y he recibido una carta que dice que no les interesa.
(Siento un escalofrío. Al oír el título recuerdo el guión vívidamente. 180 páginas dándole patadas a la dramaturgia aristotélica y mecanografiadas con una sintaxis rabiosamente personal. Muy rabiosamente. A pesar de lo sugerente del título, el argumento era una especie de caos en el que seis pitufos se declaraban su amor sucesivamente unos a otros -con Saint Tropez como telón de fondo- y hablaban como si les faltara su medicación. Siempre dudo de mi primera impresión cuando leo un guión. Con este no. Era horrible más allá de toda duda. Lo juro. Insalvable).
- Pues, señor Fulánez -musito-, si le dijimos que no nos interesa, es que no nos interesa. Tenemos ahora varios proyectos y no podemos…
- Ya -me interrumpe-, pero, ¿usted lo ha leído personalmente?
(Qué remedio.)
- Sí, lo he leído.
- Pues estará conmigo en que es prodigioso.
(Se me tensan hasta las pestañas).
- Hombreeee…
- ¿De verdad no les interesa?
- No.
- A ver, ¿por qué? ¿Porque falla en algo o qué?
- Algún fallo tiene, sí, aunque estas cosas son muy subjetivas -miento-. Yo le recomiendo que lo trabaje un poco más.
- Ya, sí, comprendo -se detiene un instante-. ¿Y si hacemos una cosa? Una idea que se me acaba de ocurrir. Usted reescriba el guión a su gusto, señor Grampus, que usted es el profesional, y lo firmamos a medias. ¿Qué me dice?
(Que esto tiene que ser una broma.)
- No, es que no puedo, porque… a mi los pitufos es que no…
- Pero hombre, no deje pasar esta ocasión, que el cine español está fatal fatal, y con “Los Pitufos en Saint Tropez” la gente volvería al cine, que ésta es la película que la gente quiere ver, y no las que se hacen ahora, que tienen tanta violencia y tantos personajes raros, como en esa… “Pura perfidia”. ¿La ha visto?
(Ya tiene puntería: el tío cita una película que he escrito yo. La única, en aquel momento.)
- Sí, la he visto -le digo muy serio-. Y esa película, la verdad, es horrorosamente mala.
- ¡Desde luego! ¡La que hay que hacer es Los pitufos en Saint Tropez!
- Ya, pero, como le digo, con nosotros no va a poder ser. Lo siento.
(Pausa dramática. Cambia a un tono amenazante y me suelta :)
- Pues que sepa que venderé el guión a otra productora, y cuando sea un éxito, porque lo será, diré en las entrevistas (!) que usted lo rechazó. Se enterará todo el mundo.
(Se me pasa por la cabeza la imagen del ejecutivo de Decca Records que oyó la maqueta de Los Beatles y la rechazó, dejando que el grupo se fueran a la compañía EMI).
- Me parece muy bien -le digo rápidamente-. Si quiere la dirección de otra productora, yo se la facilito. Por ejemplo, hay una que se llama EMI…
(Pausa más dramática. Ahora Fulánez suena aterrador :)
- Mire, yo no quería llegar a esto, pero no me deja otra opción. Me veo en la obligación de informarle de que mi cuñado es Mengánez.
(Mengánez es un inversor que ha metido dinero en alguna de las películas de la productora, por ejemplo en “Pura Perfidia”.)
- Ah, pues dele recuerdos de mi parte.
- No. Le diré que ha rechazado usted mis pitufos.
- Pues muy bien.
- Pues adiós.
- Adiós.

#

Siempre me habían aterrado los pitchings porque siento un pánico absoluto a hablar en público, pero desde aquel momento también empecé a sentir pánico a SER el público.

En el blog del Pianista encontré este otro pitching, que ha salido de ese pozo sin fondo que es youtube. El autor y protagonista del vídeo utiliza el nick de “cornucopia de talento”. O sea.

Echadle un vistazo, por favor. De verdad:


Salir pitando

Septiembre 25, 2007

salirpitandoposter

En un año que está siendo nefasto para el cine español, se acaba de estrenar una de las dos películas llamadas a maquillar el desastre. Se trata de “Salir Pitando“, dirigida por Álvaro Fernández-Armero, del que soy fan desde su corto fundacional “El Columpio”, que podéis ver aquí.

“Salir Pitando” es una road movie sobre dos árbitros que se dirigen a pitar el partido de su vida mientras uno descubre que su mujer se acuesta con el otro. Con esta premisa, el filme consigue exactamente lo que pretende: divertir. La historia es sencilla, está bien contada, bien interpretada y bien dirigida. Tiene abundantes situaciones cómicas, gags visuales brillantes al estilo de Zucker/Abrahams -ese momento entre las señales de tráfico, para partirse de risa-, personajes bien construídos marca de la casa y buenas frases, muy buenas frases, como ese “¡ya sabía yo que iba a salir el tema de la traición!” que me anoto como muletilla para el resto de mi vida junto a otra del propio Fernández-Armero, aquella de “¡me voy a Cuenca!” que aún ahora me hace reír.

Durante la mayor parte del film, el director se pone al servicio de los dos actores protagonistas, Willy Toledo y Javier Gutiérrez, los dos espléndidos, y deja que todo fluya en sus voces y sus gestos con perfecta eficacia. Pero al llegar al clímax, en el partido de fútbol, Fernández-Armero se exhibe como un elegante y formidable realizador -ya lo demostró en la ejemplar “El Arte de Morir“- y compone un final apoteósico que en algún momento hasta pone los pelos de punta. De hecho, y ya sé que esto va a sonar tremebundo, creo que Álvaro Fernández-Armero rueda el fútbol mejor que John Huston. Hala. Por si alguno cree acabo de salirme del tiesto, que revise “Evasión o Victoria” y vea el partido del desenlace. Ya digo, el de Fernández-Armero está mucho mejor resuelto, en una secuencia, por cierto, muy bien montada por David Pinillos, que lo cito porque es amigo mío y porque se lo merece y porque sí.

El domingo, “Salir Pitando” se colocaba entre las cinco películas más vistas de la semana, toda una hazaña para un filme español del 2007. Espero que le siga yendo bien en las taquillas porque creo que este es el cine que deberíamos hacer: un cine pensado para el espectador. Y bien hecho.

Y también espero que Fernández-Armero haga otra cuanto antes. Pero hasta que llegue, corred a ver esta.

(Ah, la segunda película que creo que salvará el año es “El Orfanato”, que está a punto de llegar. Tenéis la web de la película aquí y el trailer aquí).


Las mejores canciones

Septiembre 20, 2007

Voy a proponeros algo, a ver si os apetece.

La idea es hacer una lista de temas musicales en la que cada uno de nosotros aporte una canción; una sola. Podéis elegir vuestra canción por el motivo que deseéis: porque os parezca la mejor que hayáis oído nunca, porque va ligada a un recuerdo, porque os sentís identificados con ella, porque os define especialmente bien o porque os da mucha rabia. Por lo que queráis, pero cada blogger sólo puede escoger un tema. Vuestra canción de cabecera. (Ya, ya sé que es difícil quedarse con una sola).

Si además posteáis vuestras elecciones en los blogs para que las oigamos, pues mejor que mejor.

Al final obtendremos la lista de las mejores canciones de la historia… según nosotros y nuestras historias. Y a ver qué sale. ¿Se parecerá en algo a esta lista de las 500 mejores canciones según la revista Rolling Stone? ¿O será muy diferente?

Yo empiezo con la mía. Se titula “A Day in the life”, es de Los Beatles (cómo no) y la escribió John Lennon con una pequeña aportación de McCartney, esa parte intermedia en la que canta el propio Paul.

Me parece una canción inmensa, majestuosa, melancólica, original… Contiene, repetido por dos veces, el “apocalipsis sonoro” de Lennon a cargo de una orquesta sinfónica, además de un alucinado juego de voces en el puente, y digo alucinado porque se nota que John se dedicaba al turismo químico por aquella época. La interpretación se completa con una batería espléndida de Ringo y una línea de bajo formidable a cargo de Paul. La voz, escalofriante, la pone Lennon.

Para el final de la pieza, John quería un último acorde que sonase como la puerta de un sarcófago cuando se cierra, así que lo tocaron todos los miembros del grupo en varios pianos simultáneamente.

Aquí va. Ah, no prestéis atención al vídeo. Oidla, si puede ser, con los ojos cerrados.

¿Alguien más?


Cuento bélico: Resumiendo la guerra

Septiembre 18, 2007

Now we have a problem in making our power credible, and Vietnam is the place.

John F. Kennedy

vietnam

El marine echó a andar guiándose por la posición del sol para regresar a su campamento. Apenas podía caminar. Estaba exhausto después de haber permanecido despierto toda la noche, oculto entre la hierba y atento a cualquier ruido que pudiera indicar la presencia de algún vietcong. Todo su pelotón había sido eliminado. Era el último. El único superviviente.

Caminaba entre la hierba, largas hojas de hierba, y la colina era el lomo de un erizo mecido por el viento, aquella vegetación vehemente como los gritos de los vietcongs, igual de intimidatoria y feroz. A cada paso giraba la cabeza, observando si un matorral se movía o si se deslizaba una sombra. Pero nada. No le seguían. Sin duda los vietcong pensaban que no quedaba ninguno vivo y habían vuelto a esfumarse en la selva como fantasmas.

La selva. ‘Su selva’, pensó el marine. ‘Esta es su casa. No se puede pelear contra alguien que pelea en su casa y por su casa. Y la mía está en Haight-Ashbury, San Francisco, demasiado lejos de esta selva’. El aire era húmedo y pesado como el vaho de una pantera. Había visto muchas panteras allí. Y un rinoceronte. Y mariposas, sobre todo mariposas, grandes como manos al viento.

De pronto, un ruido. El marine se volvió de un salto y empuñó su fusil. Le temblaban los brazos por la falta de sueño y de alimento. Barrió la colina con la mirada y entonces vio, a unos veinte metros de él, a una niña vietnamita. Le miraba. ¿Cómo es que no la había oído acercarse? Estaba casi oculta entre la hierba, que le llegaba hasta los hombros. No debía tener más de siete u ocho años.

El marine miró alrededor para comprobar si había alguien más, pero no vio a nadie. La niña estaba sola. Se acercó a ella muy despacio y, cuando estuvo a su altura, la pequeña extendió su mano hacia el soldado ofreciéndole un mango. Se miraron a los ojos. La niña lloraba en silencio, y por un momento el marine creyó ver una tregua en aquellas pupilas encharcadas, un callejón a San Francisco entre la selva. Sonrió, asintió con la cabeza y cogió el mango. La niña dejó de llorar y le devolvió esa sonrisa tenue de los huérfanos, con los labios cuarteados y las mejillas terrosas. El soldado le acarició el pelo y se dijo a sí mismo que aquello resumía la guerra, él sin pelotón y la niña sin nadie, solos los dos en mitad de un infierno hermosísimo y hablándose con el hambre.

El soldado se llevó la fruta a la boca y la mordió.

Fue como si un nido de escorpiones en llamas se revolviera en su garganta. No pudo dar un segundo mordisco, pero con el primero había sido suficiente. Apartó el mango de la boca y lo miró. Estaba manchado de sangre, y en en el hueco que había dejando sus dientes podían distinguirse cientos de pequeños pedazos de cristal que habían sido incrustados en el interior de la fruta con cuidadosa paciencia.

La niña empezó a chillar, de nuevo aquellos chillidos de selva inhóspita y áspera. Le gritaba con rabia, con odio, pero también con una violenta satisfacción.

El soldado dejó caer el mango al suelo. Su boca y su garganta manaban sangre a borbotones, sangre roja de rojo vietcong, y sintió que sus piernas flaqueaban. Hizo el ademán de llevarse los dedos a la boca para arrancarse los cristales clavados, pero se dio cuenta de que era inútil. Cualquier leve movimiento hacía que el dolor aumentara hasta lo insoportable.

La niña se alejó corriendo, celebrando a gritos su triunfo. El soldado aún podía distinguirla colina abajo y levantó el fusil para abrir fuego contra la pequeña, pero ya no tenía fuerzas ni para sostener el arma, que cayó a sus pies junto al mango.

La niña se desvaneció entre la hierba y el calor.

En un último esfuerzo, el marine inclinó su cabeza hacia adelante para evitar atragantarse con su propia sangre. Los ojos fijos en el suelo, en las verdes hojas de hierba ahora salpicadas por aquellas gotas escarlata que caían premiosas y espesas de sus labios.

Se quedó allí. Tan lejos de San Francisco. Resumiendo la guerra.

FIN

Banda sonora para después del relato:


En ocasiones oigo voces

Septiembre 16, 2007

terrorynadamas

Una web llamada “Terror y nada más” ha decidido utilizar algunos de mis cuentos para hacer podcasts con ellos, o sea narrarlos de viva voz y con música de fondo.

Un honor.

Y una sensación muy rara eso de oír los relatos, que, por cierto, están aquí.


Relincha Babieca

Septiembre 15, 2007

reyescatolicosNo soy yo muy de nacionalismos, que me dan claustrofobia política y además no soporto ese olor a cerrado que despiden, esa humedad de casa histórica. Pero no deja de ser curioso que cuando se habla de nacionalismos se hable del catalán, del vasco y del gallego, y se olvide el cuarto nacionalismo: el nacionalismo español. Ese que se camufla bajo una niebla apriorística que obliga a asumir España como una nación única porque sí, porque de Isabel y Fernando el espíritu impera y porque relincha Babieca. Cuando, en realidad, podemos sentarnos a hablar y decidir que España es un estado plurinacional, o una federación, o un arreglo estatutario que alivie escozores seculares. Y que Castilla es ancha pero no tanto.

Por eso creo que el nacionalismo español, o españolismo, es especialmente tóxico y pernicioso. Al dar por sentada esa España Una, que más que por sentada parece que la dan por atornillada a una silla, cualquiera que quiera levantarse parece desestabilizador y balcanizador, aquella palabra que dijo Aznar y que, a pesar de ser bastante malodramática, fue de lo más agudo que dijo nunca.

Dicho esto, también creo que la decisión territorial debería ocupar un tiempo prudencial y limitado de la vida política, que más bien tendría que centrarse en cosas como el precio de la vivienda o el programa escolar, por ejemplo, que se nos acumulan las banderas, señora, y no nos dejan ver el bosque.


Las leyes del cine

Septiembre 4, 2007

Un aviso: en este post voy a pontificar.

cine

Primer problema

Al principio del cine español, queridos hermanos, fue el verbo, y he aquí que el verbo se hizo subvención. La intención era crear una industria cinematográfica sostenible, pero la cosa salió rana. Y es que los productores se acostumbraron a financiar sus películas con sota, caballo y rey, o sea subvenciones, preventas a televisión y adelanto de las distribuidoras. Eso significaba que ya antes de empezar el rodaje, la película era rentable, y por tanto no dependía de la taquilla. Así que ¿a quién le importaba si al público le interesaba o no la cinta? El resultado es el que todos conocemos, excepciones aparte: en España hacíamos malas películas que no gustaban a nadie.

Pero las televisiones empezaron a mosquearse, porque oiga, es que su película es una mierda y he decidido que ya no la compro porque no la quiero emitir en mi canal. Y entonces los productores llamaron a las puertas de un par de ministerios y dijeron: háganme el favor de obligar a las cadenas a comprobar mi película, aunque sea un pestiño insoportable y parezca rodada por un estudiante tarado.

Y he aquí que el Estado obligó a las televisiones a comprar películas españolas. Que a todo esto, a nadie se le cayó la cara de vergüenza cuando se forzó a los clientes del cine a convertirse en inversores de cine.

Pero en fin, igual que la policía, la tele no es tonta, y el mercado empezó a derivar hacia una supervivencia natural: los ejecutivos de las cadenas decidieron meter todo el dinero en una o dos producciones garantizadas en lugar de repartirlo en múltiples proyectos. ¿Y qué sucedió? Que sólo apoyaban cosas como Alatriste, o la de Amenábar o… una película nacida DENTRO de la propia cadena, por ejemplo una historia basada en una de sus series.

Y los productores de las malas películas se volvieron a quedar sin dinero. Pero tranquilos, se dijeron unos a otros, que aún nos queda un sector del negocio por “atracar”: los exhibidores, o sea las salas de cine. Los productores volvieron a los ministerios y gritaron: háganme el favor de obligar a las salas a poner mi película, aunque sea un bodrio vergonzante y le den a uno ganas de correr a gorrazos a su director/guionista.

Y he aquí que el Estado obliga ahora a los cines a poner las películas españolas.

Así cualquiera hace negocios, ¿verdad? El tinglado no puede fallar, porque el productor es un industrial que tiene “clientes obligatorios”. Y mientras, se estandariza una cultura cinematográfica pobre y desaliñada. Excepciones aparte.

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Segundo problema

Es especie común entre los productores españoles que “el cine que se debe hacer en España es el cine de autor”. Es decir, películas en las que el director y el guionista son la misma persona, una de las ideas más infecciosas del negocio.

¿Resultado? Directores que escriben como mostrencos aporrean sus portátiles, escupen guiones espeluznantes y luego los ruedan poniendo cara de Godard. O bien: guionistas que no distinguen un gran angular de un sirius dicen “esto lo dirijo yo” (no hay otra opción para sacarlo adelante) y alumbran puestas en escena grimosas y planificaciones pedestres. Aunque la mayor parte de las veces no es ni una cosa ni la otra, sino un enjuague intermedio en el que el guionista es contratado para “ayudar” al director a escribir su película. Y tiene que aceptar, naturalmente.

Y una vez estrenada la cosa, si alguien pregunta al salir del cine, se le dice que es una película “minoritaria” y “poco comercial”. O sea, como si acabaran de proyectar el “Teorema” de Pasolini o el “Solaris” de Tarkovsky. Tócate los cojones.

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Y así está la cosa. Que hacemos un cine sin público. Comodísimo, por otra parte.


Se me ha muerto Francisco Umbral

Septiembre 1, 2007

umbral.jpgSe me ha muerto Francisco Umbral. Umbral el Robinsón, porque entre tanta prosa prosaica, aséptica y mecanógrafa, él, allá en su isla de Majadahonda, hacía otra cosa que sólo hacía él, una prosa de piruetas y malabares, un circo de las palabras.

Se me ha muerto el sereno del tardofranquismo y de la movida, el que hizo daguerrotipos del Madrid de los señoritos de izquierdas, los ministros del opus dei y las putas de diván y/o reclinatorio, señora.

Por cierto que Umbral estaba casado con una mujer que se llamaba María España, o sea que hasta su matrimonio era metáfora, ay, corazón de María, no me dejes así. Fue columnista y novelista, pero sobre todo fue un hombre al que se le murió un hijo de seis años y que para enjuagar la pérdida escribió un libro que llamó “Mortal y Rosa” y que, en realidad, contaba que él también se había muerto, o sea que era un cadáver de su puño y letra.

Umbral trabajaba en sus columnas para “El Mundo” por la mañana y empezaba a empaparse en gintonics a partir del mediodía, según contaba él mismo; a empaparse en gintonics y en Proust, Rilke y Borges. Y mientras, se le moría su hijo cada día.

Fue Umbral del mortal y la rosa, con su métrica de Gran Vía y aquel crepitar de adjetivos rampantes, la tinta mejor derramada del columnismo del siglo XX. Umbral áspero y sentimental, feo como pegar a un padre, envuelto en una bufanda horrible -polvo de la bohemia demodé del Café Gijón- y con un pañuelo blanco del que sacaba párrafos como quien saca palomas. Y es que en la cabeza de Umbral cabían todas las metáforas como un Doñana de los flamencos. Y entre otras cosas fue mejor que Larra, al que él admiraba tanto.

Se me ha muerto Franscisco Umbral. A ver ahora quién me escribe aquello de que España es una guerra civil de vez en cuando. A ver ahora quién me escribe bien.


Zarzal

Agosto 30, 2007

Perdón, perdón, perdón por mi ausencia estas últimas semanas (meses, me temo).

Sigo aquí. Sin un minuto libre, pero sigo aquí, y no me ha pasado nada ni he dejado de acordarme del blogcírculo, que ojalá estuvierais aquí y dejarais esta virtualidad hirviente, soy así de egoísta.

Cada día he sentido el impulso de escribir un post diciendo que mejor cerraba el blog, que ya no tengo tiempo, pero un minuto después me decía a mi mismo no, espera a mañana, que igual mañana tienes algo de tiempo y puedes postear algo. Y con esta tontería han ido pasando los días y las semanas.

Pero Ángela me ha escrito un mail y me ha dicho oye, visita el blog de las Ruvis y mira lo que has hecho, descastado, insensible, desgraciado. Y me he encontrado con una ciber-batida de búsqueda que me ha hecho sentir como esos que bajan a por tabaco y no vuelven, dejando un tresillo hueco y a un crío mirando por la ventana. Y más aún, descubro que Iago se ha convertido en viuda y que ha escrito un melodrama de corrala bastante preocupante. Y que Ruth me ha dado un premio que pienso pasar a recoger porque me ha hecho mucha ilusión (y porque soy así de egoísta). Y que en el cuento “Una muñeca exclusiva” se ha desgranado una colección de alucinantes comments con acento mejicano en los que se me pone a parir con fiereza tropical. Estoy pensando en postear un relato sobre Hernán Cortés sólo por los comentarios, güei. Y viva Chiapas, que me pareció uno de los sitios más hermosos que haya visto jamás.

En fin, volviendo a lo nuestro, resulta que tengo mucho trabajo y que estoy pasando por algunos cambios profesionales que vienen a ser como saltar sin paracaídas y fiarse del suelo. Pero bueno. Eso. Tengo el teclado del portátil hecho un zarzal freelance -después de varios años ajardinado en la misma productora- y una creciente sensación nocturna en el plexo solar, eso que queda justo entre el spleen y el estómago.

Para solaz del Víbora diré que en parte tiene razón cuando se preguntaba si no me habrían hecho productor. Me temo que sí. Estoy metido en una serie en la que además de escribir soy el productor ejecutivo, una cosa que viene a significar que te pregunten “¿te gusta la chaqueta del protagonista así o le ponemos unas chorreritas en gris perla?” y “¿qué porcentaje de intereses pasivos aplicamos al presupuesto?” Una juerga, vamos.

Sigo aquí, y a falta de una historia de terror, que últimamente no tengo un minuto para poner al día mis cadáveres, os pongo una canción para bailar en plan tribu yutúbea y celebrarnos a nosotros mismos (que soy así de egoísta).

La escribieron e interpretaron los ficticios hermanos Wilbury, que ni eran hermanos (si lo fueran, ¡qué genética, señora!) ni se apellidaban Wilbury, o sea que tienen su misterio, eso sí, fácil de resolver en cuanto veáis sus rostros.

Bailad, bailad siguiendo las instrucciones de la canción. La mano en la cabeza, un pie en el aire… y a dar saltos por la habitación en ropa interior. Es inquietantemente liberador.

PS. Mil perdones. Y gracias a todos. Sobre todo a las Ruvis por ese post tan abrumador.


Lecciones de puesta en escena: caso 1

Junio 1, 2007

En el caso de “mise en scene” que vamos a ver a continuación, el actor se enfrenta al mayor desafío escénico posible: no hay escenario. Se encuentra solo ante un fondo blanco que no conforma espacio alguno.

Cuenta, para su interpretación, con tres únicos elementos: una canción popular, un bastón en su mano izquierda y la compañía de tres corifeos mudos. Todo depende, por tanto, de la interpretación del actor, que será obligatoriamente minimalista de recursos pero que, sin embargo, debe ofrecer un resultado necesariamente espectacular. Es decir, debe convertir sus limitaciones en ventajas.

El actor resuelve este dilema escénico “llenando” su escenario vacío con sus propios movimientos. Donde no existe un espacio dramático, él lo crea con su gestualidad, estableciendo un marco imaginario que el actor delimita con su devenir escénico. Sabiendose filmado, el actor calcula el tamaño del plano y en ningún momento se sale de cuadro, creando así una diláctica entre su actuación, el no-espacio y la cámara. Incluso salva los titubeos del realizador, que es equivoca en varias ocasiones, y logra no perder jamás la referencia de cámara.

Poco a poco, en un crescendo calculado (aunque no lo parezca) el actor genera su propio escenario con una propuesta tan atrevida como eficaz: elabora un decorado a partir de la imaginaria “cuarta pared” que le separa del espectador. Así, cámaras y tramoyistas devienen elementos que el actor integra no sólo en la acción, sino en el no-espacio, que se transforma así en decorado humano. Esa propuesta es al mismo tiempo constructiva y deconstructiva, ya que, para elaborar la escena, debe dinamitar la barrera que la separa del público.

El actor pone en práctica además un compelejo ejercicio de ritmo. Con la canción como único texto, utiliza las pausas interversales de la métrica para establecer la cadencia, veladamente orgánica, de la secuencia de sus movimientos. Acompañado de los tres corifeos iniciales y de los elementos del backstage que se incorporan al escenario, el actor dirige la puesta en escena “in situ”, desde el interior de la misma, siendo al tiempo intérprete y director.

Para terminar, es necesario resaltar el desafío diafragmático que supone cantar mientras se está en constante movimiento. Además, el actor realiza una perfecta imitación de un acento lingüístico foráneo y exhibe un poderoso derroche vocal.


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Desenlace)

Mayo 24, 2007

La primera parte del cuento está aquí: Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª).

baño de sangre

Lo primero que hizo Bruno fue serrar los brazos del cadáver a la altura de los hombros; después las piernas -por las rodillas y los tobillos- y, finalmente, serró el cuello. Los huesos eran mucho más duros de lo que había supuesto. Incluso rompió una sierra y tuvo que regresar al sótano a buscar otra.

Pero esa no fue la única dificultad que Bruno tuvo que salvar. El cuerpo de Matías estaba aún caliente y eso hacía que su sangre manara a borbotones durante el despiece. Litros y litros se acumulaban en la bañera y, poco a poco, aquella sangre se iba secando y convirtiéndose en un engrudo denso y pegajoso que taponaba el desagüe. Bruno tuvo que abrir el grifo de la ducha y giró el pomo del agua caliente hasta su tope. El agua tibia se extendió por el baño licuando la sangre y formó un caudal encarnado que, lentamente, se fue drenando por la cañería.

Afuera, al fin, rompió a llover, y Bruno no pudo contener una sonrisa de satisfacción. Pero aún tenía mucho trabajo por hacer.

Con las extremidades ya separadas del tronco, Bruno utilizó el machete para partirlas en trozos más pequeños, y así desmenuzó los muslos, las pantorrillas, los brazos y los antebrazos. A continuación abrió el tórax de Matías por debajo de las costillas flotantes y vació las vísceras una a una. Las trituró con un pequeño cuchillo de carne y, acto seguido, fue arrojándolas por el inodoro mientras tiraba regularmente de la cadena para que no se atascara.

La lluvia seguía golpeando el tejado y las ventanas de la casa con una rabia feroz.

En torno a la una de la madrugada Bruno había terminado de despedazar el cadáver de Matías. Con esa tarea solucionaba el principal problema que se presenta para hacer desaparecer un cadáver: transportarlo de una forma discreta. Al tenerlo en pedazos, sería muy sencillo meterlos en bolsas de la basura que no resultaran sospechosa en caso de que alguien le viera. Pero, naturalmente, quedaba un segundo problema por resolver; el más importante: ¿dónde ocultar el cadáver o, en este caso, los trozos del cadáver? Durante los siete años que había pasado en la cárcel, Bruno le había estado dando vueltas. Habitualmente, los asesinos procuraban esconder los cuerpos en lugares apartados y recónditos, pero al final, irremediablemente, terminaban por aparecer. Puedes esconder un cadáver en un bosque, sí, pero más tarde o más temprano aparecerá un perro con buen olfato, o unos excursionistas, o unos niños que juegan a hacer excavaciones y… estarás perdido.

No. Había que buscar otra solución. Y Bruno la había encontrado. La clave no estaba en llevar el cuerpo a un sitio alejado y solitario, sino todo lo contrario. Había que dejarlo en el lugar más evidente de todos, porque allí es precisamente donde nadie mirará. Y bien, ¿cuál es el lugar más obvio para un cadáver?

Un cementerio.

Era tan simple que casi resultaba risible. Pero no podía fallar. Bastaba con cargar los pedazos del cadáver hasta un camposanto y, una vez allí, abrir una tumba, depositarlos en su interior y volver a cerrar el sepulcro. Esa idea presentaba varias ventajas. La primera, que los restos del cuerpo se mezclarían y confundirían con los restos del ocupante de la tumba. La segunda, y más importante, era que con esta estratagema el muerto pasaba a convertirse en algo así como una aguja en un pajar, un cadáver más entre decenas o cientos de ellos. Y la tercera ventaja, la ventaja crucial, es que un cementerio es el lugar más respetado e intocable que existe. Nadie mete sus narices en una tumba.

Si bien el plan parecía no tener fisuras, lo cierto es que presentaba una ligera dificultad: no se puede abrir una tumba y volver a cerrarla sin dejar huellas en el terreno, y eso podía despertar sospechas. Pero, precisamente en este punto, la lluvia debía cumplir su parte del plan. El aguacero se encargaría de borrar las pisadas de Bruno y empaparía la tierra, haciendo que fuera imposible distinguir el terreno intacto del recientemente excavado.

Bruno sonrió. Le esperaba una madrugada larga y dura, porque desde luego iba a ser agotador cavar en un sepulcro, pero la satisfacción de una venganza perfecta lo compensaba todo.

Metódico y cuidadoso, metió los pedazos del cadáver en bolsas de la basura según su plan y las arrastró con cuidado hasta la entrada principal de la casa. Tendría que meterlos en el maletero del coche y conducir hasta un cementerio cercano, a unos seis kilómetros de allí. Pero cuando abrió la puerta y puso un pie en el porche de la casa, oyó aquella voz fuerte y firme. De nuevo, era la voz de su porvenir:
“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Los policías que le estaban esperando parecían buzos bajo aquel chaparrón.

No pude ser, se dijo Bruno. ¿Cómo lo han sabido? Mientras levantaba los brazos, miró a su alrededor y entonces lo entendió. Había sangre por todas partes. Un inmenso charco rojo se extendía frente a la casa de Matías despuntando brillos granates bajo la luz de las farolas. Bruno no tardó en darse cuenta de que la sangre, que se extendía por la acera y por el parterre del frontal de la casa, provenía de la boca de una alcantarilla, de donde manaba a borbotones mezclada con el agua.

La lluvia, pensó Bruno. Ha caído tanta lluvia que se han desbordado las cañerías de la casa y ha extendido la sangre de las cañerías por todo el vecindario.

Detrás de los agentes había varios vecinos empapándose en la calle. Eran ellos quienes habían llamado al 061 al ver el agua teñida de sangre correr por la calzada como un tsunami escarlata aguijoneado por la lluvia.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

FIN


Cuento macabro: Corpus Pluvia (Parte 1ª)

Mayo 23, 2007

lluvia

Aquella noche llovía mucho. Llovía tanto que los agentes de policía parecían buzos bajo aquel chaparrón.

“¡Sal de ahí con las manos en alto!”

Bruno descendió del coche con los brazos extendidos, como un Cristo asaetado por aquel diluvio de gotas. No dejaba de pensar que había estado a punto de huir. De hecho, habría escapado de no ser por la lluvia, que había convertido la explanada en un barrizal. Las ruedas del coche se habían atascado en el lodo.

La lluvia, pensó Bruno. La puta lluvia.

Mientras se entregaba a los policías giró la cabeza hacia atrás, hacia la casa destartalada y mohosa que tenía a su espalda. Desde la ventana, Matías le observaba y se encogía de hombros, como diciendo así es la vida, tío, lo siento mucho. Bruno siempre había pensado que Matías era un hijo de la gran puta, pero jamás le creyó capaz de delatarle a la policía. Ahora ya era demasiado tarde para lamentarse por su exceso de confianza.

“¡No te muevas!”, gritó uno de los agentes mientras le esposaba las manos.

Bruno no se movió durante los siguientes siete años, que pasó encerrado en una prisión. Era culpable de todo lo que le acusaron, e incluso de algunas cosas más, así que ni siquiera se esforzó en defenderse. Bruno siempre había sabido que él era una mala persona. Lo llevaba en la sangre, y ya de adolescente, en cuanto tuvo uso de razón, supo que sería culpable hasta que muriese. Pero, aunque parezca paradójico, son precisamente los culpables los que más necesitan la libertad.

Bruno estuvo siete años en la Prisión Provincial, un cementerio de vivos que olía a jergones húmedos, a mercromina y a provincias sociales. Y cada uno de los 2.555 días que pasó recluido, Bruno lo dedicó, con paciencia inquebrantable, a elaborar cuidadosamente su plan. Vengarse de Matías era lo único que le importaba, lo único que tenía sentido, porque, señora, los culpables son así.

El mismo día que salió en libertad –por fin la libertad-, Bruno se metió en una cafetería y pidió al camarero un vodka con hielo y un periódico. Se bebió la copa de un solo trago mientras pasaba las hojas del diario con rapidez hasta que, en las páginas centrales, encontró lo que buscaba: el parte meteorológico. Bruno leyó la previsión del tiempo de esa semana y tomó una decisión. Lo haría el jueves. Ese día iba a llegar una fuerte borrasca que dejaría tras de sí vientos y lluvias torrenciales. Era el día perfecto.

Se alojó en un motel con las paredes cubiertas de papel beige y cuadros de caza y pasó dos días viendo televisión y matando cucarachas. Hasta que llegó el jueves. Entonces dejó su habitación, robó un coche del parking del motel y viajó en él toda la noche hasta llegar a la casa de Matías. Tal y como estaba previsto, un cielo borrascoso acompañó a Bruno durante su travesía. Conducía bajo palio.

Cuando llegó a la casa, Bruno no llamó a la puerta. La forzó de una patada y en dos zancadas se plantó ante el sofá del salón, donde Matías dormía la borrachera.
“Despierta”.
Matías abrió los ojos y, cuando vio a Bruno de pie ante él, su boca se retorció como una serpiente.
“Bruno, por favor, no…”
“¿No qué, hijo de puta?”
“No me dejaron elección.”
“¡Me vendiste!”
“Bruno, por favor… Me dijeron que si no te delataba me mandarían a la cárcel 20 años.”
“Eres un cagado de mierda”, dijo Bruno entre dientes.

Lanzó sus manos a la garganta de Matías y las ciñó como un cepo alrededor de su cuello. Matías no pudo hacer nada para escapar de aquella cárcel de dedos, y en un segundo su nuez crujía clausurando el paso del aire a sus pulmones. Entre sacudidas de dolor y de pánico, Matías abrió la boca en un intento desesperado por respirar, pero lo único que consiguió fue componer esa mueca lapidaria de los que ahorcados.
“Muérete”, masculló Bruno.
Los muelles del sofá chirriaron cuando el cuerpo de Matías se sacudió en un último espasmo. Y entonces se quedó inmóvil. Muerto por fin, joder, qué alivio.

Bruno se quedó sentado junto al cadáver, en silencio, durante unos minutos, tal vez una hora. Le había matado, sí, pero ahora quedaba la fase más importante de su plan, previsto hasta el último detalle.

Cogió el cadáver por los pies y lo arrastró hasta el cuarto de baño. Bruno sabía lo que solía pasar en estos casos. El asesino se aturde, y cuando intenta ocultar el cadáver de su víctima comete alguna torpeza que acaba por ser su perdición. Pero a él no iba a sucederle tal cosa. No iba a dejar la menor huella y, de hecho, ni siquiera iba a dejar un cadáver.

Depositó el cuerpo en el interior de la bañera y lo dejó allí mientras bajaba al sótano de la casa en busca de un cuchillo, una sierra y un machete. Cuando tuvo todo lo que necesitaba, regresó al baño y se puso a trabajar. Pronto iba a empezar a llover.

(Continuará aquí: en esta segunda y última parte).

 


Tras la pista de Zodiac: cuidado con las rubias

Mayo 21, 2007

zodiac

Este fin de semana se ha estrenado la película “Zodiac”. Trata sobre el asesino en serie del mismo nombre que aterrorizó San Francisco a finales de los sesenta. Nunca lograron atraparle. Era escurridizo, cambió de modus operandi en varias ocasiones y no dejaba pruebas. Sin embargo, viendo el filme, que está minuciosamente documentado sobre el caso, he descubierto una pista sorprendente.

Uno de los rasgos más característicos de Zodiac apunta directamente a que tras su identidad podrían esconderse… las Ruvis (una o varias de ellas). Y no puedo decir más por si no habéis visto la película todavía.

En todo caso, queda hecha la advertencia: cuidado con las rubias, que no es nada nuevo porque a mi, por ejemplo, me lo decía siempre mi padre.


La belleza

Mayo 20, 2007

Decía Luis Eduardo Aute (un señor que a veces da el coñazo, pero que otras dice unas cosas espléndidas) que hay muchos que, durante su existencia, “no rozan ni un instante la belleza”.

Este anciano de 86 años que veréis aquí hizo mucho más que rozar la belleza: la tocó; la tocó con las dos manos durante toda su vida. Para los que no lo conozcáis, dejad que os presente al único e incomparable Artur Rubinstein.

Sentaos y cerrad los ojos.

Maestro, cuando quiera.


Cuento de terror: Más allá del cristal

Mayo 18, 2007

hierba

Se despertó, pero tardó unos segundos en lograr que sus ojos enfocaran. Al principio sólo podía ver ante sí un velo blanco y brumoso que brillaba con intensidad. Seguramente había mucha luz. Le dolía la cabeza, y no tenía ni idea de cuánto tiempo habría pasado inconsciente. Al fin, su mirada se aclaró.

No estaba sentado en su coche, como habría esperado.

Estaba tumbado en lo que parecía ser un perfecto jardín de césped, el césped más verde que había visto jamás, cuidadosamente adornado con árboles de diversas especies, ramajes y alturas. Había también un pequeño lago de aguas cristalinas y mansas y, junto a la orilla, vio sentada a una mujer. Tenía los pies metidos en el agua, y chapoteaba con una cadencia pesada y suave.
“¡Oye!”, gritó el hombre. “¡Eh! ¡Por favor!”
La mujer se giró hacia él, se puso en pie con cierta indolencia y se le acercó muy despacio. No le miraba con curiosidad. Si acaso, con cierta tristeza.
“¿Qué quieres?”, preguntó ella cuando estuvo frente a él.
“No… No sé cómo he llegado aquí. Iba conduciendo y… Algo pasó. No sé muy bien el qué. No lo recuerdo.”
“Sí. Supongo que te pasó algo, sí.”
“¿Dónde estamos?”
“Mira a tu espalda.”

El hombre se volvió y se quedó boquiabierto. Aquel jardín tan perfecto se acababa tres o cuatro metros más allá de donde estaba sentado, bruscamente interrumpido por una gigantesca cristalera. Se trataba de una pared de vidrio grueso y oscuro, casi opaco, pero, aún así, el hombre podía distinguir formas al otro lado. Formas que se movían. Parecían criaturas de aspecto simiesco, tal vez algún tipo de mono. Caminaban erguidos, de eso no cabía duda, y sus cuerpos eran flacos y algo desgarbados. No podía verlos con claridad a causa del cristal, pero parecían tener unos ojos enormes y negros que ocupaban casi la mitad de sus cabezas. Corrían de un lado a otro detrás de la cristalera y, ocasionalmente, se detenían y pegaban sus difusos rostros al vidrio.

“¿Qué es esto?”, preguntó el hombre. “¿Dónde estamos?”
“En un zoo.”
“Por dios… ¿Y qué son esas criaturas que tienen aquí?”
“No, no, esos son los visitantes”, dijo la mujer con su voz cansina. “Las criaturas somos nosotros. ¿No ves cómo nos miran? Sobre todo a ti. Bueno”, añadió con cierto desprecio, “eso es sólo porque eres el nuevo.”

FIN


El reto

Mayo 17, 2007

ancianos

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Somos capaces de dividir el átomo. Hemos visitado el Mar de la Tranquilidad, subido al Everest y explorado el abismo Challenger. Hemos clonado ovejas y descifrado el mapa del genoma humano.

Ahora el reto es llamar a la puerta del vecino y decirle que, si necesita algo, estamos en el tercero izquierda.